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Holborn Square

La vida son los posos
de la historia nuestra:
en esta misma avenida
han quedado las marcas
de nuestro aliento
allí donde tú me besaste
y ahora se desvela
gris el asfalto
bajo la luz del cielo cansado,
y los transeúntes, las prisas,
los semáforos que aquella noche
no eran sino una sombra,
aquel verano de calles vacías,
oscuras, calladas, y nosotros
borrachos, trasnochando,
nos detuvimos aquí, en este suelo,
donde ahora hay una marca,
el poso, el sedimento,
igual que en mi memoria;
la vida es el asfalto
pisoteado, que aun encierra
el secreto de hace cien
millones de noches ,
cuando tú me besaste.

November is looming.

Le escribo tarde y sin nada que decir. Sólo tres o cuatro líneas, sin saludo, sin pretender si quiera que tengo un verdadero motivo para contactarle. Le escribo y duermo mal, interrumpida otra vez por pesadillas. Londres ha estado lleno de Sol hasta ahora y el domingo le escribía a Milica que me he dado cuenta de lo importante que es el amor, y antes habíamos hablado a lo largo de todo el fin de semana, con la excusa de su visita, de lo fácil que resulta de pronto la vida, la misma vida que no hace tanto se me hacía incomprensible y ardua y tormentosa.

Le escribo y no es porque piense demasiado en él ni le necesite: de hecho, le decia a Milica, lo que hace tan fácil esta vida es que ya no necesito nada, no vivo ya en esa búsqueda angustiosa, en el estado de constante vacío, de carencia de un algo que todavia no he conseguido averiguar lo que era. La vida es fácil así, le decía, cuando una recibe el amor como un regalo y no como una limosna.

Le escribo para contarle que me he quedado sin entradas par aver a Anna Ternheim y no espero respuesta-hasta se me olvida- y a la mañana siguiente de pronto el dáa me pesa y soy incapaz de pedalear hasta la universidad. Dejo la bicicleta por el camino y me entrego a la oscuridad del metro, y asisto a una clase que no me he preparado y empiezo a ser consciente, a esa hora de la manana, de que la vida hoy ha decidido hacérseme un poco ajena como hacia tiempo que ni siquiera esperaba.  Vamos a comer todos juntos, a tomar café como todos los miércoles, y llueve y el cielo gris me amenaza con lo que confirm al sentarme en el Starbucks: tu primer mal día en mucho tiempo. Reviso todo lo que he hecho y todo lo que me ha pasado, lo que controlo y lo que no, y decido que pueden ir saltando todas las alarmas: no hay causas ni explicaciones, no hay enemigo, no puedes combatir nada, eres tú, algo en tu vientre, en tu pecho, algo oculto en los entresijos de tu alma va mal una vez mas. Ceteris paribus y tienes un mal día, me digo, y alicaída y sintiéndome derrotada antes de mediodía enciendo el ordenador y me sorprenden sus palabras.

Él también me escribe sin excusas, sin entusiasmo, pero tiene una noticia: ‘November is looming’- me informa- ‘fucking November’. De Nuevo es él quien ha encontrada la palabra exacta, y abrumada, aturdida le contesto en voz muy baja que, efectivamente, November is looming, and let’s see if I can survive this winter- for as of today it would surprise me if I did.

Stealing apples in Stockholm.

Take me to a garden,
I said, and we
ended up in an island
of melting yellow
and ochre leaves:
it was Autumn.

Take me to a garden,
there the Sun
was golden, and soft
as ever, and bright
it shone through
the stripping branches.

Take me to a garden,
and you said: let’s
steal some apples,
for it’s Autumn, and
make some pie, later,
in the warmth of my
                 apartment.

Take me to a garden,
and the green grass creaked,
under our feet,
crisp and moist, just
like the air:
it had started getting cold.

Take me to a garden,
and for you I stole apples,
fresh, fragrant, sweetly blushed,
for you I stole apples,
in a garden in Stockholm
and then we strolled down,
                        by the water.

Estocolmo

Aterrizo en Vasteras y atravieso durante exactamente ochenta minutos -puntualidad sueca- los 110 kilómetros que separan el aeropuerto del centro de la ciudad, cruzando los bosques naranjas, verdes y amarillos que brillan cubiertos por la luz dorada del atardecer. Arriba el cielo limpio, azul intenso, impecable, las nubes esponjosas, blancas y grises, dramáticas, y abajo de cuando en cuando una laguna antracita, un espejo ondulado que duplica el paisaje espectacular con el que me recibe Suecia.

Llego a la estación y desorientada comienzo a caminar sin saber muy bien hacia dónde voy: he visto a lo lejos unos pináculos ribeteados de dorado que brillan frente al cielo azul sólido, como un decorado de cartón tridimensional, y decido alcanzarlos. Un viento frío, agudo como un cristal me despierta la piel del rostro y me obliga a usar bufanda por primera vez desde hace mucho, tanto que ni lo recuerdo. Me lloriquean los ojos y noto cómo la oquedad de mis senos se resiente ante el frío: me duele la cabeza, y a la vez agradezco de alguna manera esta claridad repentina.

Camino por las calles ordenadas, impolutas, arrastrando mi maletita tamaño cabina de avión medio vacía, admirando los cafés tan modernos, las gentes tan estilosas, las tiendas tan ideales. Estocolmo es compacto y ordenado, rico e interesante, claro y fácil de entender, como una frase bien escrita.

Finalmente llega la hora que habíamos fijado y me dirijo al lugar acordado para encontrarme con él. Ha comenzado a anochecer, y él trae las mejillas sonrosadas por el viento frío al que se habrá tenido que enfrentar subido a la bicicleta negra y elegante que ahora sujeta con una sola mano. Es alto y muy guapo, con el pelo oscuro y los ojos claros. Viste chaqueta de cuero negro y unos zapatos bonitos y tiene la nariz, la frente y los labios anchos como esa categoría de personas honestas que siempre miran de frente y prefieren callar y escuchar por educación la mayoría de las veces. Le dedico una amplia sonrisa y le saludo agitando la mano mientras me acerco y él apenas esgrime un pequeño gesto con la comisura de los labios. De puntillas para poder alcanzarlo le doy dos besos que recibe con rigidez escandinava y nos encaminamos hacia su casa charlando de las cosas triviales que son obligatorias entre dos desconocidos que acaban de conocerse. A la tercera o cuarta frase me encuentra la palabra que llevo buscando para describir la sensación con la que Estocolmo me abruma desde que lo he pisado por primera vez hace ahora unas cinco o seis horas: “Stockholm is a very neat city.”, me dice, y no sé por qué me maravilla y me impacta que utilice justo esa palabra que es la que yo había extraviado por los mecanismos internos de mi cerebro.
Vive en un apartamento pequeño pero céntrico en una calle llena de vida. Hacemos té y me pide que le ayude a limpiar algunas de las setas que cogió en el bosque el fin de semana pasado, cocina un plato de pasta espectacular con ellas y cenamos casi sin hablar, sentados en el sofá escuchando música en su equipo de alta definición. Habla poco y no me incomoda en absoluto su silencio. Fuera hace frío y disfruto la calidez clara de su apartamento, el estar descalza con las piernas cruzadas como una india en el sofá de este desconocido que se me hace extrañamente familiar. Se le nota muy cansado -trabaja mucho, me cuenta, aunque no parece demasiado entusiasmado con su trabajo- y tiene la mirada perdida en algún punto de la pared de enfrente. Cuando le hablo y me mira lo hace con ojos curiosos y una media sonrisa, no sé si intentando parecer interesado por educación o porque verdaderamente le interesa algo de lo que le cuento. Tras unas cuantas conversaciones que se van muriendo por el camino me propone salir a dar un paseo.

Cruzamos uno de los puentes de la ciudad y la vista del agua y las luces en el horizonte me dejan sin aliento. Él camina deprisa con sus piernas largas de superhombre nórdico y yo me afano en seguir su ritmo, maldiciendo estas diferencias genéticas que me hacen sentir como una indígena demasiado oscura, demasiado rechoncha, demasiado ruidosa y demasiado vulgar para este país. Se para a comprar snus, un tabaco que viene hecho pequeños paquetitos dentro de una elegante lata negra. Curiosa, le pido que me deje probarlo y atrapo el saquito entre mi labio superior y mi encía, tal y como me indica. Es verdaderamente asqueroso, le digo, y se ríe con una carcajada alta y grave que me impresiona. Me cuenta que el snus no se vende en el resto de Europa porque está considerado algo parecido a un veneno. Paramos en un supermercado a comprar arenques, queso dulce y knäckebröd, productos suecos de los que hemos estado charlando durante la cena. Regresamos a casa y por el camino se vuelve gradualmente más y más comunicativo, se disculpa por haber estado algo más callado de lo normal -estaba muy cansado del trabajo- y cuando observo lo informal del saludo sueco (hej!), me provee con una larguísima e interesantísima lección acerca de la historia de Suecia y los esfuerzos gubernamentales por abolir las diferencias de clases que desembocaron, entre otras cosas, en forzar el saludo tan altamente informal.

De vuelta a casa probamos el queso dulce y charlamos sobre música. Nunca he conocido a una persona con un gusto musical que me haya impresionado tanto como él. Poco a poco hablamos sobre mi familia y la suya, tan distintas- él tiene nada menos que diez hermanos- y con historias acerca de bosques escandinavos en verano, de travesuras infantiles en la nieve, de desayunos multitudinarios se nos hace tarde y nos vamos a dormir: yo en el sofá en el salón, él en su cama en su habitación sin puerta, con una cortina como única separación entre los dos espacios. Se me hace extraña y artificial esta división, sobre todo cuando una vez apago la luz me pregunta desde el otro lado si estoy cómoda en el sofá y me desea las buenas noches.

Mi bici.

Me he comprado una bici y creo que nunca he estado tan emocionada por una adquisición material en mi vida. Miquel me ha pedido que escriba un post sobre ello, así que aquí lo tenéis. Ahora me voy a dar una vuelta con la bici antes de que se haga de noche. ¡Hasta luego!

Desde Sevilla.

Son las 2.25 y no me puedo dormir. Hace dos días tuve dos tentativas de publicar algo aquí, la primera sentada en la cama de Miquel en Barcelona cuando debería estar haciendo la mochila, la segunda escribiendo desde el aeropuerto esperando al avión que terminaría trayéndome a casa.

En el primer post explicaba que el viaje se me acababa pero que me sentía fuerte y feliz, optimista ante el futuro que me espera,  alegre habiendo descubierto que al fin y al cabo soy capaz de disfrutar la vida, orgullosa de saber que había tomado la decisión correcta al dejarlo todo y marcharme de viaje,emocionada de poder volver diciendo esto, convencida de que al fin y al cabo la vida es un viaje y que viajar por Asia o pasarme ocho horas al día escribiendo una tesis doctoral no son más que etapas distintas de lo mismo, como pasar una noche sentada en un autobús estrecho y maloliente y la siguiente sin embargo disfrutar de una luna llena e inmensa tatuada en el agua negra de una playa perfecta. En el segundo, ya en el aeropuerto, hablaba del miedo que sentía sentada allí en el hall sabiéndome una extraña que no pertenecía ya a ese ámbito de escaparates y prisas y ambiciones imposibles de satisfacer, de poses que ya no entiendo, al darme cuenta de que volvía a Sevilla primero y luego en general a una vida en Londres que no he sido nunca capaz de disfrutar del todo y plantearme que tal vez el problema sí tenga que ver con el escenario al contrario de lo que creía haber visto claro cuando llegué a India. Y de pronto, paseando por las tiendas para calmar los nervios, me encontré con una antología de poemas de Luís García Montero a la que abracé como a un viejo amigo y apreté contra mi pecho hasta que se me disolvió el nudo en la garganta, y que leí en el avión hasta que me hizo sonreír -se me había olvidado que existía la poesía- y de nuevo me acordé de que la vida es un viaje y que si algo he aprendido desde el último invierno es que todo lo malopasa al fin y al cabo, y cuando quise darme cuenta ya estaba recogiendo la mochila de la cinta de equipajes todavía un poco nerviosa pero todo lo optimista que una puede ser cuando vuelve a casa.

A veces pienso que soy un poco como una niña pequeña y mimada y que tengo un problema enorme aceptando el hecho de que todo lo bueno se acaba, que por eso la vida de hacer cosas que una preferiría no hacer siempre me ha parecido que no es la mía porque sé que hay otra vida de hacer cosas que una disfruta haciendo.Por eso me cuesta tanto desenamorarme, y aceptar que hasta el amor eterno se acaba y que no hay nada que hacer entonces, por muy bonito que fuera back in the day.  Que las vacaciones son solamente eso, y no se puede hacer un modo de vida de ellas, porque así no es como viven las personas normales. Tal vez soy una ingenua o una irresponsable y por eso mismo he vuelto, para intentar aprender a vivir como una persona normal, disfrutando de las pequeñas cosas y las sorpresas del diario, y sin hacer un drama de las rutinas y las obligaciones y los cielos grises.

Recogí la maleta de la cinta y me alegré de ver a mi padre y a su novia esperándome en hall, e ignoré todo lo que pude el vértigo que crecía a medida que nos acercábamos a casa y narré sin esforzarme todas las historias atrasadas que les debía y me reí de veras al recordar algunas cosas, e incluso me alegré al quitarme la mochila en mi cuarto y encontrarme con los suelos limpios de mármol fríos por efecto del aire acondicionado, y sin saber por qué me fui directa al baño, cerré la puerta, y rompí a llorar sentada en el suelo.

Ahora son las 2:58 y he escrito todo eso sin tener muy claro lo que quiero decir y no tengo la más remota idea de cómo terminarlo. Hoy he pasado un par horas registrando mi cuarto como si fuera el de una extraña, sorprendiéndome al leer los lomos de los libros de mi estantería, al abrir cajas y cajones y contemplar la ropa colgada e el armario: ha sido como volver a conocerme, como recordarme quién era antes de marcharme, pero yo hubiera jurado sin embargo en Bangkok hace una semana que no he cambiado ni un ápice. He salido de casa y Sevilla me ha gustado, me he sentido optimista y me he reído a carcajadas, y he vuelto a casa y me he ido una vez más directa al baño a sentarme en el suelo a llorar. No sé lo que significa. No estoy triste ni cansada, ni siquiera nerviosa y no sé cómo interpretarlo. Sea como fuere creo que ya es un poco tarde para seguir escribiendo, y como a la tercera va la vencida voy a darle al botón de “Publish” porque ya van tres posts sobre lo mismo, aunque ni siquiera este me convence lo más mínimo: no creo que existan las palabras que necesito para explicar mi vuelta.

Desde Camboya

Es la estación lluviosa: estoy en Camboya, en mi bungalow, y llueve suave pero incesantemente. Me gusta escuchar la lluvia, es como un anticipo de la vida que me espera en Londres dentro de poco y de la que ya me había olvidado. Me he tomado unas cuantas copas y me acuerdo de hace  tres o cuatro días en Vietnam: en Hoi An, en una moto entre el conductor y otro pasajero, volviendo de la fiesta de mi veinticuatro cumpleaños. Recuerdo haber pensado que tenía que escribir acerca de aquello, pero de costumbre la vida se metió entremedio y como supongo que eso es lo que diferencia a los escritores de los que no lo son no tuve la oportunidad de apuntarlo, pero recuerdo haber pensado que aquello que se me venía a la mente era, desde luego, digno de compartir. Me acuerdo a grandes rasgos: haber pensado en que hacía poco estaba sentada en la arena de la playa en Vietnam, completamente desnuda, pidiéndole a un policía que con una linterna me alumbraba que se acercara al bar más cercano y le pidiera ayuda a mi amiga Neta: me habían robado la ropa. Recuerdo haber pensado que si a una no le roban la ropa y aun así es capaz de disfrutar del momento, de sentarse en la arena y pensar que aquello es maravilloso, que si a una no se le cruza en la espera incierta por la mente que tal vez lo mejor sea tirarse otra vez al mar y disfrutar una vez más del agua en mitad de la noche mientras se resuelve si es preciso volver al bar como una fue traída al mundo o no, una no ha vivido completamente.Recuerdo volver sentada en la moto, con arena en todas partes, con el viento secándome el sudor de las mejillas y la carretera pacífica a nuestros pies, acordándome de la silueta del hombre con el que me había bañado en el mar desapareciendo en la distancia cuando le ordené que fuera él quien se hiciera cargo de traerme la ropa y pensando que no lo volvería a ver aparecer: al fin y al cabo él ya había tenido lo que buscaba y qué más le daba si yo estaba vestida o desnuda. Estoy en Camboya y llueve y acabo de llegar tras más de cuarenta horas de autobús a lo largo de tres días, sintiendo constantemente que mi viaje llega a su fin y se me cierra una etapa para la que a veces pienso que estoy lista para abandonar y a veces veo clarísimo que es casi abortivo terminarla, y una cucaracha trepa por las sábanas de la cama desde la que escribo esto y ni me inmuto, y pienso que poco a poco al menos me he ido convirtiendo en otra persona más sabia, más fuerte y sobre todo más relajada que es capaz de disfrutar de la vida finalmente. Pienso en el chico que me trajo finalmente no mi ropa, sino la de otra que había robado de un tendedero al no poder encontrar nada mejor porque de hecho el policía habia encontrado ya la mía, y la gratitud inmensa que sentí hacia él no sólo por salvarme de un ridículo jocoso e inolvidable, sino sobre todo por devolverme un poco la fé en los hombres que gradualmente había ido perdiendo durante mi viaje a medida que había ido conociendo más y más. Pienso en todas las noches que he dormido con extraños simplemente para no despertarme extrañada de no estar con nadie y pienso inevitablemente en Rob y ya no me duele casi nada y sobre todo pienso en Pablo y se me hace tan difícil de comprender que prefiero no darle más vueltas. Recuerdo haber disfrutado del viento en las mejillas en aquella moto en Vietnam y haberme  sentido querida al recordar la guirnalda de flores frescas con la que me habían coronado mis amigos aquella misma mañana, y el pánico que había sentido la noche anterior al darme cuenta de que por primera vez en muchos años no estaba nerviosa como una niña la noche de Reyes intentando adivinar qué habría ideado Pablo este año para hacerme sentir la persona más especial del mundo. Y por primera vez mi cumpleaños no me pareció tan especial en absoluto: últimamente casi todos mis días venían siendo suficientemente especiales, para ser honestos.La lluvia sigue cayendo sin descanso en Camboya y yo estoy desnuda y enrollada en unatoalla de color rojo mientras tecleo todo esto, tras haberme tomado más copas de las que había previsto al reencontrarme con viejos amigos y ducharme con agua fría nada más volver, y me preocupa un poco el hecho de que haya una cucaracha campando a sus anchas por mis sábanas, pero no lo suficiente  como para impedirme decidir que es hora de parar de teclear e irse a dormir de una vez por todas.

Delhi (III)

India Gate es fea, estoy cansada, no sé a dónde ir. Delhi es una ciudad fea y sin personalidad, no es ni siquiera como Berlín, fea y con su encanto. Delhi tiene monumentos maravillosos pero está muerta. Paro un auto y le digo: Chadni Chowk, sixty rupees. Acepta. Me siento y tras quince minutos de avenidas de tufo institucional empieza lo bueno: Delhi ha decidido sacar la artillería pesada y dejarse de insinuaciones. ¿Querías carácter? Toma carácter. Me veo atrapada en el atasco de tráfico más maravilloso de la historia. Delhi tiene un corazón gigante que late y hace bullir el tráfico a su ritmo, pero yo no había sabido encontrarlo: está en la ciudad vieja. Veo millones de caras, de ruedas, de pies, de manos, de puertas, de ventanas. Todo está sucio y una pátina de un tono uniforme, marrón desvaído, gricáseo, recubre hasta el sari amarillo más brillante. Hasta el último artículo que se cruza ante mis ojos, el último zapato, martillo, monda de naranja, niño, perro, charco mugriento, ventana resquebrajada y puesto de comida callejera encaja perfectamente en otro algo, como si de un cuadro cubista se tratara. Es un caos orgánico que se rige por un ritmo interno tan misterioso e inexorable como la fórmula de la vida misma. Le compro una tajada de coco recién pelado a un vendedor ambulante y una mujer joven con un sarí rosa rabioso se acerca hasta mi auto para acariciarme la cara y decirme que soy very beautiful. El atasco se disuelve y el animal de corazón gigante que es Delhi sigue desenvolviéndose a mi alrededor. Estoy en un auto que forma parte de ese todo. Estoy ahora bajo la piel de Delhi y ya no puedo salir.

Aterrizo en Chadni Chowk desorientada. No sé qué quiero ver, ni a dónde quiero ir. Hace calor. Diría que tengo hambre, aunque no lo tengo claro. Me acerco a un puesto callejero y pido una paratha. Anji, me responde el vendedor. Como de pie junto al puestecillo, observando todo lo que sucede a mi alrededor de la misma manera que todos los que suceden a mi alrededor me están observando a mí. Decido buscar la mezquita porque Clément me lo recomendó. Cruzo el bazar. Atisbo parte de la cúpula de la mezquita en la lejanía pero no tengo muy claro cómo llegar a ella. Sorteo ruedas de bicicletas y rickshaws, paro el tráfico un par de veces tratando de cruzar calles. Doblo una esquina y oh, escalinata grandiosa, muros prometedores. Subo las escaleras, me deshago de mis chancletas, pago la entrada, me cubro los hombros, cruzo la puerta de la muralla y Delhi vuelve a hacer de las suyas. Lo que escribí acerca de la mezquita en mi cuaderno:

Salgo de la mezquita. Vuelvo a tener sed. Paro en una tienducha de comestibles y le pregunto al dueño si no tiene, por pura casualidad, una coca cola light fresquita para mí. Dice que no. Contempla mi cara de decepción. Sonríe. Vuelve a preguntar que qué quiero. Le repito las mismas palabras que acababa de pronunciar. Dice que sí. Abre un bidón y saca una coca cola light fresquita para mí. Canto de emoción y se ríe. Me bebo la coca cola apoyada en el mostrador de la tienducha como si fuera un bar, le devuelvo la lata, y le pido una botella de agua. Se ríe de mi sed y nos despedimos.

Me pierdo por el bazar intencionadamente. Siento los latidos del corazón de Delhi en las mujeres que se afanan en regatear cuando compran joyas y las insistentes ofertas de los conductores de rickshaws, de los vendedores de baratijas, en las miradas de los que comen de pequeños recipientes de aluminio sobre el mostrador de sus ferreterías y en los charcos de porquería en los que termino siempre por meter los pies. Sigo caminando hasta dar con una estación de metro. Me despido de Delhi por hoy.

A la mañana siguiente decido ir corriendo a ver el fuerte rojo y los templos de Chadni Chowk antes de despedirme de la ciudad. Tras un largo recorrido en metro rodeada del colorido y las miradas curiosas del vagón femenino y tras haber dejado mi mochila en la consigna de la estación a cargo de un hombre que ha conseguido ganarse el título a los modales más repulsivos de lo que va de viaje (y la competencia es dura, créanme), llego al fuerte. Me decepciona tras las vistas de ayer. Es bonito, pero no es gran cosa. Quiero volver a Chadni Chowk. Desde el fuerte rojo se ven los templos jainistas y las cúpulas doradas de la gran Gurdwara alzándose sobre los autos y las cabezas como hormigas que se extienden hasta donde alcanza la vista. Visito el hospital de aves y el templo jainista y decido perderme por Chandi Chowk y los bazares una vez más. Camino todo lo despacio que puedo, contradiciendo el ritmo de la ciudad, dejando que el contraste me muestre los latidos de Delhi. Me he enamorado de Delhi y acabo de darme cuenta. Siento la euforia propia de la primera cita: Delhi me ha cautivado. Camino hasta la estación de metro, donde me compro una paratha que devoro charlando con el vendedor, y me siento en el suelo con todo mi equipaje, rodeada de indios que me miran entre divertidos y confundidos. Soy la única turista occidental. Tras media hora subo a mi vagón, desde donde escribo ahora, sentada en la litera superior, contemplando a un grupo de seis ancianos jugar a las cartas, a un doctor de Delhi que antes me ha dado conversación mirar por la ventana, a una pareja de recién casados, él con el gesto serio y ella con todas sus joyas de novia y sus mhendi lanzándome miradas y sonrisas desde abajo. Delhi se aleja a toda velocidad al otro lado de las ventanillas por las que entra una brisa fresca y agradable.

 

Delhi (II).

Finalmente conseguí un autorickshaw que me llevó a la consabida tumba -que por cierto estaba en mitad de la nada-, en la que descubrí, para mi desgracia, que no vendían agua. La tumba de Humayun está en mitad de la nada, y lo más parecido a un vendedor de agua (¡¡¡¡paniiiiah!!!, la ofrecen así aquí, a gritos, por la calle) que habia visto era un puestecito de helados al que acudí esperanzada antes de adentrarme en el monumento. Por supuesto, no había agua. Podría hacer una clasificación nuevamente de los tipos de personas que hay según como afrontan el tenerse que comer un polo de frambuesa y mango como único remedio posible contra la deshidratación, pero voy a ahorrármela y a decir simplemente que el mejor polo de mi vida me lo comí en Delhi.

Con el cuerpo rezumante de azúcar y colorantes me adentré en el recinto monumental. No tenía expectativas de ningún tipo, y tras haber traspasado la primera puerta de piedra roja no tenía expectativas demasiado altas. Caminé todo el camino flanqueado por hierba minuciosamente cuidada hasta traspasar la segunda puerta y oh, sorpresa. Cúpula monumental, simetría perfecta, dimensiones espectaculares, proporciones armoniosas, curvas exóticas, mármol rojo y blanco fundiéndose ante el cielo azul pálido al final de la explanada. Delhi el seductor haciendo de las suyas.

Tras haber disfrutado de la tranquilidad, la sombra, la calma, y no tener ni idea de qué hacer lo próximo, decido caminar camino de India Gate y ver qué me encuentro por el camino. Delhi es monumental pero sigue sin tener carácter. Encuantro a un lado de la autovía un vendedor de agua, por fin, y le pregunto si es factible caminar hasta donde tengo pensado. Me dice que por supuesto, que son sólo dos kilómetros. Estamos en la India, no sé por qué le hago caso. Camino una hora por otra autovía desalmada, pero disfrutando del paseo, y empiezo a preocuparme por si este conformismo, esta facilidad para disfrutar del asfalto y el tráfico inhóspito no será un síntoma de la deshidratación. Dos hombres vestidos de golfistas se bajan de un coche y me invitan a comer al club del Golf, que está a mi izquierda. Declino la oferta. Llegó a India Gate, que está justo al otro lado de una autovía que no me atrevo a cruzar sola. Avisto dos colegialas de unos siete años que se disponen a cruzar como si nada, cogidas de la mano, y cojo de la mano a una de ellas que me mira confundida. Paran el tráfico con la pasmosa ligereza de un leve giro de la muñeca. Finalmente estoy en India Gate y tras mirar el reloj me doy cuenta de que llevo seis horas sin comer. Sólo veo vendedores de helado. El mejor almendrado de chocolate está en Delhi también, con eso creo que lo explico todo.

Delhi.

Delhi ha terminado por cautivarme. Yo que pensaba que jamás llegaría a disfrutar el asfalto, el calor, la polución las muchedumbres hambrientas de turistas me he visto de pronto atrapada irremediablemente por los encantos de la ciudad.

Delhi es un seductor nato, profesional, de esos que te engatusan encubiertamente y cuando quieres darte cuenta resulta que ya es demasiado tarde para escapar. Si bien en un principio las largas avenidas asfaltadas y plagas de rickshaws, coches, taxis, autobuses y camiones humeantes, flanqueadas de arboledas insípidas y cubiertas por un cielo descolorido por la contaminación me resultaban insulsas hasta decir basta, ahora he de admitir que tras darle una oportunidad de menos de cuarentayocho horas Delhi ha conseguido metérseme bajo la piel.

Comenzó suavemente, con las vistas de Qtub Minar muy temprano, habiendo aterrizado en la ciudad a las 5.45 de esa misma mañana tras once horas de tren. Tras haber sido dirigida hacia la estación de metro equivocada, tras haber caminado por una autovía cargando con todas mis pertenencias actuales mientras todavía amanecía, tras haber cogido un metro glorioso y haberme perdido por un Malviya Nagar que todavía despertaba, tras haber llegado por fin a casa de Clément, haberme duchado y desayunado, cogí un auto hasta Qtub Minar por recomendación suya, sin saber muy bien lo que esperarme.

Qtub Minar me esperaba imponente con su piedra roja hecha curvas y filigranas que apuntan hacia el cielo, rodeada de ruinas que atestiguan un pasado esplendoroso, dándome la pista de que podría ser que Delhi no es la ciudad bulliciosa, sucia y sin ningún encanto que yo había percibido hasta entonces. Yo no esperaba nada espectacular en Delhi, sólo una personalidad arrolladora. Y hasta ahora no había tenido ni lo uno ni lo otro, sólo asfalto, suciedad, un caos destartalado sin corazón que a veces se ordena alardeando de un carácter occidental que no termina de encajarle. Qtub Minar era la sorpresa de lo inesperado que Delhi, como buena seductora, me tenía preparado, y así empezó el día que me llevó a rendirme a sus pies.

Tratando de encontrar el metro cerca de Qtub Minar y tras haber cruzado un bullicioso mercado local de flores me vi perdida en mitad de una autovía, esperando a un autobús que no llegaba. Un hombre joven que decía ser arquitecto paró su coche impecable y se ofreció a llevarme a la tumba de Humayun, y tras preguntarle directamente si tenía pensado violarme y/o matarme y que me lo negara con una sonora carcajada decidí que no podía resistirme al aire acondicionado y el viaje privado. Tras un rodeo absurdo en el que pude al menos contemplar el Templo del Loto, me comunicó que iríamos primero a su estudio, donde yo esperaría a que terminara una corta reunión, y luego me llevaría hasta la tumba, que visitaríamos juntos, así como unos otros monumentos que había decidido que eran imprescindibles en mi visita. Le expliqué que no entraba en mis planes esperar en ninguna oficina a que nadie terminara reunión alguna y mucho menos pasar el día acompañada, y le pedí todo lo educadamente que pude que me dejara en el punto más cercano bien comunicado e identificable en mi mapa. Accedió y procedió a conducir el coche hasta su estudio y pedirme que me bajara y le esperara durante cinco minutos en el lobby, a lo que yo respondí montando un numerito digno de una niña de cinco años enrabietada, sabiendo que era la única manera de terminar el juego de evasivas que acababa de empezar. Tras unos quince minutos de discusión conseguí que finalmente condujera el coche hasta la autovía más cercana y me abandonara en mitad de la nada tras llamarme cínica (?) y señalarme en mi mapa el camino hacia Hauz Khas, que no era la tumba de Humayun, aunque él juró una y otra vez que sí que lo era.

Creo que hay dos tipos de personas: las que terminan en mitad de una autovía a mediodía en Delhi y no son capaces de parar un sólo autorickshaw durante cuarenta minutos y terminan frustradas, odiando la experiencia y preguntándose qué diablo hago yo aquí, y las que caminando bajo el sol y muertas de la sed y sin ser capaces de parar un auto se maravillan de lo extraordinario de la situación, responden diciendo adiós con la mano a los niños curiosos que le saludan desde los autobuses escolares y se exclaman a sí mismas, divertidas, fíjate a dónde has ido a parar. Yo, claramente, pertenezco al segundo tipo de persona.

Ya iba siendo hora.

Ya iba siendo hora de que actualizara esto. El caso es que entre que he vuelto a leer novelas, a escribir en papel, y que para comunicarme con los que he dejado en Europa tengo el facebook y el email, no encuentro el hueco para sentarme a escribir aquí. Bueno, de hecho lo encuentro, me siento, escribo algo que no termino, lo guardo en borradores, y ahí se queda, olvidado. Ahora no obstante cierro una etapa, abro otra, y creo que esto se va a convertir en una buenísima oportunidad para darle un giro a esto y convertirlo en un lugar donde contar las cosas que me vaya encontrando en mi viaje. Dadme una semana y prometo actualizar, al menos, semanalmente desde entonces. Hoy, no obstante, voy a hablar de la etapa que cierro.Se me acaba la beca. Bueno, de hecho la termino yo, un poco antes de tiempo. Venir aquí ha sido un gran acierto. En la vida de pueblo he encontrado el equilibrio exacto de ocupaciones mundanas y tiempo muerto que necesitaba para poder pensar en mí y en mi futuro tranquilamente, sin angustias. A mediados de febrero noté de pronto como si me deshiciera de una mochila pesada y me di cuenta de que la vida puede ser muchísimo más fácil de lo que jamás hubiera pensado. Es bastante poco probable que consiga plaza en algún doctorado para el año que viene (de hecho ya me han rechazado en más del 50% de los sitios en los que lo solicité), y ahora veo esto como una gran oportunidad más que como un gran fracaso. Cuando dejé España la idea de encontrarme otro año sin nada que hacer me atormentaba, ahora es una bendición: “nada que hacer” se ha convertido en “todo por hacer” y mi lista de destinos en caso de que el doctorado no funcione es inacabable.Claro que soy consciente de que tarde o temprano me cansaré de esta vida itinerante. Sin ir más lejos, el sábado eché de menos el aire acondicionado, las sábanas frescas y el silencio de una biblioteca por primera vez desde que dejé aquello. Planeaba viajar hacia Goa (de nuevo) y quedarme un mes trabajando cerca de la playa antes de volar hacia Nepal, pero acabo de cambiar planes y decidir que tras un breve tour del Rajasthan me marcho al Sudeste Asiático: estoy cansada de las miradas hostiles de los ultraconservadores indios del norte, de polvo recalentado por el sol metiéndoseme en los ojos, de conductores de rickshaw acosándome hasta el infinito y de chapati y dahl. Necesito unas vacaciones de todo eso y qué mejor que refugiarme en los arrecifes de coral del Pacífico, me he dicho. No me importaría parar en Goa un poco como me han ofrecido, pero siempre me queda un resquicio de optimismo que se teme lo mejor -el doctorado ocurriendo finalmente-, y en ese caso no me quedaría tanto tiempo por aquí… mejor no arriesgarme, me digo, y siempre puedo encontrar otro trabajo en Thailandia, o vete tú a saber dónde, si es que al final la puerta se queda abierta de par en par por obra y gracia de los tribunales de las veintocho universidades a las que he rogado que me admitan.En definitiva, creo que eso viene siendo más o menos todo lo que tengo que decir por ahora. Dos meses y medio viviendo en un pueblo en Punjab me han servido para darme cuenta de que esto no es lo mío, para volverme más hedonista que nunca, y al mismo tiempo para descubrir que viviendo una vida más sencilla y menos estresante es claramente lo mío. Cuestión de equilibrio, como siempre. Al menos empiezo a ver claro lo que quiero y lo que no, y no ser la mejor en todo, no llegar a lo más alto, no tener grandes ambiciones por convicción y no por miedo al fracaso empieza a resultarme la opción más sabia.

Morder la manzana.

Como bien ya sabéis, en agosto decidí dejarlo todo y hacer otra cosa. Lo que fuera, cualquier otra cosa, con tal de no hacer lo mismo. Llevaba años luchando contra mi propia infelicidad y siempre perdía la batalla, y pensé que a lo mejor era el momento de cambiar las cosas de fuera, y no las de dentro. No me tembló la voz al decirle a Pablo por teléfono que se habían terminado nuestros siete años de relación. No dudé en aceptar  dos días después la beca que me ha traído a la India, sin tener muy claro en qué consistía. No miré el calendario ni consulté mi agenda cuando reservé un vuelo a Ámsterdam para ver a Rob el fin de semana siguiente, en plena redacción de la tesina.

Pasaron los meses y me cansé de no hacer nada en Sevilla. Rob se deshizo de mí de la forma más dolorosa posible. Empecé a echar de menos a Pablo. ¡Menos mal que me voy a la India!- me decía. Me vine a la India. ¡Menos mal que estoy aquí!- me dije al llegar, las primeras semanas.

Cada día me cuesta más levantarme por las mañanas, incluso aquí, donde lo divertido, lo inesperado, lo emocionante es la tónica. Hace un par de días, al comienzo de uno más, a oscuras todavía en la cama, me daba cuenta de que ya había encontrado la respuesta que esperaba que varios meses de viaje me dieran: el problema está dentro, no fuera. Esa misma noche volvía en moto a casa, con el aire frío dándome en la cara y las estrellas en el cielo, y echaba de menos a Pablo. Me confirmaba a mí misma lo indispensable del sacrificio: ¿cómo saber si la manzana está envenenada sin comérsela? Llegué a casa y miré el email esperando la respuesta que no llega desde hace semanas desde Ámsterdam. Me quedé dormida de madrugada.

Me levanto esta mañana descansada y alegre. Me siento fuera en pijama, hace sol. Anoche supe de nuevos planes que pueden dar un giro de 180 grados a mi vida aquí.  Abro la página web de El País. Veo en portada una foto de aquel restaurante con el que Pablo consiguió recordarme una vez más por qué no merecía la pena arriesgarse a dar un paso en falso. A su derecha una noticia en la que se habla de las canciones que Rob me dedicó. La manzana estaba envenenada y me está dando náuseas. Se acaba de nublar el cielo. Me meto en mi cuarto y escribo esto.

Desde la India.

Hola a todos. Vivo en un pueblecito muy pequeño. Veo vacas y campos de cultivo y tractores y viejecitos sin nada que hacer todos los días. De hecho, no veo nada que me recuerde ni un poquito a Europa. De vez en cuando en alguna tienda aparecen tres o cuatro latas de coca cola light a precio de oro que compro sin pensármelo. Me he tomado dos cafés desde que llegué, uno en Chandigarh el primer fin de semana, y otro en Amritsar el segundo, los dos en el equivalente a un Starbucks indio. De vez en cuando tenemos que hacer transbordo en Hoshiarpur y aprovechamos para ir al supermercado y comprar porridge, ketchup o chocolate negro, artículos de super lujo para nosotros, los catetos de pueblo que nos duchamos con un cubo de agua hervida en la azotea y comemos dahl los días pares y aloo gobi los impares porque no hay más dónde elegir.Todas las mañanas camino cuarenta minutos desde Sotla, donde está la casa, hasta Dosarka, donde está el centro en el que imparto clases de inglés. Camino a través de campos de trigo y de caña de azúcar, entre dos filas de eucaliptos a veces, y veo a los pavos reales salvajes picoteando entre la neblina. Todo el mundo me mira invariablemente, y la mayoría de los coches, motos y bicicletas que me sobrepasan aminoran la marcha cuando lo hacen. El autobusero siempre me hace luces largas y hace sonar la bocina cuando me cruzo con él e insiste hasta que le saludo con la mano. Cruzo un pueblecito antes de llegar a mi destino y allí siempre los chicos de la tienda de altavoces me miran de arriba a abajo con ojos impúdicos y las señoras que sostienen a sus niños en brazos me sonríen cuando les saludo con la mano. Por las tardes hago ese mismo camino y todo se repite, excepto porque el autobusero y las miradas vienen en dirección contraria y hay una niña que ya ha vuelto del colegio y siempre sale a saludarme con sus trenzas perfectas y su mirada limpia, y que el sol se pone tiñendo el cielo de rosa y los campos de gris.Vivo en una casa que comparto con otras ocho personas y todos nos llevamos bien. Antes de que volviera la conexión a internet pasamos dos semanas en las que cada cena se convertía en una reunión divertidísima y siempre terminábamos todos llorando de la risa por cualquier tontería. Ahora que hay internet seguimos compartiendo la hora de la cena y alguna que otra anécdota pero en momentos como en el que yo escribo esto reina el silencio porque cada uno está a lo suyo. No obstante, creo que de todas las cosas que no me esperaba de este país probablemente la que más me ha sorprendido ha sido el encontrar el perfecto houseshare aquí, en nuestra casa incómoda, sin sofá, sin ducha, en la que nadie ha elegido vivir aquí específicamente, y sin embargo todos encajamos de maravilla.Cuando camino sola por la mañana y por la tarde siempre me da vértigo al darme cuenta de que a pesar de todas las cosas extraordinarias que estoy conociendo aquí, del cariño que estoy recibiendo, de las cosas que estoy consiguiendo olvidar, no consigo sentir todavía que estoy pisando sobre seguro. Tarde o temprano el viaje acabará y tendré que encontrar mi sitio, y sinceramente creo que eso es prácticamente misión imposible. Cada día me río sinceramente y disfruto de tantas cosas que no sabría ni por dónde empezar a contarlas. Cada día me siento querida y valorada de una forma u otra. Pienso en ello cuando camino de vuelta a casa y anochece, y el ipod me escupe al oído alguna canción inesperada que me trae recuerdos indeseados. Intento desear cosas y se me hace imposible a pesar de todo. Pero al menos lo intento. Eso es todo por hoy, desde la India.

Expect the unexpected.

Cuando hace ya cinco meses firmé un contrato de beca para irme a la India, mi primer destino era Sotla, un pueblecito enano - para los estándares Indios-, aunque poco me importaba a mí la localización del proyecto, la verdad. Hace un  par de meses, mi amiga Blanca decidió que se venía conmigo durante el primer mes, y hace uno aproximadamente nos comunicaban que en vez de a Sotla nos mandaban a Janauri, un pueblo tan pequeño que ni aparece en Google maps, en el que no tenemos ni ducha, ni agua caliente, y la casa anda rodeada de monos, por lo visto. No tenemos muy claro por qué nos mandan a allí ni qué vamos a hacer allí, pero como nos han advertido una y mil veces los antiguos becarios, lo más importante es ir con la mente abierta y ser muy flexible, porque, parecen darnos a entender, la India es una locura.Resulta que estaba yo esta mañana cuando me he despertado pensando que parece que al final sí que me voy a ir de verdad a la India con la mochila en el hombro, que me ha dado tiempo en poco más de dos semanas a conseguir el visado, las vacunas, el equipaje completo, las propuestas de doctorado, que me pusieran y me retiraran la escayola, cuando de pronto me ha venido un recuerdo bastante borroso a la mente de haber hablado por teléfono con un señor de marcado acento indio que decía algo sobre mis vuelos. Rauda y veloz he revisado la lista de llamadas de mi móvil y sí, efectivamente, a las 7:38 de la mañana me han llamado de la India. Recuerdo que me han comentado que alguno de mis vuelos había cambiado de hora, pero sinceramente, no sé cuál de ellos -y todavía sigo sin saberlo. Más que preocuparme me ha hecho gracia que me llamen de una aerolínea por teléfono para explicarme que mi vuelo ha cambiado,  ¿habrán llamado al pasaje completo, uno a uno?, me estaba preguntando, cuando he visto aparecer en el chat de gtalk a la becaria de recursos humanos que todavía no nos había dicho cómo íbamos a llegar desde Chandigarh a Sotla. Tras preguntarle me ha dicho que vayamos a la oficina de la propia aerolínea, les pidamos prestado el teléfono, intentemos contactar con algunos de los cinco números de contacto que me ha dado (el que conteste primero, ha dicho, vosotras insistid que pueden tardar un rato, y si los de la aerolínea se enfadan, ni caso), y luego alguna de esas cinco personas decidirá si viene a recogernos para llevarnos a la estación de autobús, o manda a otra persona para llevarnos a la estación, o manda un taxista que nos lleve a la estación, que a su vez explicará al autobusero quiénes somos y dónde tenemos que bajarnos, que no es Janauri, sino Dorsaka. Por si todo esto no fuera ya suficientemente incierto, una vez llegadas a Dorsaka puede que si alguien conoce a alguien que vaya de camino a Janauri nos hagan el favor de llevarnos a la casa, y si no, dormiremos con la familia de algún conocido de la ONG y ya llegaremos a Janauri mañana. Mientras Silvia, la becaria de HR, me explicaba todo esto, yo se lo iba retransmitiendo en directo (vía copypaste por gtalk) a Blanca, que se subía por las paredes porque la incertidumbre la mataba, y a mi me daba la risa floja. Ahora que estoy en la cama, pensando en que tengo una mochila hecha y me voy a ir por ahí sin rumbo nosecuantos meses, sola, y no me lo creo, no me lo creo, no me lo creo porque es algo que siempre he querido hacer pero nunca pensaba que fuera capaz de hacer, y es como encontrarme con una yo hipotética que siempre me ha parecido un reflejo de una yo auténtica que no me atrevía a ser pero ahora no sé si me da miedo o me emociona serlo, y me da un vértigo que nunca había sentido antes, pienso, no obstante, que Silvia, la becaria de HR, esta mañana me ha recordado por qué me meto yo en estos fregaos, para darle oportunidades a la vida de sorprenderme, cuando se ha despedido diciéndome esto:HR: i am looking forward to meet both of you soon  you arrive on lorhi festival   :)   you will see loats of bonfires14:13 ok you will be fine just know that i cannot write enough to exlain everything :)  HR: expect the unexpectedbut keep positivity flowing :) 

A ninguna parte.

El día de Nochevieja minutos antes de sentarme a la mesa tecleaba con la mano que no tenía escayolada un post larguísimo y tan confuso -probablemente debido, ahora que lo pienso, al estado de embriaguez en el que me encontraba casi sin ser consciente de ello- que al final no supe cómo concluir y decidí dejar sin publicar. Lo titulaba “una advertencia” y en él advertía a todo el que lo llegara a leer de que como me dijera que con el nuevo año cambiaría mi suerte le pensaba pegar con la escayola, porque en Octubre me di cuenta de que llevo toda mi vida deseando antes de tomarme la uva número doce algo tan simple como que el año que viene llegado este punto no volviera a echar la vista atrás y el desánimo me abatiera. Como me frustraba bastante la expectativa, había decidido simplemente no tomarme las uvas: me iría a Ámsterdam y haría una cuenta atrás y celebraría con semidesconocidos el año nuevo a poco más de una semana de mi marcha definitiva de Sevilla.Como ya expliqué en capítulos anteriores, Ámsterdam se convirtió hace ya dos meses en territorio vetado, lo cual me hacía prever las uvas con todavía más amargura, siendo extremadamente consciente de lo mucho que se me habían torcido las cosas desde que en Octubre, pensando que ya no podía más, había decidido fugarme de Sevilla durante tan señalada fecha. Me sentía como si un camión o dos me hubieran atropellado, con mi brazo roto, y borracha mucho antes de la hora de cenar sin haberlo pretendido: este último mes lo recuerdo ahora como una sucesión de horas emborronadas por el alcohol y el cansancio, de desconocidos en mi cama o yo en las suyas, de vacío, de vértigo. He hecho todo lo que he podido para perder la conciencia lo justo y necesario para llegar viva hasta aquí. No es el método más productivo para salir hacia adelante, pero lo único bueno que sí tiene es que el tiempo lo tengo a mi favor: es como echarse a dormir en verano para hacer tiempo, cuando los días se le terminan haciendo a una demasiado largos y demasiado tediosos.El caso es que me queda una semana para marcharme a la India, sin fecha de vuelta. Lo de hacer un doctorado en octubre de 2011 parece ahora más una quimera que otra cosa y de momento no tengo ningún plan al que aferrarme. Después de cuatro meses he aprendido -por las malas, desafortunadamente- que ni Sevilla es mi sitio, ni mi familia distinta. Y dejé a Pablo, y me dejó Rob, y no es por menospreciar a nadie - sé que tengo amigos cuando los necesito, todos me lo han demostrado estos días y con creces-, pero de pronto veo con más claridad que nunca lo solas que estamos todas las personas en el fondo. Yo recuerdo justo ahora el haber ido despojándome de ambiciones gradualmente a lo largo del último par de años, por eso de que el que no se ilusiona tampoco se decepciona. Sigo en esa otra orilla en la que me vi desde Charleroi rodeada de nieve. El problema es que me doy la vuelta y más allá del alivio inmediato que supone tener tierra firma por delante de nuevo -llamésmole la India-, no veo más que una tierra yerma, inhóspita y cubierta de senderos que no llevan a ninguna parte.