Fox in the snow
Where do you go to find something you could eat?
Cause the word out on the street is you are starving.
Don’t let yourself grow hungry now,
don’t let yourself grow cold
fox in the snow…
Where do you go to find something you could eat?
Cause the word out on the street is you are starving.
Don’t let yourself grow hungry now,
don’t let yourself grow cold
fox in the snow…
En Sevilla hace Sol. Y los árboles crujen levemente mecidos por una brisa suave, derramando hojas secas sobre la grama firme y de un verde rabioso. La lluvia que ha caído horas antes ha dejado el aire limpio y los suelos brillantes, y cuando me acerco a la verja mi perro -ya casi ciego, despeinado y envejecido- corre hacia mí y ladra alegremente. Meto la llave en la cerradura y la giro, entro en el jardín pasando por debajo del jazmín de la entrada. Cierro la cancela a mi espalda y me tomo unos segundos antes de subir la escalera de barro que me llevará hacia la casa. Advierto el naranjo con tres frutos asomando entre sus hojas húmedas, la buganvilla preñada de flores púrpuras, el olivo centenario que se arquea cansado sobre el porche de la entrada. La luz del sol lo baña todo confiriéndole valor añadido en un día de invierno como hoy. La pareja de tórtolas que ya se ha vuelto cotidiana planea limpiamente hasta posarse en el tejado, y mi perro no ha parado de ladrar. Le acaricio la cabeza. Hola, Coqui -le saludo- ya, ya estoy en casa, ya entro, no tardo más. Cualquiera diría que es invierno en un día como hoy.
Fin del primer trimestre. Corto e intenso. Estoy en mi cuarto escuchando Belle and Sebastian y tengo que contenerme para no llorar. Me releo y me sueno adolescente y sentimentaloide, pero no puedo evitarme. Nadie puede evitarse. Estoy cansada y confundida. Emocionada, eufórica y llena de energías, agotada, vacía de esperanzas, a punto de rendirme porque no puedo esperar a hacerlo mejor. Anoche organicé una cena de navidad y vinieron pocos, y quizá mejor así. Nos sentamos y nos reímos, corrió el vino, proliferaron las bromas, hubo abrazos, fotografías, confidencias. Disfruto plenamente estos momentos, pero se queda un regusto amargo y creo que las horas de sueño que me faltan lo están amplificando. Los buenos momentos se van para no volver, y tarde o temprano la mayoría de los que llamo amigo termina decepcionándome. No puedo evitar anticiparlo. Nunca piso sobre seguro, y cada vez me resulta menos excitante la idea. Siento añoranza de las cosas que no tengo, que nunca consigo: las que sólo rozo un poco con los dedos sin poder llegar a abrazar del todo. Soy afortunada y desgraciada. Estoy viva pero me voy muriendo un poco cada día.
Cuando encuentre palabras para hacerlo os la cuento. Lo más delirante que he visto dentro de un museo. Si vamos a hacer arte conceptual, que sea como este, por favor.
Al menos un par de veces por semana siento la necesidad de escribir para este blog, pero siempre me asalta en la biblioteca-lo cual no es sorprendente en absoluto, teniendo en cuenta que paso aquí la mayor parte de mi tiempo- y dado que no se la contraseña que me da acceso a el, termino descartando la idea. Hoy estoy sentada en la biblioteca, en un ordenador sin eñes ni tildes, escribiéndome en un email para publicarlo más tarde. Es domingo por la mañana y la luz del sol entra a raudales por la ventana. A pesar de estar en pleno centro de Londres, la biblioteca está en el corazón del campus de LSE, por lo que el ruido del tráfico queda muy lejano. No somos pocos los que tecleamos desde esta sala, pero el silencio solo lo interrumpen el incesante crujir de las teclas, el pasar de páginas de quien busca una cita sin encontrarla, y alguna tos ocasional. Por la noche todo esto habrá cambiado, estoy segura, y habrá cuchicheos, risas disimuladas y un frenético ir y venir de pasos y ascensores habitados por aquellos que se han cansado ya y visitan el baño, la fuente, la planta de arriba o la de abajo con tal de abandonar por unos minutos que siempre terminan alargándose más de la cuenta la tarea que tienen que terminar para mañana.
La semana que viene se terminara mi primer trimestre en LSE. Frenético creo que es el adjetivo que mejor lo describe. No tengo ganas de re narrar los hechos de mi venida y mi instalación aquí, se me hace largo y pesado y poco ajustado con mi percepción de lo que ha pasado realmente: tengo la sensación de haberme montado en un carrusel que empezó a girar cada vez más deprisa hasta que en algún momento perdí los puntos de referencia y mi existencia se convirtió en un pasar rápido y borroso de acontecimientos poco señalados. He pasado angustias y ansiedades, pero me parecen ya muy lejanas como para detenerme en ellas. He hecho amigos y tengo la sensación de que son ya amistades viejas de esas que hay que esforzarse un poco por mantener. Veo a compañeros de clase de vez en cuando y ambos exclamamos: -”Vaya, cuando tiempo sin verte!”, pero luego intentamos hacer memoria y no está nada claro cuándo fue la última vez que nos vimos: puede que haya sido solo una semana, pero el tiempo pasa tan rápido cuando todos los días son exactamente iguales. Desde por la mañana hasta por la noche en esta biblioteca, pensando sin parar. Los datos concretos se me escurren entre los dedos si no los apunto todos: a los que me conozcáis os impactara saber que tengo una agenda de la que no me separo, y sin ella no soy nadie. Lo que no esta allí escrito no existe para mí.
No hace falta que aclare lo muy diferente que está siendo este ano aquí del que pase hace tiempo. No cruzo el rio por las mañanas y se me
hace muy extraño. No he visto la niebla de Londres que tanto necesita desde que he llegado. Ayer cruce el puente de Waterloo de noche por primera vez desde que me fui hace dos anos. Me hago mayor, pensé. Cruzar ese puente equivale para mí a pensar. Trate de recordar que pensaba cuando lo cruzaba hace dos anos, esos cinco minutos de trayecto que a veces se alargaban con un pausa en la mitad para no
interrumpir la reflexión, que a veces se hacían demasiado largos cuando sudaba dentro del abrigo corriendo para no llegar tarde a clase. No es tan diferente lo que pienso ahora de lo que pensaba entonces. No se me hace tan raro encontrarme cara a cara con la que era hace dos anos. Me hago mayor, pensé, y le comente después a David cuando cruzábamos Southwark Bridge de camino a mi casa tras haber escuchado a Mozart en el BFI como haciamos hace dos anos. Antes sabía que mirar atrás, aunque fuera solamente unos pocos meses, supondría siempre encontrarme con una versión de mi bien diferente, pero ahora empiezo a verme cada vez más estable y homogénea, las variaciones son mucho más sutiles. Estoy terminando de crecer, cada vez lo hago más despacio, le dije a David. Pues ten cuidado, me contesto burlesco, porque cuando uno termina de crecer solo le queda empezar a envejecer. Nos reímos antes de despedirnos, y yo no pude evitar mirar una vez más desde donde estábamos el puente de Waterloo con el National Theatre iluminado en un extremo y la Somerset House en el otro, sintiendo que aquel tramo de Londres se ha quedado para siempre impregnado de una parte de mi vida.
¡Gracias!
No sé quién es este tío, pero muchas, muchas gracias.
Voy a empezar a escribir aquí regularmente, siguiendo su consejo.
Se me había olvidado que tengo un blog. Os lo juro. En mi último post decía algo así como que estaba contentísima de estar en Londres y emocionadísima con mis clases y mi casa. Menos mal que no llegué a contarlo todo en detalle, porque tendría que haberlo rectificado. Vayamos por partes:
La universidad. La universidad me gusta bastante, pero estoy muy decepcionada en algunos aspectos. Me imagino que haber pagado tanto dinero y que sea tan difícil la admisión influía en mis expectativas (y con razón, creo) pero puedo decir con toda seguridad que me alegro mucho de haber cursado la titulación que cursé, y que he tenido mucha suerte con mis profesores en ella ya que no tienen nada que envidiar a los de aquí. Claro que en Madrid de cada 10 profesores 4 eran un mortalmente aburridos/estaban desequilibrados/pasaban de nostros, y aquí los cuatro que tengo me encantan, aunque me imagino que alguno peor habrá. El caso es que tengo que escribir nada más y nada menos que seis ensayos en las diez semanas que dura el bimestre, y me veo siempre con el agua al cuello. Lo de disfrutar de Londres se ha quedado en un segundo plano muy, muy, escondido, y no parece que vaya a cambiar la situación hasta después de Navidad, mínimo. Eso sí, aprender estoy aprendiendo mucho, que para eso he venido.
Alojamiento. Iba a vivir con una familia, creo que no llegué a contarlo. Eran ideales de la muerte y viven en Sloane Square, y en su pisazo de seis habitaciones había una para mí. Alojamiento, comida y sueldito a cambio de diez horas semanales llevando al parque a la niña. No podía ser más perfecto. Estuve tres semanas esperando, se acababan de mudar y estaban poniendo bonita la casa y en ese tiempo también me dediqué a montar los muebles de mi habitación (experiencia desmotivadora donde las haya). El día que me iba a mudar, con las maletas hechas y esperando al taxi, la madre de la familia decide que ha cambiado de opinión, y me deja en la calle, en un momento de agobio extremo por ensayos y presentaciones. Así que decido no preocuparme por el alojamiento durante el fin de semana, sólo voy a ver una habitacion en una residencia que no me convence mucho, pero creo que va a ser mi única opción, estoy ya muy cansada. El lunes voy a preguntar a la accommodation office y me dicen que queda una libre en otra residencia, en Trafalgar Square. Vengo a verla y me quedo con ella, inmediatamente. Es grande, con baño propio y barata. Y está en Trafalgar Square. Demasiado bueno para ser cierto (como con la familia), y lo es: no tengo luz del día, descubro mi primera mañana aquí. Me deprime.
Miscelánea. Mi vida no va mucho más allá de estos dos temas, de momento, aunque esta semana está siendo ajetreada. Anteayer cené con David y Lola en el microestudo de Lola, en Piccadilly Circus, y luego de vuelta a casa de madrugada paré en Tesco a hacer la compra porque no tenía para desayunar ayer, y es que si no no encuentro el momento. Esas son las cosas que me gustan de Londres, y de vivir en donde vivo. Anoche fui con tres compañeros de clase a ver a Shantel en Koko. Hoy he estado vendiendo galletas que hice yo misma, en una venta benéfica de la Food Appreciation Society, de la que soy parte. Y he comido comida hare krishna, gratis, como casi siempre que estoy por el campus a la hora de comer. Y después he leído durante cinco horas, y luego me he ido pitando a una cata de vinos organizada por la Wine Tasing Society, de la que también soy parte.Y después me he ido corriendo al gimnasio al que me he apuntado que casi se merece un post aparte. Y luego he venido corriendo a la resi, y he compartido queso y ensalada con dos de mis compañeros, uno francés y otro suizo, mientas hablábamos sobre vino, calentamiento global y el alma de las ciudades. Y después me he acordado de que tenía un blog y he venido a contarlo, aunque sea telegráficamente. Y me disculpo por escribir tan mal, pero cada vez se me da peor, diría, e intento evitarlo en la medida de lo posible.
Estado general de las cosas: estoy en Londres y me gusta bastante. Llegué hace dos semanas, justo a tiempo para atender las miles de actividades de orientación organizadas en mi universidad. Sí, estoy en la uni, otra vez. Me licencié en junio y exactamente cuatro meses después vuelvo al ambiente de biblioteca y no intentar quedarme dormida delante del profesor. Voy a hacer un Master en European Studies en LSE, aunque hace poco me he dado cuenta de que en el fondo lo que me gusta es la filosofía, y probablemente termine haciendo un doctorado en filosofía sí me dejan. Hasta con eso he tenido suerte, resulta que mi máster lo dirige un filósofo (y no filósofo político, o cualquier otra cosa, filósofo a secas, como dice él) que, además, ha resultado ser mi supervisor personal. Eso significa que él es responsable de mi bienestar académico y personal, y que debo acudir a él ante cualquier duda o dificultad que surja. Cuando nos conocimos se le dibujó una sonrisa en la cara cuando le dije que era licenciada en Humanidades que fue ensanchándose a medida que le expliqué que en el fondo quería hacer filosofía y que la que más me interesaba era la del siglo XX. Yo he trabajado mucho con Derrida, eramos buenos amigos, y además dirijo el foro para la filosofía europea de LSE, así que a lo mejor este es el principio de una bonita amistad, me dijo. Y me fui del despacho con una sonrisa en la cara, yo también. LSE se merece uno o varios posts para ella sola, así que dejaré aquí mis comentarios acerca del estado de las cosas en lo académico, ya seguiré otro día.
Sé positivamente que este año en Londres va a ser radicalmente diferente al anterior. Nada de encadenar las fiestas o plantarme en las clases sin haber leído ni una página de lo que debería haber revisado. No sólo porque el máster haya costado una pasta, sino porque creo que me estoy haciendo vieja y cada vez disfruto menos el salir por ahí de parranda y más el quedarme en casa volviéndome una erudita (con una copa de brandy en una mano, la pluma en la otra, y un artículo académico delante, como bromeaba uno de mis profesores ayer). De todas formas, para asegurarme de que no voy a irme por el mal camino (y de paso ahorrarme una fortuna), voy a vivir con una familia. No sé si voy a volverme loca al amputárseme una parte importante de mi independencia repentinamente, pero por probar que no quede.
Este post me está quedando extremadamente desordenado, y creo que voy a terminarlo aunque tengo la sensación de no haber comentado nada de lo que consideraba esencial en una revisión del estado de las cosas. Bueno, es esencial, me imagino, que me encante mi universidad, aunque no me he detenido a explicar el por qué. Tampoco os he hablado mucho de dónde ni cómo voy a vivir, aunque eso, creo, también se merece una entrada aparte. Y mis compañeros, y las societies a las que me he apuntado, también. Bueno, parece que mi vida es ahora mismo lo suficientemente interesante como para que actualice esto a menudo, y eso son buenas noticias (creo).
Había escrito un post muy largo con mis impresiones a la vuelta a esta ciudad- Londres- que tanto me gusta. Hablaba sobre lo emocionada que estoy con mi nueva universidad, con mis profesores, con mis compañeros. Pero se ha borrado, aunque prometo que contaré todo esto más adelante.
Me he topado con un texto que escribí hace casi tres años, y me resulta increíble lo mucho que han cambiado mis formas de sentir y de pensar en tan poco tiempo. El tiempo es verdaderamente asimétrico: según el aspecto en el que me detenga los cambios han sido verdaderamente insignificantes o absolutamente relevantes. Hasta aquellos que ya se me habían olvidado han cambiado, menos mal que escribo para poder recordarlo con el tiempo. La búsqueda de la felicidad incondicional ha terminado y tengo la impresión de que se ha transformado en una constante huída hacia delante. Me felicito a mí misma por haber sobrevivido y creo que ya va siendo hora de que haga lo mismo con él, por ser un incansable compañero en las buenas y en las malas. Aquí va el texto, dedicado a nosotros:
Y llegó -por fin- y me llevó a París a dormir en el barrio latino, a cenar en Montmartre, a pasear por el Sena, a ver estelas babilónicas en el Louvre, y a calentarle las orejas con mis guantes de lana esperando al autobús de madrugada, entre otros.
Ahora se ha ido a Sevilla y yo me he quedado con los ojos legañosos preguntándome si todo eso no lo he soñado. Entre las ocho y las doce de la noche mi vida se remite a una melancolía insalvable, excepto cuando viene él a que nos la saltemos. Ya sé que he sido muy buena esta semana, y probablemente dentro de doce horas esto no me parecera más que una injusticia contra mí y contra él, pero soy consciente de que necesito a veces algún tipo de katarsis como esta para expurgar las sombras y ponerme a deshacer y hacer maletas, y marcharme a Sevilla a enfrentarme con una Navidad que me hace temblar.
Ruego no me lo tengáis en cuenta, y sobre todo tú, no me lo tengas en cuenta: ya sabes lo que me cuesta asimilar que existe una felicidad incondicional, tanto que a veces dudo que exista.
Las buenas noticias son que la única condición, pienso,o más bien, me haces pensar, eres tú: somos nosotros.
Yo es que veo este anuncio y me entran unas ganas tremendas de coger mi mochila, de las más baratas de Decathlon, en la que caben dos pantalones y seis camisetas, e irme de viaje por el mundo aunque sea con los cuatro duros y pico que tengo ahora mismo encima. Vamos, que el plan tiene pinta de incluir de todo menos bolsos de Louis Vuitton. ¿Será que yo soy muy rarita o que los creativos se han pasado… de creativos?
¡Ayúdame!
¿Para qué hablar sobre “Up”, “Distrito 9″, “Inglorious Basterds” o “Deseo, Peligro”, cuando esto supera de largo a todo el cine que he visto en la última semana?
Lo que más me gusta es que pese al brillante trabajo de edición no se hayan tomado la molestia de enterarse de cómo se pronuncia realmente eso que ellas llaman “quereceres”.
En pocas horas sale mi vuelo, y esta vez me da más pereza que otra cosa. Me imagino que influyen dos factores: el primero, que me huelo que este año voy a tener que trabajar como no lo hacía desde antes de empezar la carrera; y el segundo, que empiezo a estar harta de hacer la maleta. Si mis pies y mi cuerpo encogieran hasta convertirse ambos en una talla 34 quedarían solucionados muchos de mis problemas. Como esta no parece una opción demasiado plausible, desde aquí hago un llamamiento a todos los científicos que llevaban años intentando inventar el teletransporte (obedeciendo a órdenes telepáticas que les envío periódicamente) para que aplacen temporalmente el proyecto e inventen algún artilugio que reduzca el tamaño y el peso de mi equipaje el 400% que necesito para poder llevármelo todo. Las bolsas de envasar mantas al vacío, ha quedado patente, no sólo son poco efectivas ante mis intenciones, sino que, además, acaban con la paciencia de cualquiera dada su pobre operatividad.
Si algún miembro del personal de Vueling en Sevilla me está leyendo, le ruego que no me cobre los 10 euros por kilo extra de equipaje ni los 30 por maleta de mano extra. Malas personas ![]()
Hace menos de un año mi padre me regaló un reloj. El anterior me lo había comprado hacía seis años y no me había desprendido de él más de 24 horas seguidas en todo aquel periodo. Seguía funcionando perfectamente, ni se le había gastado la pila, pero el cristal, de cuarzo, estaba tan arañado que empezaba a parecer opaco. El reloj que me compró mi padre esta vez era de cristal de zafiro, toda una garantía, en principio, de que dentro de seis años no necesitaría uno nuevo. Como mucho, habría que cambiarle la correa, de cuero, un material orgánico, vulnerable, al fin y al cabo perecedero, del que es necesario cuidar si se quiere alargar su vida noble.
Poco antes de marcharme a China fui decepcionada tres veces por tres personas diferentes. Tres amigas cuyas actitudes me cayeron como un jarro de agua fría. Por desgracia, no era la primera vez que me pasaba, así que mi reacción esta vez no fue mucho más allá de un pequeño sentimiento de indignación y otro más grande de resignación. Ellas probablemente no sepan nunca si quiera que me han decepcionado -incluso, quién sabe, alguna leerá estas líneas sin darse por aludida- fueron hechos relativamente discretos (que no ingenuos) pero para mi muy significativos. No le dí más vueltas a sus actitudes y acciones mas que el día posterior, o incluso el siguiente, al que tuvieron lugar. No eran para mí más que una rutina, algo esperable en cierta medida.
Nada más aterrizar en China, en el taxi que nos llevó del aeropuerto al hutong en el que nos albergábamos en Beijing, reparé al cambiar la hora de mi reloj en que había un minúsculo arañazo en el cristal muy cerca del número doce. No daba crédito, pero ahí estaba. Más tarde en el viaje, comprando imitaciones de otros relojes más caros, una china atrevida intentaba demostrarme que su falsificación tenía verdadero cristal de zafiro, dejando caer unas gotas sobre la superficie que conservaban su forma de gota, en vez de expandirse como sucede en el cristal mineral o el plástico. Le pedí que dejara caer unas gotas sobre el mío, y oh, se expandieron. Mi cristal de zafiro era de pronto cristal barato. La duda estaba sembrada. Repetí la operación varias veces y la gota se expandía invariablemente. Hasta que lo hice con el reloj tumbado sobre una superficie plana, justo en el centro, y por fin la gota conservó su forma.
En el largo viaje de vuelta desde China reparé en que el cronógrafo de mi reloj se había estropeado-la aguja para tres minutos antes del doce, no importa cuántas veces la resetee. No he tardado en llevarlo al establecimiento donde lo adquirí, donde me han informado de que el cronógrafo puede tener solución, pero el cristal, no. Si golpeo la superficie en el punto exacto donde hay un microscópico poro, puedo arañarlo, como ha sucedido. Y ese arañazo que parte desde un poro puede ser el inicio del fin. Puedo volver a golpearlo por accidente, y bastará un golpe limpio, seco, no muy fuerte, para que el cristal se vea partido en dos trozos perfectamente simétricos de aristas afiladas.
Desde que he vuelto de China, hace cinco días, he salido de casa tres veces, siempre sola. No me apetece ver a nadie. Lo atribuía a la desidia, al cansancio de después del viaje, al estrés por el que se aproxima. Hoy he encontrado la garantía del reloj y lo he sostenido un momento en mi mano izquierda, mirándolo detenidamente. El cuero que empieza a ajarse, el cristal inmaculado con su finísima esquirla, casi inapreciable, la aguja del cronógrafo detenida antes de tiempo. Ignoro el funcionamiento de la maquinaria de un reloj suizo así como las características físicas internas del zafiro, pero me ha quedado claro que no son, ni por asomo, tan incorruptibles como mi padre y yo pensamos al adquirirlos. Me he acordado de cuando estrené el reloj anterior a este, en el verano de antes de primero de bachillerato, el verano que decidí pasar aislada, curándome de la enorme decepción que había supuesto para mi descubrir que mis amigas no eran ni tan honestas ni tan leales como siempre había dado por hecho.
Desde aquel verano mis relaciones de amistad en general no fueron lo mismo. Pasé todo el segundo de bachillerato alejada de mis compañeras de clase fuera de estas, y cuando llegué a primero de carrera me resultaba especialmente difícil entablar relaciones nuevas. Sólo a medida que pasó el tiempo conseguí relajarme, supongo que cicatrizaron las heridas, y ahora incluso volvía a reencontrarme con aquellas amigas del colegio que una vez aparté de mi vida. No soy una amiga exigente. No tengo el teléfono de la mitad de mis amigos. No les felicito por sus cumpleaños. No se si están solteros, casados, si han tenido hijos a no ser que el contacto diario se encargue de hacerme llegar esos detalles. No espero lo mismo de ellos, no me importa lo más mínimo. Soy una persona descuidada en los detalles, pero, me temo, rotunda en los valores.
Creía que esta triple decepción había sido un golpe más en el incorruptible zafiro, pero me temo mucho que ha dado justo en uno de sus múltiples y microscópicos poros. Yo que nunca habría elegido identificarme con el blando cuero sujeto a los mimos y las atenciones periódicas me descubro como un cristal de zafiro que caprichoso se resquebraja con un solo golpe certero tras haber recibido miles más desafortunados anteriormente. Pienso en quedar con algún conocido, el que sea, y pronto soy consciente de que no soy todavía capaz de mirarle a la cara sin que algo se me revuelva dentro recordando el día que esa persona, también, me falló hace mucho o muy poco. Muchos se salvan, pero el hastío es tan grande que me nubla la vista. No sé a cuántos habré decepcionado yo, seguramente a más de los que pueda imaginarme, como siempre sucede. Lo peor del cristal zafiro no es que en el fondo resulte ser frágil como la porcelana más fina, sino que aparenta tener una dureza equivalente al diamante, y la gran mayoría desconoce la existencia de sus microscópicos poros.
Hacía mucho, mucho, mucho, que no publicaba una fotografía aquí. Ahora que sé cómo enviarlas directamente desde Flickr, probablemente se convierta en una costumbre. Os dejo esta en la que estoy detrás de la cámara.
Por la mañana habíamos salido a caminar por las dunas. Me subí a un árbol con Zaid, nuestro guía bereber (con el turbante en la foto), y casi no puedo bajar… llevaba sin hacerlo desde pequeña y me dejé arrastrar por la emoción. Pasamos mucho calor, se nos clavó la arena en los ojos en la boca, nos tumbamos a descansar a la sombra y visitamos un abrevadero de camellos en mitad de la nada, con un nómada allí, esperando a que llegara alguien.
De una a seis dormimos en el albergue: con tanto calor no había nada que hacer salvo intentar esconderse, tal vez ducharse, leer, escuchar música. Al atardecer Zaid nos llevó a las montañas. Subimos todo lo que pudimos y nos sentamos a ver el atardecer, rodeados de piedra, de silencio y de la luz roja de Marruecos.