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Expect the unexpected.

Cuando hace ya cinco meses firmé un contrato de beca para irme a la India, mi primer destino era Sotla, un pueblecito enano - para los estándares Indios-, aunque poco me importaba a mí la localización del proyecto, la verdad. Hace un  par de meses, mi amiga Blanca decidió que se venía conmigo durante el primer mes, y hace uno aproximadamente nos comunicaban que en vez de a Sotla nos mandaban a Janauri, un pueblo tan pequeño que ni aparece en Google maps, en el que no tenemos ni ducha, ni agua caliente, y la casa anda rodeada de monos, por lo visto. No tenemos muy claro por qué nos mandan a allí ni qué vamos a hacer allí, pero como nos han advertido una y mil veces los antiguos becarios, lo más importante es ir con la mente abierta y ser muy flexible, porque, parecen darnos a entender, la India es una locura.Resulta que estaba yo esta mañana cuando me he despertado pensando que parece que al final sí que me voy a ir de verdad a la India con la mochila en el hombro, que me ha dado tiempo en poco más de dos semanas a conseguir el visado, las vacunas, el equipaje completo, las propuestas de doctorado, que me pusieran y me retiraran la escayola, cuando de pronto me ha venido un recuerdo bastante borroso a la mente de haber hablado por teléfono con un señor de marcado acento indio que decía algo sobre mis vuelos. Rauda y veloz he revisado la lista de llamadas de mi móvil y sí, efectivamente, a las 7:38 de la mañana me han llamado de la India. Recuerdo que me han comentado que alguno de mis vuelos había cambiado de hora, pero sinceramente, no sé cuál de ellos -y todavía sigo sin saberlo. Más que preocuparme me ha hecho gracia que me llamen de una aerolínea por teléfono para explicarme que mi vuelo ha cambiado,  ¿habrán llamado al pasaje completo, uno a uno?, me estaba preguntando, cuando he visto aparecer en el chat de gtalk a la becaria de recursos humanos que todavía no nos había dicho cómo íbamos a llegar desde Chandigarh a Sotla. Tras preguntarle me ha dicho que vayamos a la oficina de la propia aerolínea, les pidamos prestado el teléfono, intentemos contactar con algunos de los cinco números de contacto que me ha dado (el que conteste primero, ha dicho, vosotras insistid que pueden tardar un rato, y si los de la aerolínea se enfadan, ni caso), y luego alguna de esas cinco personas decidirá si viene a recogernos para llevarnos a la estación de autobús, o manda a otra persona para llevarnos a la estación, o manda un taxista que nos lleve a la estación, que a su vez explicará al autobusero quiénes somos y dónde tenemos que bajarnos, que no es Janauri, sino Dorsaka. Por si todo esto no fuera ya suficientemente incierto, una vez llegadas a Dorsaka puede que si alguien conoce a alguien que vaya de camino a Janauri nos hagan el favor de llevarnos a la casa, y si no, dormiremos con la familia de algún conocido de la ONG y ya llegaremos a Janauri mañana. Mientras Silvia, la becaria de HR, me explicaba todo esto, yo se lo iba retransmitiendo en directo (vía copypaste por gtalk) a Blanca, que se subía por las paredes porque la incertidumbre la mataba, y a mi me daba la risa floja. Ahora que estoy en la cama, pensando en que tengo una mochila hecha y me voy a ir por ahí sin rumbo nosecuantos meses, sola, y no me lo creo, no me lo creo, no me lo creo porque es algo que siempre he querido hacer pero nunca pensaba que fuera capaz de hacer, y es como encontrarme con una yo hipotética que siempre me ha parecido un reflejo de una yo auténtica que no me atrevía a ser pero ahora no sé si me da miedo o me emociona serlo, y me da un vértigo que nunca había sentido antes, pienso, no obstante, que Silvia, la becaria de HR, esta mañana me ha recordado por qué me meto yo en estos fregaos, para darle oportunidades a la vida de sorprenderme, cuando se ha despedido diciéndome esto:HR: i am looking forward to meet both of you soon  you arrive on lorhi festival   :)   you will see loats of bonfires14:13 ok you will be fine just know that i cannot write enough to exlain everything :)  HR: expect the unexpectedbut keep positivity flowing :) 

A ninguna parte.

El día de Nochevieja minutos antes de sentarme a la mesa tecleaba con la mano que no tenía escayolada un post larguísimo y tan confuso -probablemente debido, ahora que lo pienso, al estado de embriaguez en el que me encontraba casi sin ser consciente de ello- que al final no supe cómo concluir y decidí dejar sin publicar. Lo titulaba “una advertencia” y en él advertía a todo el que lo llegara a leer de que como me dijera que con el nuevo año cambiaría mi suerte le pensaba pegar con la escayola, porque en Octubre me di cuenta de que llevo toda mi vida deseando antes de tomarme la uva número doce algo tan simple como que el año que viene llegado este punto no volviera a echar la vista atrás y el desánimo me abatiera. Como me frustraba bastante la expectativa, había decidido simplemente no tomarme las uvas: me iría a Ámsterdam y haría una cuenta atrás y celebraría con semidesconocidos el año nuevo a poco más de una semana de mi marcha definitiva de Sevilla.Como ya expliqué en capítulos anteriores, Ámsterdam se convirtió hace ya dos meses en territorio vetado, lo cual me hacía prever las uvas con todavía más amargura, siendo extremadamente consciente de lo mucho que se me habían torcido las cosas desde que en Octubre, pensando que ya no podía más, había decidido fugarme de Sevilla durante tan señalada fecha. Me sentía como si un camión o dos me hubieran atropellado, con mi brazo roto, y borracha mucho antes de la hora de cenar sin haberlo pretendido: este último mes lo recuerdo ahora como una sucesión de horas emborronadas por el alcohol y el cansancio, de desconocidos en mi cama o yo en las suyas, de vacío, de vértigo. He hecho todo lo que he podido para perder la conciencia lo justo y necesario para llegar viva hasta aquí. No es el método más productivo para salir hacia adelante, pero lo único bueno que sí tiene es que el tiempo lo tengo a mi favor: es como echarse a dormir en verano para hacer tiempo, cuando los días se le terminan haciendo a una demasiado largos y demasiado tediosos.El caso es que me queda una semana para marcharme a la India, sin fecha de vuelta. Lo de hacer un doctorado en octubre de 2011 parece ahora más una quimera que otra cosa y de momento no tengo ningún plan al que aferrarme. Después de cuatro meses he aprendido -por las malas, desafortunadamente- que ni Sevilla es mi sitio, ni mi familia distinta. Y dejé a Pablo, y me dejó Rob, y no es por menospreciar a nadie - sé que tengo amigos cuando los necesito, todos me lo han demostrado estos días y con creces-, pero de pronto veo con más claridad que nunca lo solas que estamos todas las personas en el fondo. Yo recuerdo justo ahora el haber ido despojándome de ambiciones gradualmente a lo largo del último par de años, por eso de que el que no se ilusiona tampoco se decepciona. Sigo en esa otra orilla en la que me vi desde Charleroi rodeada de nieve. El problema es que me doy la vuelta y más allá del alivio inmediato que supone tener tierra firma por delante de nuevo -llamésmole la India-, no veo más que una tierra yerma, inhóspita y cubierta de senderos que no llevan a ninguna parte.

Volar ligera

Lo cierto es que últimamente escribo muchísimo, pero no lo publico aquí. No hacía nada parecido desde los catorce o quince años, ponerme a escribir en el dorso de un ticket de compra que he encontrado tras rebuscar en mi bolso como si mi supervivencia inmediata dependiese de ello en el autobús de vuelta a casa. Claro que yo creo que desde esa edad no me había encontrado así de mal y no había tenido a quien llamar para contárselo, o al menos para que me hiciera sentir mejor sin yo contárselo. Hace dos viernes estaba en un autobús en Londres y tuve que sacar un cuaderno y escribir esto, por ejemplo:

 

El retorno es siempre amargo
pero contigo la ciudad me duele:
están las esquinas llenas de tu sombra.
Donde sudando nos besamos
se hiela ahora la nieve.
Tú que has invadido la memoria
del asfalto que ahora piso
eres sin saberlo una plaga,
el humo negro, el veneno,
la mugre que corrompe las aceras,
y se pega a los cristales
y tiñe de plomo una ciudad
contaminada ahora del dolor
que tú has elaborado, inmenso,
que se aferra al aire
y se pega a las paredes
de un pulmón que ahora se ahoga
en la luz de la ciudad que tú has matado.

 

Es sólo un ejemplo.Claro que antes había escrito cosas mejores. Cuando en Bruselas estaba rodeada de nieve en el aeropuerto saqué un cuaderno, empecé a escribir, y prácticamente no lo solté en todas las horas que pasé en el hospital con mi hermano. Lástima que un ladrón decidiera colarse en mi casa y robar mi bolso, con el cuaderno dentro. Ahora me  gustaría escribir pero estoy muy cansada. Mi último post lo terminé deseando no verme nunca más rodeada de nieve en un aeropuerto y -oh, cosas de la vida- hace justo una semana me veía rodeada de nieve en Heathrow, atrapada en un Londres que estaba deseando abandonar tras cuatro días terribles, y con un brazo roto para más inri. Si no llega a ser porque Jorge y Rosa me acogieron en su dulce hogar, proporcionándome entretenimiento, cupcakes, amor y compañía, dudo mucho que hubiera sobrevivido a los cinco días de propina por cortesía de la nieve en la ciudad contaminada. Luego aterricé en Sevilla a la hora en la que las familias normales ya están celebrando la Nochebuena, me senté a la mesa con papá y hermano, y tras tres copas de cava mi hermano me preguntó si había visto “al holandés” en Londres, mi padre me preguntó que qué iba a hacer cuando volviera de la India-es decir, con mi vida en general-, luego volvió el silencio incómodo de tres que se sientan a la mesa casi por compromiso con las convenciones de los otros y les dije que lo sentía mucho pero que me iba a la cama antes del postre porque estaba cansada, tenía fiebre y me dolía excesivamente el brazo roto, y me eché a llorar sola en mi habitación antes de haber conseguido abrocharme con una mano todos los botones del pijama y meterme por fin en la cama.Ahora a día veintiséis tecleo esto con mucho trabajo ya que ayer me escayolaron el brazo desde la muñeca hasta encima del codo. Cuando buscaba otra cosa me he encontrado algo que escribí allá por agosto, que me ha recordado por qué decidí romper con todo y largarme lejos.  Me ha recordado a lo que escribí en el autobús en Londres hace una semana, y me ha hecho sentirme un poco mejor de alguna manera: si últimamente creía que nada tenía mucho sentido, ni irme por ahí siquiera, leerme a mí misma hace cuatro meses diciéndome a mí misma y a los demás “Paula, todo está mal, pero al menos te queda la huída” es una buena forma de motivarme frente a las semanas que me quedan antes de iniciar la gran evasión a la que me he encadenado. Ahí os lo dejo.

 

Yo sólo quiero volar, ligera,
y separada de todos.
Me pesa mi propio mapa,
la historia de este viaje,
el tener un horizonte.
Yo sólo quiero volar, ligera,
liberada de honores.
Soltaré el lastre del esfuerzo
sobre la arena tostada
bajo el agua destelleante
de sol, de risas,
desnuda me quiero, liviana:
descalza e inconsciente.
El trabajo de los días
de seguir sobreviviendo,
la coraza hecha de quieros
el bastón de los deseos:
a mi al final todo me pesa.
Yo sólo quiero volar, ligera,
y desprenderme de la tierra.

Mi viaje

Por primera vez en mi vida, la noche antes de salir de viaje no sentía el cosquilleo en el estómago que normalmente me ayuda a dormir de un tirón en el vuelo de ida al día siguiente. Será que el no tener rutinas que romper con el viaje o los innumerables vuelos de los que he sido pasajera hasta ahora han terminado por deslucir el brillo que cerrar una maleta antes de irme a dormir y repasar mentalmente si llevo todo lo que necesito antes tenía para mí. Será que estoy cansada, que llevo dos semanas sin parar, de madrugón en madrugón, de recado en recado, de deadline en deadline. Será que ya conozco los destinos y sólo voy a reencontrarme con viejos y nuevos amigos. Todo eso me dije. Sin embargo, en el primer momento de reflexión del viaje, ya en el tren, me asaltaron de nuevo la obviedad que había intentado maquillar con excusas: no hay nada que te haga sentir ese cosquilleo ya, Paula, ni siquiera el billete de ida -sin vuelta- hacia India que te compraste el sábado pasado. Pero no te preocupes, Paula, me dije: no te preocupes, que tú sabes que en cuanto te rías tres veces con los amigos a los que vas a reencontrarte se te pasa todo.

Era el segundo intento de viaje, que iniciaba más cansada todavía que el primero: el que se vio truncado por un hermano en el hospital, lo que me hizo reiniciar el viaje, tras cambiar tres vuelos, con el cansancio acumulado de cinco días de hospital. En el primer día de viaje, en Madrid, tras hablar en un congreso y que en el turno de réplica mi ponencia fuera la más criticada de todas, recibí con mucha decepción las notas del máster que no eran más que un folio en el que estaba escrito que mi esfuerzo no había servido para nada y que el programa de doctorado al que aspiraba acababa de cerrarme las puertas en las narices. Pero don’t panic, Paula, take it easy, me dije: tú disfruta de la compañía, del sol de Madrid, de que mañana cojerás un vuelo hacia Berlín y verás nieve y mercados de Navidad y tendrás cerca a alguien a quien puedes llamar una buena amiga desde hace ya unos años, y ya verás cómo te pasan cosas buenas.

Y aunque el miércoles en Berlín una chica saltó frente a un tranvía a dos metros de dónde yo estaba y tuve que presenciar el horror cuando se llevaban un cuerpo ensangrentado que no había conseguido morir pero cuyos dedos pasaron un buen rato buscando los operarios de la ambulancia entre los raíles,y no era capaz de sacudirme el desconcierto que me causaba la envidia que sentí al ver la expresión de paz de su rostro, yo me decía: Paula, no te preocupes, que te pasarán cosas buenas. Y fue bueno la nieve, y ver a Christin, y beber vino caliente; fue bueno aunque se me rompiera una muela y el frío doliera y la comida empezara de nuevo a negarse a ser digerida por el mismo estómago que no sintió ningún cosquilleo al empezar el viaje. Fue bueno y el viernes a las cuatro de la mañana cuando a temperaturas bajo cero esperaba a un tren que me llevara al aeropuerto para volar a Bruselas no se me imprimió en la frente la sonrisa tranquila de la muchacha que perdió los dedos en la vía al mirar las que yo tenía delante porque estaba hablando por teléfono con él, al que le decía que lo prefiero cuando ha bebido porque la voz se le vuelve todavía más ronca y es entonces cuando se atreve a decirme no sólo que todo saldrá bien y que tengo talento de sobra para cualquier doctorado, como me había dicho el martes, o que fuera a la pastelería turca de Oranienstrasse a probar los mejores pastelitos de coco de Berlín para así olvidar la sangre, el miércoles, o que yo al menos tenía dentista y no como él que se había quedado sin uno desde que lo dejó su novia, ya que era su padre quien le curaba a él las muelas rotas, y así yo me riera el jueves; cuando esperaba al tren rodeada de gente joven que volvía a casa sujetando botellines con las manos enguantadas, le decía que lo prefiero  con la voz oliéndole a cerveza porque es entonces cuando me dice que sin mi he feels like a heroinjunkie in the middle of a dessert, que he just wants to listen to my voice once again, y que no puede esperar a pasear conmigo por el bosque nevado con el que yo llevo soñando desde agosto  dentro de cinco días, y así llegaba mi tren y luego mi avión y en pocas horas estaba ya en Bruselas.

Así que de buen  humor aterricé en Bruselas y aunque al ver  la casa y la vida de mis cinco amigas en Ixelles y acordarme de mi casa y mi vida en Sevilla a las que volvería en una semana sintiera una puñalada en el costado le dije a Irene: Irene, llévame a dar una vuelta, que hace sol y aquí nunca se sabe, y luego dormiermos, y más tarde cenaremos, y luego beberemos, bailaremos, y nos reiremos como cuando estábamos todos en Londres. Y con esas nos fuimos y estando ya en una brasserie con una copa de Oporto y un chocolate caliente por delante me llegó el mensaje de mi padre diciendo que tu hermano en el hospital otra vez, pero no es grave, pero continúa con tu viaje, y como un resorte el mío salía hacia Amsterdam diciendo lo mismo, y esta vez no hubo llamada ni mensaje sino un silencio que duró horas seguido por una respuesta indiferente que me hizo beber de pura rabia y no cenar, y ducharme, y salir y no bailar, y quejarme a las cinco chicas, una tras otra, y decirles lo ridícula que me sentía  haciéndome ilusiones acerca de bosques y nieves y canales helados, y en mitad de la noche otra llamada de mi padre diciendo que a lo mejor sí que es grave y que ya lo han operado dos veces y yo sin comprender nada muy bien contestarle que en cuanto pudiera cogería un vuelo a Sevilla, y luego volver a entrar en un bar y hablar en francés con un desconocido y mirar el móvil cada diez segundos y sentirme sola y no entender qué hago yo en un bar de Bruselas hoy ni qué pinto yo en mi vida y decirle a alguien: llévame a casa que no entiendo nada y creo que hoy sí que tengo derecho a hundirme tan hondo como a mí me de la gana.

Y con esas amanecí el domingo, haciéndole la autopsia a mi móvil para descubrir cuántas veces no había hallado respuesta, llamando a mi padre para confirmar que lo que entendí la noche anterior era verdaderamente tan malo como sonó, y bajando las escaleras hasta la cocina en busca de un abrazo de alguna de las chicas que no me dio tiempo a recibir porque sonó el teléfono otra vez, esta vez él con la voz ronca del día después, y subir las escaleras hecha un rayo para meterme en la cama a recibir el abrazo hecho de ondas telefónicas que me correspondía. “Don’t panic, Paula, que todo va bien, ¿ves?”, me decía a mí misma mientras a él le decía “hold on, I’m going upstairs”, y sin saber cómo todavía en pocos minutos lo que las ondas telefónicas me estaban entregando era una puñalada en el lado izquierdo del pecho, a la altura de la cuarta costilla, que me dejó con el aliento helado y los ojos vidriosos cuando colgué mintiendo al decirle que claro, que entendía perfectamente que de pronto quererme le fuera imposible y que no tenía ningún sentido ya que continuara mi viaje hasta dónde él estaba.

Reservé un vuelo inmediatamente y tras un domingo de arrastrarme sin energías y un lunes de caminar horas y horas sin rumbo sobre la nieve para evitar pensar demasiado, el martes finalmente batallé con los veinte kilos de mi maleta que se deslizaban sin control sobre el hielo hasta llegar a un autobús en el que por fin lloré con la nariz pegada al cristal de la ventanilla, y luego llegué al aeropuerto, y me senté, y pensé un poco, y me di cuenta de que llevaba tres días sin comer, y escribí en una libreta que ahora ya no sólo es que tenga la sensación de haber llegado a un punto de no retorno en mi vida, sino de que he cruzado a otra orilla y estoy en otra vida que no sé qué me depara, y cerré la libreta y miré la nieve que me hacía daño sólo de verla, y los pasajeros a mi alrededor, y el monitor de los departures con todos sus destinos, y la tarjeta de embarque, y el duty free, y me dije a mí misma: Paula sé honesta contigo misma: viajar tampoco te hace ya ilusión, admítelo. Y me tuve que poner de nuevo los guantes y el gorro y la bufanda para esperar en la escalerilla del avión a poder embarcar finalmente, y con la torpeza de un dedo cubierto de lana borré su número de mi agenda justo antes de enseñarle el boarding pass a la azafata, sentarme junto a una ventanilla, cerrar los ojos y dormirme pensando que ojalá nunca más tenga que volver a ver la nieve desde un aeropuerto porque no sé si podré soportarlo.

Por curiosidad

De verdad, que yo abro esta ventana y no sé qué contaros. Terminé en Septiembre el máster y el plan establecido era que me fuera a vivir con Pablo a Madrid y a cursar un máster estupendísimo en el Reina Sofía durante este curso. Pero veía que se acercaba el momento y que no me apetecía, y que cada vez me daban más envidia aquellos compañeros que no tenían ningún plan más allá del 26 de agosto -que era el día que entregábamos la tesina- y estaba harta de estar insatisfecha con mi vida. Así que un domingo por la noche en The Haggerston intentaba aclarar qué hacer con mi futuro a gritos con tres o cuatro de mi clase, entre jazz y cervezas, me volvía a casa en un autobús que a duras penas flotaba en el mar de dudas en el que me hallaba sumida; en menos de veinticuatro horas dejé a Pablo y renuncié al máster, y en menos de setenta y dos había aceptado una beca para irme a la India a partir de enero. A partir de ahí mis días fueron una sucesión frenética de juergas, maratones en el gym y horas en la biblioteca a partes iguales, un viaje espontáneo a Ámsterdam y unos cuantos planes bienintecionados y optimistas para un Septiembre que se iba acercando mientras yo me encontraba cada vez peor sin tener muy claro si lo que había hecho me acercaba o me alejaba de un futuro mejor. De modo que ahora estoy aquí, en Sevilla, a dónde había decidido venirme a reencontrarme con mi padre y reconciliarme con la ciudad y conmigo misma, un poco perdida pero más bien orgullosa de cómo he sabido darle el “no, gracias” a la maravillosa oportunidad para hundirme en la miseria que ha sido el verme de nuevo en el punto de partida del que me fui huyendo, sin metas a corto plazo, sin ocupación, sin amigos, sin novio y con una familia que por mucho que cambien las cosas sigue siendo en el fondo igual de complicada de asimilar. Cuando pensaba que ya no podía más y había resuelto dejarme arrastrar por las circunstancias y darle el portazo a todas mis buenas intenciones y quedarme noche y día en cama como mínimo, alguien me recriminó que no fuera capaz de sostenerme por mí misma y por puro orgullo fui poniéndome en pie yo solita hasta llegar al aquí y al ahora desde el que os escribo. Estoy deseando largarme de Sevilla y no todos mis días son fáciles pero al menos estoy aquí, escribiéndoos. Esta vez he salido haciendo un esfuerzo consciente, por pura cabezonería, sin técnica ni planificación alguna. Y los días se suceden con una rutina más bien laxa que hace que de mediodía en adelante me preocupe más que nada rellenar una soledad que termina cuando me voy a la cama pensando que mañana será otro día. Es la misma idea que a mediados de este curso me hizo plantearme cómo hacen las personas para vivir tantos y tantos años, y a la que sigo sin encontrar respuesta porque, ¿cómo lo hacen, de verdad?.  La mayoría de los días están llenos de situaciones que no nos agradan, empezando por el madrugón de por la mañana, pasando por los problemas del trabajo o las preocupaciones de los estudios, y terminando por algo tan simple como tener que fregar los platos después de la cena. Lo más probable es que entre obligación y obligación no haya más que un relleno gris y anodino que desde luego no hace que vivir merezca la pena. No todos los días son un regalo, y de hecho, rara vez sucede algo que le haga a una vibrar de emoción. Y llegado a un cierto punto las metas a largo plazo desaparecen y las ambiciones se atenúan. La vida no es por lo general emocionante, se nos diga lo que se nos diga. Y habla una que defenderá siempre que lo importante no son los hechos en sí, sino el saber valorarlos en su justa medida, tanto los buenos como los malos.  Ahora mis días están repletos de esa materia gris y anodina y he aprendido a convivir con ella, y el futuro no me aterra y el presente no me angustia. Y a pesar de todo, me lo sigo preguntando, ahora más por curiosidad que por necesidad: ¿cómo hace la gente para vivir tantos madrugones sin decirse que ya basta y tirarlo todo por la borda antes o después?. Decidme, ¿cómo lo hacéis vosotros?

El alma seca.

No sé muy bien de qué va este blog. Si es acerca de las cosas que me pasan, de las que no me pasan, de las que siento o de las que escondo. Lo pienso un poco y me recuerda a la ventana que daba al patio interior del piso en el que vivía el último año de la carrera. Los vecinos a veces se asomaban a cara descubierta y charlaban a gritos unos con otros, otras bajaban la persiana hasta abajo para que nadie supiera qué era lo que pasaba en las habitaciones, y la mayoría se dejaban oír sin quererlo, proporcionando al resto de los habitantes del bloque informaciones sesgadas acerca de sus vidas. Yo a veces me escondía al vestirme, y otras pensaba que qué más daba, que aquel era mi cuarto, que qué menos que poder estar desnuda dentro si quería, que me daba igual lo que pensara el vecino del quinto y que si se sentía ofendido que no mirara. Este blog es algo parecido. Cuando empezó era totalmente público, superficial, casi puramente funcional, diría: en vez de escribir emails periódicos informando acerca de mi erasmus, iba a publicarlo en el web. Un recuento de actividades y anécdotas poco profundas, entretenimiento ligero que no me importaba compartir con los más conocidos.

Yo siempre he sido más bien pudorosa con lo que escribo. Nunca me ha gustado publicarlo. Cuando tenía siete años escribí mi primer poema expresando lo mucho que quería viajar en la libreta de clase de lengua del cole. Mi madre lo encontró , lo fotocopió y se lo mandó por correo a mi tío abuelo. Yo me enteré porque la oí hablando por teléfono con él y me sentí muy dolida por aquella invasión flagrante de mi intimidad. Arranqué el poema de aquel bloc rojo de hojas cuadriculadas, lo hice una pelota, y lo tiré a la basura. Para mí escribir hasta hace poco era algo casi fisiológico: me sentía mal, abría un documento de texto en el ordenador, escribía algo, cerraba el documento de texto sin guardarlo. O agarraba la primera hoja de papel que tuviera a mano, escribía, y la dejaba por ahí hasta que se terminaba perdiéndose.

La última vez que abrí el editor de texto de este blog estaba en Ámsterdam, sentada en un salón inmenso y vacío, con una taza de té que se enfriaba a tiempo récord. Se acababa de morir Jose Luis Brea y yo intentaba ponerle palabras a cómo me sentía, hablando sobre la luz blanca que entraba en la habitación y que me recordaba a los cuadros de Vermeer y sobre la lluvia fría que con fuerza golpeaba los ventanales anunciando que el otoño estaba llegando. Pero sobre Jose Luis no escribía nada, y no porque no encontrara las palabras, sino porque no encontraba los sentimientos. Poco menos de un par de meses antes había muerto también Al, y me había pasado lo mismo. He llorado una vez en ocho meses y hace unas pocas semanas decidí darle un giro de ciento ochenta grados a mi vida y aunque he sentido la necesidad de venir aquí a contarlo no lo he hecho porque de nuevo, no tengo ni idea acerca de cómo me siento al respecto.

Para escribir no hacen falta ni herramientas ni condiciones especiales: sólo se necesita un alma empapada de sentimientos. Ahora mismo soy un cirujano de mano temblorosa que tiene que operar con un bisturí poco afilado. A veces pienso que sería probablemente más efectivo cortar de un tijeretazo limpio aunque tosco que tratar de dibujar una línea finísima cosida a demasiadas dentelladas imprecisas. No sé si porque tengo el alma seca del todo o porque está demasiado llena de cosas tan grandes que sólo pueden contarse a gritos por el patio de luces, mirando a la cara del vecino, porque oídas de casualidad a través de las cortinas corridas -que es como suelo escribiros yo aquí- no habría manera de explicarlas.

La foto

 

Hoy me despierto pensando en mi madre un poco. Me acuerdo de una fotografía que me hizo Marta cuando en segundo de carrera vino a Madrid y de allí fuimos a pasar un día a Burriana, y que le envié a mi padre por e-mail porque sabía que a mi madre le iba a hacer ilusión. Cuando volví a casa al cabo del tiempo, la fotografía estaba ampliada, impresa y enmarcada, expuesta sobre el aparador de la entrada. Mi madre nunca hacía cosas así, y me llevó a que la viera y me explicó que aunque no habláramos a menudo pasaba todos los días delante de la foto y la miraba “y le daba cosita”, me explicó llevándose dos dedos al estómago y sonriendo. Ahora me doy cuenta de la ilusión que me hace esa foto cada vez que paso por delante de ella.

Estiro un poco el brazo y agarro la única fotografía enmarcada que llevo siempre conmigo allá dónde me mude. Somos mi padre y yo, sentados en la caseta de feria, cuando yo tenía unos 10 años-tal vez más, tal vez menos- no sabría decir. Mi padre gesticula muy expresivamente con ambas manos levantadas, los dos tenemos la boca abierta y una sonrisa amplia y estamos indicando algo con insistencia a quien hiciera la foto. Yo juraría que la autora es mi madre, y que le estábamos pidiendo que no volviera a poner el dedo delante del objetivo, aunque si me paro a pensarlo bien, podría haber sido mi hermano también. Me acuerdo un poco de ese día, era martes casi seguro porque era la comida que el estudio de mi padre organizaba cada año en la caseta. Él lleva una chaqueta de pelo de camello que todavía usa a veces, y yo un traje de gitana que me hizo a medida una modista a la que mi madre me llevó por primera vez ese año y a la que volveríamos varias veces desde entonces. Era de las pocas actividades en las que mi madre hacía bien de madre y yo hacía bien de hija: ir a casa de la modista, sentarnos al calor de la mesa camilla y pensar el vestido, charlando un poco acerca de todo. Sólo dio tiempo a que me hiciera dos vestidos más, no obstante.

Hace poco alguien que me conoce poco me dijo: “You really love your dad, don’t you?”, mirando a la foto, y yo sé que lo decía por eso, pero también porque de lo poco que le he contado sobre mí se puede adivinar la devoción que siento hacia mi padre. Nunca se lo he dicho, pero es el hombre de mi vida y yo atesoro recuerdos muy especiales del poco tiempo que hemos pasado juntos. Desde pequeña he jugado con el reloj que mi madre le regaló cuando se prometieron -que, sorprendentemente, no lleva puesto en la foto- y el año pasado me dijo que se iba a comprar otro reloj para que mi hermano heredara el nuevo y yo ese, que sabe que me gusta. Me alegré, hasta que ahora mirando la foto me he dado cuenta de que no quiero tener que ponerme nunca ese reloj: prefiero que sea mi padre quien pueda seguir llevándolo muchísimos años más.

No tengo ninguna foto de mi madre. En la cartera llevo dos fotos suyas de carnet por las que la gente que acabo de conocer me pregunta cuando las ve y reacciona sorprendida al saber que mi madre era rubia. Nunca he llevado una foto de las dos enmarcada, como con mi padre, entre otras cosas porque las pocas que tengo no me traen muy buenos recuerdos. Nuestra relación era más bien agridulce, eso no hace falta que lo explique. Sin embargo, si observo la foto con mi padre puedo ver claramente a mi madre con un traje de chaqueta de color crema, oliendo a algún perfume demasiado intenso para el calor que hacía ese día y con el pelo ahuecado como se lo arreglaba para las ocasiones importantes. Miro mi vestido también, y está su huella inconfundible: el blanco impoluto, los volantes impecables que planchó en bata durante horas, sudando al vapor de la plancha, mi pelo tirante y las flores colocadas con maestría. Probablemente nos gritamos e incluso lloré de rabia mientras me las colocaba -era la tradición anual, pelearnos con furia por cuál debía ser la posición exacta de las flores en mi pelo-, y probablemente aquel día yo odié cómo lucían y le puse mala cara a mi madre todas y cada una de las quinientas veces que vino a decirme lo guapa que estaba, lo perfectamente planchado que llevaba el traje, que iba hecha una paloma, que una vez más había vuelto a acertar (porque el mérito de vestirme de flamenca siempre era suyo), y que en toda la feria de Sevilla no había otra como yo y que la gente se me quedaba mirando y los amigos de mi padre no paraban de decírselo. Siempre me había sentido un poco culpable por no llevar ninguna fotografía suya y sin embargo pararme a mirar esta con mi padre cada vez que tengo un mal día. Sin embargo ahora me miro a mí en esa foto y entiendo que es un retrato de los tres. Aunque hasta hace poco me lamentara de que, como siempre, tuviera que amargarme el día por una nimiedad como las flores que tenía que llevar en el pelo o la posición exacta del mantoncillo, ahora miro la foto y reconozco que, a pesar de mi disgusto, hizo un buen trabajo. No tengo esa sensación muy a menudo respecto a mi madre -de hecho diría que es la primera vez que la tengo-, pero me gustaría mucho repasar algún otro recuerdo y volver a tenerla. De momento me quedo con la foto del día de feria, con mi padre y yo exclamando algo mientras nos reímos, y aunque no lo sepa con certeza, con mi madre y su traje de chaqueta de color vainilla ignorando nuestras indicaciones una vez más, para desesperación nuestra.

Salad.

I’m sitting on my bed and eating salad from a big bowl and listening to Kings of Convenience. That’s all I’m doing. Staring at the stained white wall and enjoying the sound of music, I think about writing this: I couldn’t say why, but lately I write in English. Probably it’s the inability to build complex sentences what makes me feel like it is a more appropriate language for me at the moment. It is just like sitting on my bed after taking a shower and eating. It’s grey and windy and drizzling outside and I don’t even particularly enjoy sitting here, but it is all I have right now, and I do it and it’s just fine. I don’t need to enjoy things at their most and I don’t need complex sentences and redundant vocabulary to express that. It is just sheer life in the plain sense. No ornaments, no strong feelings. Just like Kings of Convenience, they don’t use anything but a couple of guitars, a couple of voices. And it’s still nice. And nice is more than enough, nice is wonderful. Just like a good, raw, sweet, tangy tomato: it doesn’t need anything else. And you might enjoy it intensely or you might as well simply eat it and focus on something else. Or just eat it without even noticing and not focusing on anything else. My mind is not drifting and is not blank. I am just sitting and eating and staring at the wall and feeling fine. And that is probably all I’ve been looking for lately, so why ask for more.

Dissertation

Moreover, the mitsein is not merely a relationship of awareness, but instead of fundamental engagement with the other, as much as “Dasein’s capacity to lose or find itself as an individual always determines, and is determined by, the way in which Dasein understands and conducts is relations with Others.” (Mulhall,1996:67). Mitsein is, thus, a rather proactive idea as it implies not a clear-cut parallel coexistence of the self and its fundamental other, but instead a sort of entangled being-together in which the limits between the self and the other appear to be the sharper the vaguer.  “

No estoy muy segura de si cuando escribes algo asi y no solo te parece coherente, sino que resulta que lo de “the sharper the vaguer” te gusta tanto que te planteas cambiarle el titulo a tu tesina para llamarla asi significa que te lo estas tomando demasiado en serio o demasiado a cachondeo.

Londres

Son casi las seis de la mañana y llovizna en Londres. El pavimento es un espejo sobre el que resuenan mis tacones con cada paso. Camino sobre los altísimos edificios de la city de vuelta a casa. La ciudad está desierta y en la primera media hora de camino sólo me cruzo con un señor mayor en manga corta que sostiene un paraguas con sus manos vestidas con guantes turquesa. Se sorprende al verme, estoy segura de que es su ruta habitual y no acostumbra a cruzarse con nadie a esas horas y por esas calles.En mi cabeza suena Disarm, de los Smashing Pumpkins. Hemos pasado horas en casa de Steindor escuchando a The Velvet Underground, bebiendo cerveza y hablando un poco sobre todo y sobre nada a la vez. Se nos ha hecho de día y una brisa agradable y fresca entraba por la ventana, junto a la que estaba sentada. Cuando una conversación empezaba a agonizar cerraba los ojos y disfrutaba del silencio, del olor a hierba mojada, de la música. Me he acordado de Disarm y la he puesto a sonar. De pronto todos nos hemos callado y hemos empezado a cantarla en voz baja, yo al menos me la cantaba a mí misma. “The killer in me is the killer in you.” Cuando he empezado a sentir que estaba con viejos amigos a los que hacía años que no veía y a los que probablemente no volvería a ver nunca, le he dado un beso a cada uno y me he marchado antes de que la nostalgia se apoderara de mí por completo. Luego he caminado hasta mi casa durante una hora, con mis pasos resonando en la ciudad dormida y Disarm sin parar de sonar en mi cabeza demasiado despierta.

Aburrimiento

Tras un breve paseo por los blogs de unos y otros, perfectos conocidos y desconocidos -todo sea con tal de no escribir la tesina- caigo en la cuenta de algo tan evidente que me dan ganas de palmotearme la frente y decirme a mí misma, aquí en la biblioteca, delante de todos: ¡¿y ahora te das cuenta, espabilá?! “La gente se aburre hasta el tedio en verano”. Una obviedad como una catedral, se empeñen en decir lo contrario los anuncios de cerveza. Que sí, que en verano hay buen rollito, terracitas, amiguitos, ligues de verano, bailoteo, viajecitos, playa, sol y todo lo que vosotros queráis, Estrella Damm, pero la verdad es que para la mayoría el verano es un auténtico rollo la mayoría del tiempo.

Habla una que teniendo suficiente tiempo libre a lo largo del curso ha disfrutado de entre tres y cuatro meses de vacaciones, con cero preocupaciones, durante los últimos cinco veranos. Que no me quejo, que conste, pero aburrirme me he aburrido un rato. Y este año no tengo vacaciones propiamente dichas (que sí, que no tengo clase, pero aunque no haga nada no me quito la tesina de la cabeza), y aunque probablemente sea el que más las necesite casi que me alegro de que se vean reducidas a menos de un mes y en Septiembre. Yo leo los blogs de unos y de otros y todos los que escriben se aburren mucho. Claro que si estás disfrutando del verano, propiamente dicho, abandonas el blog y ya lo contarás cuando te aburras de nuevo. En verano hace calor y las rutinas se paran, y la gente está fuera de lugar. Los que han trabajado duro y tienen pocas vacaciones se pasan la mayor parte del tiempo en un estado semi-comatoso, tratando de reunir fuerzas para volver a gastarlas en los siguientes once meses, y los que han trabajado más bien poco se amoldan a una rutina de no hacer nada todavía más incómoda si cabe, sin saber en qué emplear las energías acumuladas.

Para mí los veranos, que se suelen extender de junio a octubre, suelen consistir en un 30% de aburrimiento insoportable que me consume tumbada en un sofá -el que sea-, un 30% de aventura inolvidable en algún punto de la geografía mundial -el que sea- y un 10% de lo que las marcas de cerveza nos venden como verano arquetípico. El otro 30% (y esto lo he calculado tirando por lo bajo) me lo paso durmiendo tanto de día como de noche, de manera premeditada, con tal de acortar el tiempo que estoy despierta y así mermar el sufrimiento que supone cada día de reclusión forzada (huyendo del calor) y consiguiente aburrimiento inevitable.

Este año mi verano, como quien dice, ha durado dos semanas. Ahora estoy en Londres, donde casi me alegro de que mi rutina de los últimos cinco años se vea modificada y convertida en un 40% de trabajo, un 25% de sueño, un 15% de actividad física y un 10% de actividades recreativas (sociales o no). Me quejaré mucho sobre mi tesina, sobre no tener vacaciones, sobre que en Londres hace mal tiempo y sobre que aquí las sandías no saben a nada y encima tengo que fregarme yo los platos. Pero al menos no voy a aburrirme y a venir aquí a contároslo. No sé cómo no había caído antes, de veras. El verano es un rollo, os lo dice una con experiencia. Y quien no se consuela es porque no quiere.

Impresiones

Son las dos de la madrugada y vuelvo a casa conduciendo en una noche calurosa que por fin empieza a refrescar. Las calles están desiertas, las ruedas de mi coche parecen deslizarse más suavemente de lo normal por el asfalto liso, casi líquido. Muy ocasionalmente me cruzo con algún otro vehículo que no es más que dos puntos luminosos en la distancia que me sobrepasan en silencio, como  extraños fantasmas. Sólo los puedo ver yo, pienso. Uno de ellos levanta polvo a su paso y cuando ya nos hemos cruzado reparo en que se trataba de un camión gigantesco. Apenas hay ruido. Una señora mayor explica en voz muy baja en la radio que viene de escuchar a Serrat en un concierto, y las voces que salen de la radio se cuelan en el coche también como espíritus que existen sólo para mí en ese momento. Llego a mi urbanización de calles completamente vacías. Bajo el volumen de la radio hasta que se vuelve casi imperceptible. Levanto el pie del acelerador hasta dejar que el coche prácticamente se detenga. Ante mí hay una rotonda y si no giro el volante me estrellaré contra ella. Probablemente no sea más que un golpecito, ya que el coche está casi quieto ya. Giro el volante en el último momento, aunque sin brusquedad, justo cuando oigo a mi padre preguntarme por el parachoques destrozado: mejor ahorrarse explicaciones. Hay gatos que se cruzan en mi camino, y cuando ya me acerco a casa miro hacia la izquierda en la perpendicular a mi calle: está extraordinariamente oscura. Tan oscura que me impresiona. Me acuerdo de cuando escribía poesía: le escribiría un poema a esa calle oscura que es sólo un agujero entre los árboles preñados de hojas plateadas en la noche. No parece que exista nada más allá de esa calle: de pronto el fin del mundo está justo al lado de la casa en la que me crié.

Verano

Cuando sale el Sol, Londres parece otra ciudad. En los últimos días he paseado por Marylebone, he jugado al frisbee Regent’s Park, he comido sushi en St. James’ Park, he disfrutado de las vistas nocturnas desde el jardín de la azotea de uno de los clubes más exclusivos de Mayfair y he probado quesadillas a la brasa regadas con Pimm’s con limonada y rodajas de pepino en una multitudinaria barbacoa en un calurosísimo domingo en Victoria Park. La buena vida durante unos pocos días, una pequeña cura para el alma.Hoy se me ha cerrado la última puerta a la que había llamado pidiendo oportunidades de cara al curso que viene. Aunque estoy bastante decepcionada, no voy a negarlo, creo que me lo tomaré como una señal. Estos pocos días de descanso han sido un prisma desde el que ver el mundo de otra manera, como hacía mucho que no lo miraba. A lo mejor esta falta de planes es una buena oportunidad para seguir haciendo lo mismo. Poco a poco he ido dejando de tomarme en serio la vida. Y es ahora, con esta ligereza, con esta despreocupación, cuando más fácil se me hace no tomar ninguna decisión respecto a nada. No sé si esto es una liberación o una condena. El tiempo dirá.

Quemando cartuchos.

Ya ha llegado ese momento del año. Se acaba el curso. Otra vez. Vengo de reencontrarme en Madrid y Barcelona con gente a la que hacia mucho que no veia. Cuando me preguntan que que tal este año, casi siempre miento. Digo que bien, que muy exigente, que muy ocupada. No estoy contradiciendo a la verdad exactamente, pero esa descripcion es una mentira piadosa (conmigo). No encuentro las palabras para describir este año. Si fuera totalmente sincera tendria que responder que oscuridad, que soledad, que tristeza, que desilusion. Me sobrarian los verbos en un año en el que he estado mas vacia que nunca. Podria decir lluvia, aburrimiento, angustia, hastio, alienacion. Podria decir libros, dolores de cabeza, hambre, nauseas, frustracion. Decir que bien, que trabajando mucho, que muy ocupada, es para mi una mentira. Tengo la impresion de que este año nunca ha pasado: todos los dias iguales, he estado sedada, semiinconsciente. Y ha habido dias y dias, evidentemente. No estoy negando alguna risa, alguna anecdota. Pero ahora cuando miro hacia atras son solo imperfecciones que se disuelven en un perfecto nihilismo. Ha sido un año de todo y de nada. Metafisica pura, que diria Heidegger. Ha sido el año en el que he convivido con la nada.

Nada me parece real ahora. Hubo un momento en el que todo cambio, algo hizo click y las cosas empezaron a funcionar de otra manera. Salio el sol, se termino el curso, ya no vivia en un agujero. Por delante me quedaban los examenes -un mero tramite- y todo el verano a disfrutar en Londres, escribiendo la tesina. Cuando ya me he despertado miro hacia adelante, y veo tres cosas. Primero, que en Londres el verano no existe. Segundo, que Londres esta perdiendo todo su brillo. De pronto ayer caminaba hacia el gimnasio y me daba cuenta de que Inglaterra no tiene nada que ver con Espana. Tercero, que el verano es demasiado corto. Como he ido explicando durante todo el curso, lo que viene despues del verano es pura incertidumbre. Y no se si no me importa en absoluto o es que me preocupa demasiado.

Se acaba el curso y mando a casa por correo el paquete de rigor con todo lo que me sobrara en el ultimo vuelo. Reminiscencias de todas las veces que he hecho eso ya: he vivido en seis sitios distintos en los ultimos cinco años. Me he ido despojando de tantas cosas a lo largo del tiempo que ahora que no tengo patria empiezo a echarla de menos. Siento que esta vez estoy haciendo las maletas en serio. Antes hacia y deshacia maletas con alegria, todo tenia caracter temporal en mi vida y daba gracias por ello. Ahora no lo hago con una incertidumbre alegre e ingenua, como todas las otras veces. Ahora cierro tras de mi una puerta y no se ni a donde me lleva. Nos hacemos mayores y se nos terminan las oportunidades, le decia a Albert el otro dia. Elegir nunca ha sido lo mio, esta claro.

Update

Bueno, ya era hora de que pasara a saludar por aquí. He estado muy (des)ocupada y por eso no escribía. Un update así en general, para que sepáis cómo me va la vida (si es que os interesa). Es largo así que podéis dosificarlo en varias lecturas, que a mí me da pereza hacerlo en varios posts:- Montaña rusa: Montaña rusa emocional.  Up and down and up and down and up, y así sucesivamente. Me imagino que la medicación, el London weather (de sol a granizo en menos de 30 segundos, de las sandalias al jersey en menos de 12 horas), el tiempo libre, los exámenes, y otras novedades que vendrán después tienen bastante que ver. Parece que no, pero esto de la inestabilidad cansa y absorbe mucho, mucho tiempo.- Mudanza: Me mudé. Estando en Sevilla por primera vez en mi vida no quería volver. En Sevilla hacía Sol, la comida estaba rica, disfrutaba de la compañía de mi papá y no tenía nada que hacer. Lo mismo de siempre, pero esta vez además lo disfrutaba en lugar de angustiarme temiendo la muerte por aburrimiento. Cuando volví a Londres, de camino del metro a mi habitación, pensé: “bueno, esto tampoco está tan mal. No hace tan mal tiempo. Aquí puedes comer sushi a diario. Londres es bonito y te encanta.” Y luego entré en mi habitación de mierda, sin luz del día, con su microbaño de plástico blanco, la moqueta sucia y vieja, la maravillosa vista al muro de ladrillo y la mierda de paloma y los ruidos y vibraciones del metro, el ventilador industrial del edificio de al lado y las lavadoras situadas justo debajo y me entraron ganas de suicidarme. En dos semanas estoy fuera de aquí, me dije. Y en dos semanas me había mudado. Vivo en el cuarto más grande y más bonito en el que he vivido nunca. Tengo un colchón doble de latex y una tele de plasma para mí solita. La pared de detrás de mi habitación es un ventanal que da a mi terraza privada. Me duermo viendo pelis bonitas y me despierto con la luz del sol. Vivo con dos estudiantes de arte dramático increíblemente limpios (siempre dentro de los estándares ingleses, eso sí) y responsables para ser su primer año fuera de casa. Y todo a menos de 15 minutos a pie de la universidad. Aunque todo tiene un precio, claro.- Exámenes: La motivación me asaltó, finalmente, hará unas cinco o seis horas. Me desperté en mitad de la noche y pensé: “Paula, llevas dos meses de vacaciones. Tienes exámenes en diez días. Nada de lo que has hecho durante el curso estará en tus notas finales. Te parecen fáciles estos exámenes pero precisamente por eso deberías intentar hacerlo mejor. Ponte a estudiar.” Así que ahora aunque sean ya las 14.42 y esté en mi terraza tomando el sol juro que no pienso salir hoy de la biblioteca hasta que haya terminado el ensayo sobre el rol de la tradición en Popper y Oakeshott que he reescrito ya dos veces. Y mañana me pongo con historia (aka la peor elección de mi vida so far) Palabra.- Películas: como tengo una tele de plasma y la anterior ocupante fue tan amable de dejarme la mitad de sus dvd’s veo muchas pelis (y también me he vuelto adicta  QI de Stephen Fry). Gomorrah ha sido la primera peli en muchísimo tiempo que no he sido capaz de terminar, vaya aburrimiento. No Country for Old Men, buenísima. Bravo. Ya estaba perdiendo mi fe en el cine cuando la vi. Sin palabras, una obra maestra. Juno, divertida y sin pretensiones, cumple lo que promete. Ellen Page genial, personajes bonitos, aunque  la estética es asquerosamente indie y me echa un poco para atrás, por ponerle algún pero. The Reader: ¿de verdad era necesario hablar en inglés con acento alemán? Lo siento pero así no me tomo nada en serio, por muy buena que sea Kate Winslet y muy bueno que esté el prota, y muy cuidada que esté la fotografía. Lo mejor es la historia pero es una adaptación, y además sospecho que mala. Me gustó a pesar de todo. Into the Wild: estuve toda la película pensando “Sean Penn, no te flipes, que nadie tiene el valor de hacer una cosa así…” y al final me entero de que es una historia real, y no pude dormir. Lo que nos lleva al siguiente apartado.- Futuro: después de una marcadísima crisis existencial en la que decidí tomarme un año de vacío y luego rectifiqué abriendo cuatrocientos frentes sin tener mucha preferencia por uno o por otro, ya van llegándome las negativas. Pedí un doctorado (con muy poca seriedad, todo hay que decirlo) y me han rechazado. Pedí varios trabajos y en todos me han dicho que no. Me quedan tres o cuatro opciones más, irresolutas aún, de las que prefiero no hablar por ahora. Pero en general viendo pelis como Into the Wild, leyendo novelas como On the Road o The Graduate cada vez tengo más claro que en realidad no tengo ni idea de qué es lo que quiero hacer con mi vida, y que además eso importa poco. Ya me saldrá algo, de momento no tengo prisa. Me toca descansar, creo. Eso sí, primero a estudiar, que ya he dado mi palabra.