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Estado de las cosas

Estado general de las cosas: estoy en Londres y me gusta bastante. Llegué hace dos semanas, justo a tiempo para atender las miles de actividades de orientación organizadas en mi universidad. Sí, estoy en la uni, otra vez. Me licencié en junio y exactamente cuatro meses después vuelvo al ambiente de biblioteca y no intentar quedarme dormida delante del profesor. Voy a hacer un Master en European Studies en LSE, aunque hace poco me he dado cuenta de que en el fondo lo que me gusta es la filosofía, y probablemente termine haciendo un doctorado en filosofía sí me dejan. Hasta con eso he tenido suerte, resulta que mi máster lo dirige un filósofo (y no filósofo político, o cualquier otra cosa, filósofo a secas, como dice él) que, además, ha resultado ser mi supervisor personal. Eso significa que él es responsable de mi bienestar académico y personal, y que debo acudir a él ante cualquier duda o dificultad que surja. Cuando nos conocimos se le dibujó una sonrisa en la cara cuando le dije que era licenciada en Humanidades que fue ensanchándose a medida que le expliqué que en el fondo quería hacer filosofía y que la que más me interesaba era la del siglo XX. Yo he trabajado mucho con Derrida, eramos buenos amigos, y además dirijo el foro para la filosofía europea de LSE, así que a lo mejor este es el principio de una bonita amistad, me dijo. Y me fui del despacho con una sonrisa en la cara, yo también. LSE se merece uno o varios posts para ella sola, así que dejaré aquí mis comentarios acerca del estado de las cosas en lo académico, ya seguiré otro día.

Sé positivamente que este año en Londres va a ser radicalmente diferente al anterior. Nada de encadenar las fiestas o plantarme en las clases sin haber leído ni una página de lo que debería haber revisado.  No sólo porque el máster haya costado una pasta, sino porque creo que me estoy haciendo vieja y cada vez disfruto menos el salir por ahí de parranda y más el quedarme en casa volviéndome una erudita (con una copa de brandy en una mano, la pluma en la otra, y un artículo académico delante, como bromeaba uno de mis profesores ayer). De todas formas, para asegurarme de que no voy a irme por el mal camino (y de paso ahorrarme una fortuna), voy a vivir con una familia. No sé si voy a volverme loca al amputárseme una parte importante de mi independencia repentinamente, pero por probar que no quede.

Este post me está quedando extremadamente desordenado, y creo que voy a terminarlo aunque tengo la sensación de no haber comentado nada de lo que consideraba esencial en una revisión del estado de las cosas. Bueno, es esencial, me imagino, que me encante mi universidad, aunque no me he detenido a explicar el por qué. Tampoco os he hablado mucho de dónde ni cómo voy a vivir, aunque eso, creo, también se merece una entrada aparte. Y mis compañeros, y las societies a las que me he apuntado, también.  Bueno, parece que mi vida es ahora mismo lo suficientemente interesante como para que actualice esto a menudo, y eso son buenas noticias (creo).

El tiempo asimétrico.

Había escrito un post muy largo con mis impresiones a la vuelta a esta ciudad- Londres- que tanto me gusta. Hablaba sobre lo emocionada que estoy con mi nueva universidad, con mis profesores, con mis compañeros. Pero se ha borrado, aunque prometo que contaré todo esto más adelante.

Me he topado con un texto que escribí hace casi tres años, y me resulta increíble lo mucho que han cambiado mis formas de sentir y de pensar en tan poco tiempo. El tiempo es verdaderamente asimétrico: según el aspecto en el que me detenga los cambios han sido verdaderamente insignificantes o absolutamente relevantes. Hasta aquellos que ya se me habían olvidado han cambiado, menos mal que escribo para poder recordarlo con el tiempo. La búsqueda de la felicidad incondicional ha terminado y tengo la impresión de que se ha transformado en una constante huída hacia delante. Me felicito a mí misma por haber sobrevivido y creo que ya va siendo hora de que haga lo mismo con él, por ser un incansable compañero en las buenas y en las malas. Aquí va el texto, dedicado a nosotros:

Y llegó -por fin- y me llevó a París a dormir en el barrio latino, a cenar en Montmartre, a pasear por el Sena, a ver estelas babilónicas en el Louvre, y a calentarle las orejas con mis guantes de lana esperando al autobús de madrugada, entre otros.

Ahora se ha ido a Sevilla y yo me he quedado con los ojos legañosos preguntándome si todo eso no lo he soñado. Entre las ocho y las doce de la noche mi vida se remite a una melancolía insalvable, excepto cuando viene él a que nos la saltemos. Ya sé que he sido muy buena esta semana, y probablemente dentro de doce horas esto no me parecera más que una injusticia contra mí y contra él, pero soy consciente de que necesito a veces algún tipo de katarsis como esta para expurgar las sombras y ponerme a deshacer y hacer maletas, y marcharme a Sevilla a enfrentarme con una Navidad que me hace temblar.

Ruego no me lo tengáis en cuenta, y sobre todo tú, no me lo tengas en cuenta: ya sabes lo que me cuesta asimilar que existe una felicidad incondicional, tanto que a veces dudo que exista.

Las buenas noticias son que la única condición, pienso,o más bien, me haces pensar, eres tú: somos nosotros.

Yo es que veo este anuncio y me entran unas ganas tremendas de coger mi mochila, de las más baratas de Decathlon, en la que caben dos pantalones y seis camisetas, e irme de viaje por el mundo aunque sea con los cuatro duros y pico que tengo ahora mismo encima. Vamos, que el plan tiene pinta de incluir de todo menos bolsos de Louis Vuitton. ¿Será que yo soy muy rarita o que los creativos se han pasado… de creativos?

¡Ayúdame!

¿Para qué hablar sobre “Up”, “Distrito 9″, “Inglorious Basterds” o “Deseo, Peligro”, cuando esto supera de largo a todo el cine que he visto en la última semana?

Lo que más me gusta es que pese al brillante trabajo de edición no se hayan tomado la molestia de enterarse de cómo se pronuncia realmente eso que ellas llaman “quereceres”.

Otra vez a Londres

En pocas horas sale mi vuelo, y esta vez me da más pereza que otra cosa. Me imagino que influyen dos factores: el primero, que me huelo que este año voy a tener que trabajar como no lo hacía desde antes de empezar la carrera; y el segundo, que empiezo a estar harta de hacer la maleta. Si mis pies y mi cuerpo encogieran hasta convertirse ambos en una talla 34 quedarían solucionados muchos de mis problemas. Como esta no parece una opción demasiado plausible, desde aquí hago un llamamiento a todos los científicos que llevaban años intentando inventar el teletransporte (obedeciendo a órdenes telepáticas que les envío periódicamente) para que aplacen temporalmente el proyecto e inventen algún artilugio que reduzca el tamaño  y el peso de mi equipaje el 400% que necesito para poder llevármelo todo. Las bolsas de envasar mantas al vacío, ha quedado patente, no sólo son poco efectivas ante mis intenciones, sino que, además, acaban con la paciencia de cualquiera dada su pobre operatividad.

Si algún miembro del personal de Vueling en Sevilla me está leyendo, le ruego que no me cobre los 10 euros por kilo extra de equipaje ni los 30 por maleta de mano extra. Malas personas :(

Hace menos de un año mi padre me regaló un reloj. El anterior me lo había comprado hacía seis años y no me había desprendido de él más de 24 horas seguidas en todo aquel periodo. Seguía funcionando perfectamente, ni se le había gastado la pila, pero el cristal, de cuarzo, estaba tan arañado que empezaba a parecer opaco. El reloj que me compró mi padre esta vez era de cristal de zafiro, toda una garantía, en principio, de que dentro de seis años no necesitaría uno nuevo. Como mucho, habría que cambiarle la correa, de cuero, un material orgánico, vulnerable, al fin y al cabo perecedero, del que es necesario cuidar si se quiere alargar su vida noble.

Poco antes de marcharme a China fui decepcionada tres veces por tres personas diferentes. Tres amigas cuyas actitudes me cayeron como un jarro de agua fría. Por desgracia, no era la primera vez que me pasaba, así que mi reacción esta vez no fue mucho más allá de un pequeño sentimiento de indignación y otro más grande de   resignación. Ellas probablemente no sepan nunca si quiera que me han decepcionado -incluso, quién sabe, alguna leerá estas líneas sin darse por aludida- fueron hechos relativamente discretos (que no ingenuos) pero para mi muy significativos. No le dí más vueltas a sus actitudes y acciones mas que el día posterior, o incluso el siguiente, al que tuvieron lugar. No eran para mí más que una rutina, algo esperable en cierta medida.

Nada más aterrizar en China, en el taxi que nos llevó del aeropuerto al hutong en el que nos albergábamos en Beijing, reparé al cambiar la hora de mi reloj en que había un minúsculo arañazo en el cristal muy cerca del número doce. No daba crédito, pero ahí estaba. Más tarde en el viaje, comprando imitaciones de otros relojes más caros, una china atrevida intentaba demostrarme que su falsificación tenía verdadero cristal de zafiro, dejando caer unas gotas sobre la superficie que conservaban su forma de gota, en vez de expandirse como sucede en el cristal mineral o el plástico. Le pedí que dejara caer unas gotas sobre el mío, y oh, se expandieron. Mi cristal de zafiro era de pronto cristal barato. La duda estaba sembrada. Repetí la operación varias veces y la gota se expandía invariablemente. Hasta que lo hice con el reloj tumbado sobre una superficie plana, justo en el centro, y por fin la gota conservó su forma.

En el largo viaje de vuelta desde China reparé en que el cronógrafo de mi reloj se había estropeado-la aguja para tres minutos antes del doce, no importa cuántas veces la resetee. No he tardado en llevarlo al establecimiento donde lo adquirí, donde me han informado de que el cronógrafo puede tener solución, pero el cristal, no. Si golpeo la superficie en el punto exacto donde hay un microscópico poro, puedo arañarlo, como ha sucedido. Y ese arañazo que parte desde un poro puede ser el inicio del fin. Puedo volver a golpearlo por accidente, y bastará un golpe limpio, seco, no muy fuerte, para que el cristal se vea partido en dos trozos perfectamente simétricos de aristas afiladas.

Desde que he vuelto de China, hace cinco días, he salido de casa tres veces, siempre sola. No me apetece ver a nadie. Lo atribuía a la desidia,  al cansancio de después del viaje, al estrés por el que se aproxima. Hoy he encontrado la garantía del reloj y lo he sostenido un momento en mi mano izquierda, mirándolo detenidamente. El cuero que empieza a ajarse, el cristal inmaculado con su finísima esquirla, casi inapreciable, la aguja del cronógrafo detenida antes de tiempo. Ignoro el funcionamiento de la maquinaria de un reloj suizo así como las características físicas internas del zafiro, pero me ha quedado claro que no son, ni por asomo, tan incorruptibles como mi padre y yo pensamos al adquirirlos. Me he acordado de cuando estrené el reloj anterior a este, en el verano de antes de primero de bachillerato, el verano que decidí pasar aislada, curándome de la enorme decepción que había supuesto para mi descubrir que mis amigas no eran ni tan honestas ni tan leales como siempre había dado por hecho.

Desde aquel verano mis relaciones de amistad en general no fueron lo mismo. Pasé todo el segundo de bachillerato alejada de mis compañeras de clase fuera de estas, y cuando llegué a primero de carrera me resultaba especialmente difícil entablar relaciones nuevas. Sólo a medida que pasó el tiempo conseguí relajarme, supongo que cicatrizaron las heridas, y ahora incluso volvía a reencontrarme con aquellas amigas del colegio que una vez aparté de mi vida.  No soy una amiga exigente. No tengo el teléfono de la mitad de mis amigos. No les felicito por sus cumpleaños. No se si están solteros, casados, si han tenido hijos a no ser que el contacto diario se encargue de hacerme llegar esos detalles. No espero lo mismo de ellos, no me importa lo más mínimo. Soy una persona descuidada en los detalles, pero, me temo, rotunda en los valores.

Creía que esta triple decepción había sido un golpe más en el incorruptible zafiro, pero me temo mucho que ha dado justo en uno de sus múltiples y microscópicos poros. Yo que nunca habría elegido identificarme con el blando cuero sujeto a los mimos y las atenciones periódicas me descubro como un cristal de zafiro que caprichoso se resquebraja con un solo golpe certero tras haber recibido miles más desafortunados anteriormente. Pienso en quedar con algún conocido, el que sea, y pronto soy consciente de que no soy todavía capaz de mirarle a la cara sin que algo se me revuelva dentro recordando el día que esa persona, también, me falló hace mucho o muy poco. Muchos se salvan, pero el hastío es tan grande que me nubla la vista. No sé a cuántos habré decepcionado yo, seguramente a más de los que pueda imaginarme, como siempre sucede. Lo peor del cristal zafiro no es que en el fondo resulte ser frágil como la porcelana más fina, sino que  aparenta tener una dureza equivalente al diamante, y la gran mayoría desconoce la existencia de sus microscópicos poros.

Watching the sun set in the desert



Watching the sun set in the desert, originally uploaded by Anything you want.

Hacía mucho, mucho, mucho, que no publicaba una fotografía aquí. Ahora que sé cómo enviarlas directamente desde Flickr, probablemente se convierta en una costumbre. Os dejo esta en la que estoy detrás de la cámara.
Por la mañana habíamos salido a caminar por las dunas. Me subí a un árbol con Zaid, nuestro guía bereber (con el turbante en la foto), y casi no puedo bajar… llevaba sin hacerlo desde pequeña y me dejé arrastrar por la emoción. Pasamos mucho calor, se nos clavó la arena en los ojos en la boca, nos tumbamos a descansar a la sombra y visitamos un abrevadero de camellos en mitad de la nada, con un nómada allí, esperando a que llegara alguien.
De una a seis dormimos en el albergue: con tanto calor no había nada que hacer salvo intentar esconderse, tal vez ducharse, leer, escuchar música. Al atardecer Zaid nos llevó a las montañas. Subimos todo lo que pudimos y nos sentamos a ver el atardecer, rodeados de piedra, de silencio y de la luz roja de Marruecos.

Hace un par de años leí “Nieve”, de Orhan Pamuk, y todo el que haya charlado conmigo sobre libros desde entonces sabrá que me encantó. La novela, autobiográfica, explica el regreso del escritor turco a Kars, el pueblo donde vivió su infancia, y, entre otras cosas, los procesos internos que llevan a generar obra literaria. Me llamó mucho la atención cómo durante toda la novela articula su creación en torno a un meticuloso sistema que parece inducir la literatura. A mí ni se me ocurriría ponerme a la altura de alguien como Pamuk, pero como persona que escribe he de confesar que me resultó muy llamativo el proceso. Desde que pasé el ecuador de la adolescencia -porque creo que lo he pasado, aunque eso me imagino que dentro de unos años empezaré a cuestionarlo, también- desheché la idea del genio creador. Recuerdo haber escrito mi primer poema con ocho años, de forma clandestina, en un bloc rojo de hojas a cuadros azules, expresando lo mucho que deseaba viajar por el mundo. Al parecer mi madre tenía por costumbre leer mis cuadernos sin que yo lo supiera, y me enteré de ello cuando la oí hablando por teléfono con mi tío abuelo, comentándole que le había enviado una fotocopia del poema en cuestión, para que lo leyera.Para mí aquello constituyó un brutal ataque hacia mi intimidad y ni siquiera me molesté en pedirle explicaciones a mi madre: cogí el bloc en cuestión, arranqué la hoja del poema, y la tiré a la basura.

Aquel poema- probablemente de pésima calidad- había surgido de forma espontánea, lo había escrito igual que hacía dibujos o figuritas de masa de pan: para entretenerme. No obstante, si bien es cierto que con los dibujos y las figuritas corría siempre a enseñarlas a mis padres, en busca de cumplidos, con aquel poema decidí hacer todo lo contrario, me imagino que por un sentimiento de pudor que todavía no sé de dónde me viene: aquel poema ponía al descubierto de forma explícita una parte de mí que no quería que fuera descubierta por otros. Así, desde los ocho años todo lo que escribí -que no fue poco- lo fui destruyendo  con la misma compulsión que lo escribía, de manera casi inmediata. Si alguno me parecía lo suficientemente bueno como para salvarlo lo guardaba, aunque probablemente a las pocas semanas lo encontraba, lo leía de nuevo y me avergonzaba tanto que lo rompía en pequeños trocitos, como todos los demás.

A los quince años la escritura se había convertido para mí en algo serio. Quería escribir novelas, pero no era capaz, sólo podía con la poesía. Y mi poesía era mala. Cuando empecé la universidad dejé de destruir lo que escribía e incluso me atreví a publicar algo, pero siempre he sabido fehacientemente que la calidad de mi poesía deja mucho que desear. El año pasado en Londres escribí dos poemas, y este año, en noviembre, escribí el que me imagino que será el último para mí. Se acabó. Recuerdo mi infancia como un periodo de angustiosa incomprensión-no entendía nada, y nadie me entendía, con lo que no podía pedir explicaciones. Recuerdo haber sido niña y luego infeliz.  Mi adolescencia, como todas, me imagino, fue muy tormentosa, quizás algo más de lo normal dada la propensión de mi familia a convertirse en un entorno problemático. Y de toda esa insatisfacción nacía esa escritura como una katarsis necesaria. Luego desheché la idea del genio escritor atormentado que sólo bebe del sufrimiento y empecé a volverme más reflexiva en mi escritura, pero sigo sin releer lo que escribo, nunca jamás corrijo nada: no tengo filtros, como termina Orhan Pamuk en Kars. Él lleva varios años sin poder escribir en la novela y no es sino hasta el final cuando tras una serie de acontecimientos, desbordado por las emociones, se sienta en mitad de la nieve y empieza a escribir “como si alguien le dictase las palabras”. El poeta al final da al traste con su método y se rinde ante la inspiración que le desborda. En aquel momento, cuando leí la novela, hace un par de años, sonreí y pensé: “bueno, no todo está perdido”. Pero ahora empiezo a darme cuenta de que la escritura era sólo eso, una fase más de la adolescencia, fruto de la inmadurez y la montaña rusa de emociones del periodo. Ahora ya no escribo. Nada. Hasta venir aquí y dejar estas líneas emborronadas y aburridas me cuesta trabajo. No sufro con la intensidad de antes, ni tampoco me pillan las musas desprevenida de madrugada, no me vuelvo a casa repitiendo mentalmente cuatro versos que me han asaltado en el autobús para retenerlos hasta que consiga un bolígrafo, por si se me escapan. No voy a ser escritora, mucho me temo, y es una pena, porque ese sueño había sido la única constante en mi vida desde el poema en el bloc a cuadros hasta hace un par de entradas de esta bitácora.

Adiós

Sí, sigo viva, queridos lectores -si es que queda alguno- y me disculpo por mi prolongada ausencia. He estado muy ocupada perdiendo el tiempo durante el último mes. Ahora que tengo que recoger para marcharme, y que no hay tiempo que perder, vuelvo a escribir aquí.

He dicho adiós muchas veces en los últimos años, ahora me doy cuenta, tal vez demasiadas. Estoy rodeada de polvo y de bolsas de basura, vaciando a contrarreloj la casa que concebí como un segundo hogar y que se ha convertido en un albergue provisional, en el que sin embargo, y para variar un poco, he ido acumulando más objetos de los necesarios- muchos, muchos más, de hecho. Se me hacen lejanos y extraños los días de invierno en los que venía a aquí a resguardarme del frío, de noche ya, a la luz amarillenta y tenue del salón, a la cocina limpia y vacía, al silencio de una casa que se me ha hecho deshabitada durante todo el curso. Lo asocio inevitablemente a mi residencia en Londres, el año pasado, con su moqueta sucia y vieja y el pequeño radiador que encendía nada más entrar cada tarde, a la funda de edredón tan horrible y la mesa superpoblada, de nuevo, de objetos innecesarios. Getafe y el sofá, cenando con David, Luís asomándose desde la planta de arriba cada poco y Alberto entrando por la puerta casi de madrugada me parecen ciertamente hechos de otra vida que ya no regresará nunca.

He dicho adiós demasiadas veces, me temo, y también que con veintidós años afirmar esto tal vez suene pretencioso. Recojo para volver a Sevilla a una casa que desde que la dejara mi madre para no volver ha entrado en una fase de transformación radical. La semana pasada pisé por primera vez la cocina nueva y al día siguiente fui a llevarle flores a mi madre: me disculpé tácitamente en mi nombre y en el de mi padre por haber borrado a golpe de pico y martillo su impronta en nuestras vidas. La cocina era su reino,  y había quedado hecha un desastre, como casi todo lo que tocaba. Cuando heredé sus bolsos decidí no limpiarlos por dentro y a medida que los uso voy descubriendo fotografías de carnet de mi hermano hecho casi un bebé, puñados de tickets arrugados con los precios en pesetas, un recibo de la óptica para recoger unas gafas en el año 92, su pasaporte del año 79, con una fotografía de carnet en blanco y negro, grapada a la cartulina amarillenta. En la cocina no había restos de ese tipo, pero porque la huella que había dejado en ella era imposible de deshechar como podría hacerse con todo el contenido de los bolsos. La vieja campana ruidosa que siempre se dejaba encendida; las sillas de madera vieja en las que se sentaba a fumar, sola, pensativa, a veces hablando sola, mientras mi padre veía la tele en el saló; el mármol en el que taconeaba practicando lo aprendido en clases de sevillanas hace más de una década; la despensa caótica, llena de botes de judías a medio terminar; los muebles bajos de puertas amarillentas que siempre usaba para contarme que, cuando llegamos a esa casa, los rizos apenas me llegaban a los pomos dorados colocados a la altura de mi actual rodilla. A veces pienso que mi padre lo está cambiando todo no porque sea necesario y no valore en absoluto los recuerdos materiales, sino por todo lo contrario: porque, como me sucede a mí, se le hace insoportablemente doloroso tener que tumbarse en el mismo sofá en el que ella empezó a dormitar cuando la enfermedad la consumía o cocinar en los mismos fuegos en los que ella se encendía a escondidas los últimos cigarrillos.

En cualquier caso, Sevilla es sólo otra estación en este viaje que no se detiene y no sé a dónde me está llevando. El año que viene diré otra vez hola a Londres, y me reencontraré con muchas de las cosas de las que ya me había despedido, y no sé si estoy alegre o cansada de tanto hacer y deshacer maletas, y ya estoy intentando dilucidar dónde me gustaría estar al año próximo. A veces siento que mis ambiciones y mis deseos no se corresponden en absoluto y que si hiciera caso a los segundos probablemente me quedaría pegada a Papá, a mi perrito y a las comodidades de un hogar que es extrañamente ahora cuando más disfruto, pero que es gracias a las primeras que nunca tomo una decisión como esa y no termino desencantada y deprimida, sumergida en la parálisis inmanente a todo lo que voy dejando detrás, de una forma u otra.

Es la edad, me decía Luís hace tiempo, lo que ahora hace que nos sorprendamos a nosotros mismos buscando la acera soleada cuando antes celebrábamos la lluvia, y espero que sea esa misma edad la que termine de explicarme quién soy y por qué hago lo que hago, independientemente de qué me gustaría ser o hacer en el futuro, que ha sido, ahora me doy cuenta, mi único motor existencial hasta ahora. Empezar a vivir el presente de una vez por todas, tirar por la borda las pretensiones y los sueños, es, me temo,una declaración en toda regla de la conscienca adquirida de la finitud del tiempo y las propias limitaciones. Deshecharía el teleologismo y me asientaría, sin más, pero hay algo que no me deja. Estoy haciendo y deshaciendo maletas continuamente, y paso por habitaciones y ciudades sin dejar huella. Tal vez si, como me proponía Pavlo esta mañana, me permitiera a mi misma disfrutar de personas y lugares sin fecha de caducidad, podría empezar a dejar un rastro y -nunca se sabe- descubriría que en el fondo todos los placeres imaginados en mis planes futuros son insignificantes comparados con la satisfacción de poder permitirme vivir en una casa en la que la cinta de embalar no sea indispensable.

Very busy

¡Ah, sí, que yo tenía un blog!

Es que ando muy ocupada. Y encima con cosas poco interesantes que seguro que os aburriría leer.

Os dejo esto, que me pone los vellos como escarpias, oiga:

Big Ideas (don’t get any) from James Houston on Vimeo.

Los vecinos.

Si existieran manuales de protocolo acerca de cómo relacionarse con los vecinos mi vida sería mucho más fácil. No he tenido vecinos con los que encontrarme en el ascensor desde los diecinueve años, porque directamente no tenía ascensor: vivía en un chalet. Desde que me fui a mi primer piso compartido empecé a tener que establecer conversaciones sobre el tiempo o la Navidad/Semana Santa/Vacaciones de Verano/Puentes con desconocidos a los que apenas he visto dos o tres veces en mi vida para evitar silencios incómodos. Pronto me di cuenta de que el silencio me resulta más cómodo que el small talk, así que aunque me quite los cascos del iPod por cortesía, trato de no extenderme más allá de un simple “hola” y “adiós”.

Hoy me he encontrado con el vecino del piso de enfrente cuando íbamos a bajar la basura. Hemos dado un portazo, cada uno en su casa, en perfecta sincronía. Yo en pijama, él en chándal, tenemos la misma edad, sospecho que el suyo es también un piso compartido. Nos hemos dicho “hola” mutuamente, cada uno con sendas bolsas de basura, y cada uno ha llamado a uno de los dos ascensores que tenemos en mi escalera. Ha llegado uno, él se ha adelantado, me ha abierto la puerta, le he dicho “gracias”, ha entrado, ha pulsado el 0 y hemos bajado juntos tres pisos, yo mirando al suelo, y él no sé a qué, pero igual de silencioso que yo. Cuando íbamos por el piso 2 ya me había dado tiempo a darme cuenta de que si alguno de los dos no decía algo aquello iba a convertirse en una situación muy embarazosa, pero no se me ocurría qué decir, y comentar el buen/mal tiempo me parecía caer demasiado bajo. El ascensor se ha detenido en el 0, ha abierto la puerta, ha salido y me la ha sostenido para que yo pudiera salir, le he dicho: “gracias”, hemos caminado juntos 30 metros hasta la puerta de fuera, he salido, le he sostenido la puerta para que saliera, hemos bajado 10 escalones sin mirarnos, cada uno se ha ido a un extremo de la fila de contenedores que dispone el portero frente al portal cada noche, y ha tirado sus bolsas. He subido los diez escalones, he abierto la puerta del portal con llave, he esperado a que él subiera la escalinata sosteniéndole la puerta, hemos caminado de nuevo 30 metros el uno al lado del otro, sin mirarnos,  hasta el ascensor, y llegado a este punto he pensado muy seriamente en decirle: “hola, soy la vecina de enfrente, por si no te has dado cuenta, me mudé aquí hace diez meses y por fin nos conocemos, me llamo Paula, encantada.”, pero luego he pensado: “bueno si él no dice nada será esto lo normal, este silencio.”. Me ha vuelto a abrir la puerta del ascensor y a cederme el paso, le he dicho “gracias” otra vez, he pulsado el tres y hemos subido tres plantas, en silencio: esta vez le iba mirando a la cara, tiene gafas, y él miraba fijamente la pared del ascensor, buscando figuritas en la veta de la madera, supongo. El ascensor se ha detenido tres pisos de silencio después, él ha abierto la puerta y ha salido, la ha sujetado para que saliera yo, nos hemos dicho “hasta luego” sin mirarnos y cada uno ha vuelto a abrir la puerta que cerró con un portazo hacía seis minutos de silencio interminable.

He llegado a casa y no sé si es lo normal o es que él pensaba lo mismo, que debería ser yo quien hablara. Sea como fuere creo que mi trauma con el small talk en los ascensores acaba de perpeturarse por los siglos de los siglos (amén).

Cine

Ya, ya sé que tengo esto abandonadísimo, pero no me voy a disculpar por ello. El blog supuestamente ha de reflejar la tónica vital del autor y la mía, últimamente, es la del abandono total y absoluto de todas mis actividades/obligaciones, exceptuando, tal vez, la de salir a tirar kilómetros y durante esta pasada semana de vacaciones, la de ir al cine. He visto tres películas (teniendo en cuenta que en Sevilla ya no queda casi nada bueno en cartel y que los dos únicos cines en VO de toda la ciudad estaban cercados por procesiones, no está tan mal).

1) Gran Torino. Muy buena. Pablo dice que le da la sensación de que Clint Eastwood lleva haciendo películas testamentales desde hace unos años, y estoy de acuerdo con él en la medida en que todo lo que dirige últimamente termina siendo un clásico del cine en potencia. Gran Torino no son más que una conurbación de tópicos de Hollywood contados de la manera más sencilla posible. Es increíblemente predecible y tiene un final tan heroíco como posmodernista, y aun así no deja de ser una americanada. Pero una americanada de las buenas, de esas que luego se convierten en clásicos. A medida que escribo esto me estoy entusiasmando, me doy cuenta, pero es que al recordarla voy revisando todos los puntos que me hacen que al final vaya a terminar diciendo que es un peliculón que hay que ver, aunque esa no fuera mi intención inicial. En fin, lo dicho, cine americano de héroes y villanos, del de siempre, pero de calidad.

2) Lejos de la tierra quemada. Mi padre me dijo que Charlize Theron se hizo cargo personalmente del guión que Arriaga había escrito después de separarse de Iñárritu. Boyero decía que aquí Arriaga demostraba que no sólo sabía escribir, sino también dirigir. Hay quienes hablaban de la muerte de Iñárritu ahora que Arriaga ha demostrado que puede hacerlo todo él solito. Así que fui a verla: es un truño. Arriaga copiando a Arriaga (otra vez) con sus historias de vidas que se mezclan y mexicanitos en la frontera, desiertos y toda la pesca. Y esta vez encima con un toque Isabel Coixet  que prefiero pensar que fue Charlize quien lo pidió para (creería ella) darle a su personaje la “profundidad interpretativa” necesaria para que le dieran (otro) Oscar. Y de paso enseñar las tetas. Muy mal, muy decepcionante, muy larga y muy aburrida.

3) Vals con Bashir. Una vez en Madrid íbamos a ver The Reader pero la ponían tardísimo. Llegamos tarde a The Visitor (nota: la cartelera de google está mal), así que nos fuimos a ver Vals con Bashir. Y yo estuve alucinando desde el minuto 2, aproximadamente. Es preciosa visual, musical y narrativamente. Yo no sabía con qué me iba a encontrar y cuando me di cuenta estoy allí, sentada viendo un documental de animación dirigido por un documentalista que no sabe animar, y nunca lo había hecho. Veteranos de guerra que intentan recordar  lo que pasaba en los campos de batalla, cuando eran unos niños. Me imagino que acude al dibujo ante la imposibilidad (económica) de recrear las escenas de guerra. Y ya de paso no se corta con el onirismo que envuelve toda la cinta, dando como fruto un producto nuevo que, de no ser de animación, de hecho, no tendría sentido alguno. Es el testimonio real  sobre la guerra más honesto  al que jamás he accedido. Esta hay que verla, en serio, corred a verla.

Daniel Hannan MEP: The devalued Prime Minister of a devalued Government

Tres minutos de política y britishness en estado puro. Ojalá hubiera más políticos así en el mundo…

C2C DMC 2005

No sabía que hubiera concursos de esto. Ni que se pudieran hacer cosas tan guays.

Los recuerdos alterados.

Hoy voy a hablar del tiempo, muy original, y mira que me gusta criticar a los telediarios cuando nos dan la noticia en verano de que hace calor, en invierno de que hace frío, en rebajas de que todo es más barato y en Navidad de que todo es más caro. Yo hoy doy la noticia de que la primavera parece haber llegado a Madrid (aunque no sé si se habrá instalado definitivamente o no), y de que además la disfruto.

Oh, Dios mío, creo que me estoy convirtiendo en una persona de esas que llaman “buen tiempo” al sol, y que no van a clase cuando llueve, y además les parece una justificación aceptable. Sí, yo, la que antes refunfuñaba en cuanto la temperatura subía de 20 grados y empezaba a probarse los abrigos, los guantes, las boinas y los leotardos en agosto (esto, creedme o no, pero es cierto), me sorprendo a mí misma saltándome una clase para tomar el sol en el cesped de la universidad, y saliendo a pasear por el retiro un martes cuando vuelvo a casa para aprovechar los últimos rayos de luz del día, y saliendo a mi terraza de noche a escuchar la quietud de la noche y de la tibieza del aire estático.

No sé muy bien por qué, pero todo esto me recuerda muchísimo a mi primer año en Getafe. Me recuerda a Luis, a David y a Alberto, a cuando empecé a salir con ellos a menudo, a sentarnos en los bancos de delante de la resi por la tarde, a Alberto muriéndose de la alergia en el campo de Castilla-La Mancha, a las tardes que se convertían en noches en la azotea del piso al que me mudaría poco después, y sobre todo a los paseos de vuelta a mi habitación compartida por temporadas, de noche, con Getafe durmiendo y ese rumor tan sordo de la ciudad que crece a lo lejos.

Me imagino que entonces ya se atisba en mi ese yo que disfruta ahora de la primavera como nunca. Es extraño, han cambiado tantas cosas… ya no volverán nunca esos días, fueron sólo una de las muchas estaciones en las que me he detenido fugazmente y sin pausa en los últimos cuatro años.  Se me escurren los recuerdos como agua entre los dedos de la mano. La que era yo entonces ya no volverá, lo que eran los otros para mí, tampoco. Y sin embargo salgo tarde de la universidad, cuando ya atardece, y creo que en esa luz dorada está contenido el germen de la que soy ahora, como si en el fondo la estuviera disfrutando de la misma manera. Me siento como si me hubiera ido de viaje una larga, larga temporada, muchos años, y ahora regresara de vacaciones al hogar. Sólo que en el hogar no me espera ninguno de los que yo me esperaba, empezando por el yo pasado que ahora me mira con ojos de niña sorprendida, incapaz de reconocerse en ese adulto de mirada áspera que ha vuelto a visitarla.