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Hace un par de años leí “Nieve”, de Orhan Pamuk, y todo el que haya charlado conmigo sobre libros desde entonces sabrá que me encantó. La novela, autobiográfica, explica el regreso del escritor turco a Kars, el pueblo donde vivió su infancia, y, entre otras cosas, los procesos internos que llevan a generar obra literaria. Me llamó mucho la atención cómo durante toda la novela articula su creación en torno a un meticuloso sistema que parece inducir la literatura. A mí ni se me ocurriría ponerme a la altura de alguien como Pamuk, pero como persona que escribe he de confesar que me resultó muy llamativo el proceso. Desde que pasé el ecuador de la adolescencia -porque creo que lo he pasado, aunque eso me imagino que dentro de unos años empezaré a cuestionarlo, también- desheché la idea del genio creador. Recuerdo haber escrito mi primer poema con ocho años, de forma clandestina, en un bloc rojo de hojas a cuadros azules, expresando lo mucho que deseaba viajar por el mundo. Al parecer mi madre tenía por costumbre leer mis cuadernos sin que yo lo supiera, y me enteré de ello cuando la oí hablando por teléfono con mi tío abuelo, comentándole que le había enviado una fotocopia del poema en cuestión, para que lo leyera.Para mí aquello constituyó un brutal ataque hacia mi intimidad y ni siquiera me molesté en pedirle explicaciones a mi madre: cogí el bloc en cuestión, arranqué la hoja del poema, y la tiré a la basura.

Aquel poema- probablemente de pésima calidad- había surgido de forma espontánea, lo había escrito igual que hacía dibujos o figuritas de masa de pan: para entretenerme. No obstante, si bien es cierto que con los dibujos y las figuritas corría siempre a enseñarlas a mis padres, en busca de cumplidos, con aquel poema decidí hacer todo lo contrario, me imagino que por un sentimiento de pudor que todavía no sé de dónde me viene: aquel poema ponía al descubierto de forma explícita una parte de mí que no quería que fuera descubierta por otros. Así, desde los ocho años todo lo que escribí -que no fue poco- lo fui destruyendo  con la misma compulsión que lo escribía, de manera casi inmediata. Si alguno me parecía lo suficientemente bueno como para salvarlo lo guardaba, aunque probablemente a las pocas semanas lo encontraba, lo leía de nuevo y me avergonzaba tanto que lo rompía en pequeños trocitos, como todos los demás.

A los quince años la escritura se había convertido para mí en algo serio. Quería escribir novelas, pero no era capaz, sólo podía con la poesía. Y mi poesía era mala. Cuando empecé la universidad dejé de destruir lo que escribía e incluso me atreví a publicar algo, pero siempre he sabido fehacientemente que la calidad de mi poesía deja mucho que desear. El año pasado en Londres escribí dos poemas, y este año, en noviembre, escribí el que me imagino que será el último para mí. Se acabó. Recuerdo mi infancia como un periodo de angustiosa incomprensión-no entendía nada, y nadie me entendía, con lo que no podía pedir explicaciones. Recuerdo haber sido niña y luego infeliz.  Mi adolescencia, como todas, me imagino, fue muy tormentosa, quizás algo más de lo normal dada la propensión de mi familia a convertirse en un entorno problemático. Y de toda esa insatisfacción nacía esa escritura como una katarsis necesaria. Luego desheché la idea del genio escritor atormentado que sólo bebe del sufrimiento y empecé a volverme más reflexiva en mi escritura, pero sigo sin releer lo que escribo, nunca jamás corrijo nada: no tengo filtros, como termina Orhan Pamuk en Kars. Él lleva varios años sin poder escribir en la novela y no es sino hasta el final cuando tras una serie de acontecimientos, desbordado por las emociones, se sienta en mitad de la nieve y empieza a escribir “como si alguien le dictase las palabras”. El poeta al final da al traste con su método y se rinde ante la inspiración que le desborda. En aquel momento, cuando leí la novela, hace un par de años, sonreí y pensé: “bueno, no todo está perdido”. Pero ahora empiezo a darme cuenta de que la escritura era sólo eso, una fase más de la adolescencia, fruto de la inmadurez y la montaña rusa de emociones del periodo. Ahora ya no escribo. Nada. Hasta venir aquí y dejar estas líneas emborronadas y aburridas me cuesta trabajo. No sufro con la intensidad de antes, ni tampoco me pillan las musas desprevenida de madrugada, no me vuelvo a casa repitiendo mentalmente cuatro versos que me han asaltado en el autobús para retenerlos hasta que consiga un bolígrafo, por si se me escapan. No voy a ser escritora, mucho me temo, y es una pena, porque ese sueño había sido la única constante en mi vida desde el poema en el bloc a cuadros hasta hace un par de entradas de esta bitácora.

Adiós

Sí, sigo viva, queridos lectores -si es que queda alguno- y me disculpo por mi prolongada ausencia. He estado muy ocupada perdiendo el tiempo durante el último mes. Ahora que tengo que recoger para marcharme, y que no hay tiempo que perder, vuelvo a escribir aquí.

He dicho adiós muchas veces en los últimos años, ahora me doy cuenta, tal vez demasiadas. Estoy rodeada de polvo y de bolsas de basura, vaciando a contrarreloj la casa que concebí como un segundo hogar y que se ha convertido en un albergue provisional, en el que sin embargo, y para variar un poco, he ido acumulando más objetos de los necesarios- muchos, muchos más, de hecho. Se me hacen lejanos y extraños los días de invierno en los que venía a aquí a resguardarme del frío, de noche ya, a la luz amarillenta y tenue del salón, a la cocina limpia y vacía, al silencio de una casa que se me ha hecho deshabitada durante todo el curso. Lo asocio inevitablemente a mi residencia en Londres, el año pasado, con su moqueta sucia y vieja y el pequeño radiador que encendía nada más entrar cada tarde, a la funda de edredón tan horrible y la mesa superpoblada, de nuevo, de objetos innecesarios. Getafe y el sofá, cenando con David, Luís asomándose desde la planta de arriba cada poco y Alberto entrando por la puerta casi de madrugada me parecen ciertamente hechos de otra vida que ya no regresará nunca.

He dicho adiós demasiadas veces, me temo, y también que con veintidós años afirmar esto tal vez suene pretencioso. Recojo para volver a Sevilla a una casa que desde que la dejara mi madre para no volver ha entrado en una fase de transformación radical. La semana pasada pisé por primera vez la cocina nueva y al día siguiente fui a llevarle flores a mi madre: me disculpé tácitamente en mi nombre y en el de mi padre por haber borrado a golpe de pico y martillo su impronta en nuestras vidas. La cocina era su reino,  y había quedado hecha un desastre, como casi todo lo que tocaba. Cuando heredé sus bolsos decidí no limpiarlos por dentro y a medida que los uso voy descubriendo fotografías de carnet de mi hermano hecho casi un bebé, puñados de tickets arrugados con los precios en pesetas, un recibo de la óptica para recoger unas gafas en el año 92, su pasaporte del año 79, con una fotografía de carnet en blanco y negro, grapada a la cartulina amarillenta. En la cocina no había restos de ese tipo, pero porque la huella que había dejado en ella era imposible de deshechar como podría hacerse con todo el contenido de los bolsos. La vieja campana ruidosa que siempre se dejaba encendida; las sillas de madera vieja en las que se sentaba a fumar, sola, pensativa, a veces hablando sola, mientras mi padre veía la tele en el saló; el mármol en el que taconeaba practicando lo aprendido en clases de sevillanas hace más de una década; la despensa caótica, llena de botes de judías a medio terminar; los muebles bajos de puertas amarillentas que siempre usaba para contarme que, cuando llegamos a esa casa, los rizos apenas me llegaban a los pomos dorados colocados a la altura de mi actual rodilla. A veces pienso que mi padre lo está cambiando todo no porque sea necesario y no valore en absoluto los recuerdos materiales, sino por todo lo contrario: porque, como me sucede a mí, se le hace insoportablemente doloroso tener que tumbarse en el mismo sofá en el que ella empezó a dormitar cuando la enfermedad la consumía o cocinar en los mismos fuegos en los que ella se encendía a escondidas los últimos cigarrillos.

En cualquier caso, Sevilla es sólo otra estación en este viaje que no se detiene y no sé a dónde me está llevando. El año que viene diré otra vez hola a Londres, y me reencontraré con muchas de las cosas de las que ya me había despedido, y no sé si estoy alegre o cansada de tanto hacer y deshacer maletas, y ya estoy intentando dilucidar dónde me gustaría estar al año próximo. A veces siento que mis ambiciones y mis deseos no se corresponden en absoluto y que si hiciera caso a los segundos probablemente me quedaría pegada a Papá, a mi perrito y a las comodidades de un hogar que es extrañamente ahora cuando más disfruto, pero que es gracias a las primeras que nunca tomo una decisión como esa y no termino desencantada y deprimida, sumergida en la parálisis inmanente a todo lo que voy dejando detrás, de una forma u otra.

Es la edad, me decía Luís hace tiempo, lo que ahora hace que nos sorprendamos a nosotros mismos buscando la acera soleada cuando antes celebrábamos la lluvia, y espero que sea esa misma edad la que termine de explicarme quién soy y por qué hago lo que hago, independientemente de qué me gustaría ser o hacer en el futuro, que ha sido, ahora me doy cuenta, mi único motor existencial hasta ahora. Empezar a vivir el presente de una vez por todas, tirar por la borda las pretensiones y los sueños, es, me temo,una declaración en toda regla de la conscienca adquirida de la finitud del tiempo y las propias limitaciones. Deshecharía el teleologismo y me asientaría, sin más, pero hay algo que no me deja. Estoy haciendo y deshaciendo maletas continuamente, y paso por habitaciones y ciudades sin dejar huella. Tal vez si, como me proponía Pavlo esta mañana, me permitiera a mi misma disfrutar de personas y lugares sin fecha de caducidad, podría empezar a dejar un rastro y -nunca se sabe- descubriría que en el fondo todos los placeres imaginados en mis planes futuros son insignificantes comparados con la satisfacción de poder permitirme vivir en una casa en la que la cinta de embalar no sea indispensable.

Very busy

¡Ah, sí, que yo tenía un blog!

Es que ando muy ocupada. Y encima con cosas poco interesantes que seguro que os aburriría leer.

Os dejo esto, que me pone los vellos como escarpias, oiga:

Big Ideas (don’t get any) from James Houston on Vimeo.

Los vecinos.

Si existieran manuales de protocolo acerca de cómo relacionarse con los vecinos mi vida sería mucho más fácil. No he tenido vecinos con los que encontrarme en el ascensor desde los diecinueve años, porque directamente no tenía ascensor: vivía en un chalet. Desde que me fui a mi primer piso compartido empecé a tener que establecer conversaciones sobre el tiempo o la Navidad/Semana Santa/Vacaciones de Verano/Puentes con desconocidos a los que apenas he visto dos o tres veces en mi vida para evitar silencios incómodos. Pronto me di cuenta de que el silencio me resulta más cómodo que el small talk, así que aunque me quite los cascos del iPod por cortesía, trato de no extenderme más allá de un simple “hola” y “adiós”.

Hoy me he encontrado con el vecino del piso de enfrente cuando íbamos a bajar la basura. Hemos dado un portazo, cada uno en su casa, en perfecta sincronía. Yo en pijama, él en chándal, tenemos la misma edad, sospecho que el suyo es también un piso compartido. Nos hemos dicho “hola” mutuamente, cada uno con sendas bolsas de basura, y cada uno ha llamado a uno de los dos ascensores que tenemos en mi escalera. Ha llegado uno, él se ha adelantado, me ha abierto la puerta, le he dicho “gracias”, ha entrado, ha pulsado el 0 y hemos bajado juntos tres pisos, yo mirando al suelo, y él no sé a qué, pero igual de silencioso que yo. Cuando íbamos por el piso 2 ya me había dado tiempo a darme cuenta de que si alguno de los dos no decía algo aquello iba a convertirse en una situación muy embarazosa, pero no se me ocurría qué decir, y comentar el buen/mal tiempo me parecía caer demasiado bajo. El ascensor se ha detenido en el 0, ha abierto la puerta, ha salido y me la ha sostenido para que yo pudiera salir, le he dicho: “gracias”, hemos caminado juntos 30 metros hasta la puerta de fuera, he salido, le he sostenido la puerta para que saliera, hemos bajado 10 escalones sin mirarnos, cada uno se ha ido a un extremo de la fila de contenedores que dispone el portero frente al portal cada noche, y ha tirado sus bolsas. He subido los diez escalones, he abierto la puerta del portal con llave, he esperado a que él subiera la escalinata sosteniéndole la puerta, hemos caminado de nuevo 30 metros el uno al lado del otro, sin mirarnos,  hasta el ascensor, y llegado a este punto he pensado muy seriamente en decirle: “hola, soy la vecina de enfrente, por si no te has dado cuenta, me mudé aquí hace diez meses y por fin nos conocemos, me llamo Paula, encantada.”, pero luego he pensado: “bueno si él no dice nada será esto lo normal, este silencio.”. Me ha vuelto a abrir la puerta del ascensor y a cederme el paso, le he dicho “gracias” otra vez, he pulsado el tres y hemos subido tres plantas, en silencio: esta vez le iba mirando a la cara, tiene gafas, y él miraba fijamente la pared del ascensor, buscando figuritas en la veta de la madera, supongo. El ascensor se ha detenido tres pisos de silencio después, él ha abierto la puerta y ha salido, la ha sujetado para que saliera yo, nos hemos dicho “hasta luego” sin mirarnos y cada uno ha vuelto a abrir la puerta que cerró con un portazo hacía seis minutos de silencio interminable.

He llegado a casa y no sé si es lo normal o es que él pensaba lo mismo, que debería ser yo quien hablara. Sea como fuere creo que mi trauma con el small talk en los ascensores acaba de perpeturarse por los siglos de los siglos (amén).

Cine

Ya, ya sé que tengo esto abandonadísimo, pero no me voy a disculpar por ello. El blog supuestamente ha de reflejar la tónica vital del autor y la mía, últimamente, es la del abandono total y absoluto de todas mis actividades/obligaciones, exceptuando, tal vez, la de salir a tirar kilómetros y durante esta pasada semana de vacaciones, la de ir al cine. He visto tres películas (teniendo en cuenta que en Sevilla ya no queda casi nada bueno en cartel y que los dos únicos cines en VO de toda la ciudad estaban cercados por procesiones, no está tan mal).

1) Gran Torino. Muy buena. Pablo dice que le da la sensación de que Clint Eastwood lleva haciendo películas testamentales desde hace unos años, y estoy de acuerdo con él en la medida en que todo lo que dirige últimamente termina siendo un clásico del cine en potencia. Gran Torino no son más que una conurbación de tópicos de Hollywood contados de la manera más sencilla posible. Es increíblemente predecible y tiene un final tan heroíco como posmodernista, y aun así no deja de ser una americanada. Pero una americanada de las buenas, de esas que luego se convierten en clásicos. A medida que escribo esto me estoy entusiasmando, me doy cuenta, pero es que al recordarla voy revisando todos los puntos que me hacen que al final vaya a terminar diciendo que es un peliculón que hay que ver, aunque esa no fuera mi intención inicial. En fin, lo dicho, cine americano de héroes y villanos, del de siempre, pero de calidad.

2) Lejos de la tierra quemada. Mi padre me dijo que Charlize Theron se hizo cargo personalmente del guión que Arriaga había escrito después de separarse de Iñárritu. Boyero decía que aquí Arriaga demostraba que no sólo sabía escribir, sino también dirigir. Hay quienes hablaban de la muerte de Iñárritu ahora que Arriaga ha demostrado que puede hacerlo todo él solito. Así que fui a verla: es un truño. Arriaga copiando a Arriaga (otra vez) con sus historias de vidas que se mezclan y mexicanitos en la frontera, desiertos y toda la pesca. Y esta vez encima con un toque Isabel Coixet  que prefiero pensar que fue Charlize quien lo pidió para (creería ella) darle a su personaje la “profundidad interpretativa” necesaria para que le dieran (otro) Oscar. Y de paso enseñar las tetas. Muy mal, muy decepcionante, muy larga y muy aburrida.

3) Vals con Bashir. Una vez en Madrid íbamos a ver The Reader pero la ponían tardísimo. Llegamos tarde a The Visitor (nota: la cartelera de google está mal), así que nos fuimos a ver Vals con Bashir. Y yo estuve alucinando desde el minuto 2, aproximadamente. Es preciosa visual, musical y narrativamente. Yo no sabía con qué me iba a encontrar y cuando me di cuenta estoy allí, sentada viendo un documental de animación dirigido por un documentalista que no sabe animar, y nunca lo había hecho. Veteranos de guerra que intentan recordar  lo que pasaba en los campos de batalla, cuando eran unos niños. Me imagino que acude al dibujo ante la imposibilidad (económica) de recrear las escenas de guerra. Y ya de paso no se corta con el onirismo que envuelve toda la cinta, dando como fruto un producto nuevo que, de no ser de animación, de hecho, no tendría sentido alguno. Es el testimonio real  sobre la guerra más honesto  al que jamás he accedido. Esta hay que verla, en serio, corred a verla.

Daniel Hannan MEP: The devalued Prime Minister of a devalued Government

Tres minutos de política y britishness en estado puro. Ojalá hubiera más políticos así en el mundo…

C2C DMC 2005

No sabía que hubiera concursos de esto. Ni que se pudieran hacer cosas tan guays.

Los recuerdos alterados.

Hoy voy a hablar del tiempo, muy original, y mira que me gusta criticar a los telediarios cuando nos dan la noticia en verano de que hace calor, en invierno de que hace frío, en rebajas de que todo es más barato y en Navidad de que todo es más caro. Yo hoy doy la noticia de que la primavera parece haber llegado a Madrid (aunque no sé si se habrá instalado definitivamente o no), y de que además la disfruto.

Oh, Dios mío, creo que me estoy convirtiendo en una persona de esas que llaman “buen tiempo” al sol, y que no van a clase cuando llueve, y además les parece una justificación aceptable. Sí, yo, la que antes refunfuñaba en cuanto la temperatura subía de 20 grados y empezaba a probarse los abrigos, los guantes, las boinas y los leotardos en agosto (esto, creedme o no, pero es cierto), me sorprendo a mí misma saltándome una clase para tomar el sol en el cesped de la universidad, y saliendo a pasear por el retiro un martes cuando vuelvo a casa para aprovechar los últimos rayos de luz del día, y saliendo a mi terraza de noche a escuchar la quietud de la noche y de la tibieza del aire estático.

No sé muy bien por qué, pero todo esto me recuerda muchísimo a mi primer año en Getafe. Me recuerda a Luis, a David y a Alberto, a cuando empecé a salir con ellos a menudo, a sentarnos en los bancos de delante de la resi por la tarde, a Alberto muriéndose de la alergia en el campo de Castilla-La Mancha, a las tardes que se convertían en noches en la azotea del piso al que me mudaría poco después, y sobre todo a los paseos de vuelta a mi habitación compartida por temporadas, de noche, con Getafe durmiendo y ese rumor tan sordo de la ciudad que crece a lo lejos.

Me imagino que entonces ya se atisba en mi ese yo que disfruta ahora de la primavera como nunca. Es extraño, han cambiado tantas cosas… ya no volverán nunca esos días, fueron sólo una de las muchas estaciones en las que me he detenido fugazmente y sin pausa en los últimos cuatro años.  Se me escurren los recuerdos como agua entre los dedos de la mano. La que era yo entonces ya no volverá, lo que eran los otros para mí, tampoco. Y sin embargo salgo tarde de la universidad, cuando ya atardece, y creo que en esa luz dorada está contenido el germen de la que soy ahora, como si en el fondo la estuviera disfrutando de la misma manera. Me siento como si me hubiera ido de viaje una larga, larga temporada, muchos años, y ahora regresara de vacaciones al hogar. Sólo que en el hogar no me espera ninguno de los que yo me esperaba, empezando por el yo pasado que ahora me mira con ojos de niña sorprendida, incapaz de reconocerse en ese adulto de mirada áspera que ha vuelto a visitarla.

¡A correr!

Llevo unos meses corriendo con un grupo al que conocí a través de un reto en la comunidad Nike+. El hecho de que sean en su mayoría de Florida, varones, y que sus carreras no superen los 6 km de duración ni un ritmo de 6.30km/h me hace sospechar que estoy compitiendo con un grupo de cuarentones barrigudos que se han propuesto correr como propósito de año nuevo.

Oh well, sea como fuere de vez en cuando quedo primera en los retos, y supongo que no hace falta decir que eso es motivación más que suficiente como para que este mes me haya propuesto completar las 50 millas enteritas.

Banzai.

La violencia nunca jamás estará justificada (excepto que se considere violento un acto en defensa propia, siempre a posteriori). Nunca, y no hay pero que valga. Pero por primera vez en mi vida creo que voy a tener que contradecirme, y rendirme ante el tramposo: esta vez sí que ha valido. Aunque sólo sea para poner de manifiesto la cobardía de los terroristas: ponemos bombas de noche y disparamos en la nuca, pero no somos capaces de detener al que nos ataca a cara descubierta y a plena luz del día, desafiando nuestras amenazas y rompiendo estrepitosamente esa suerte de ley del silencio que habíamos impuesto. Lo observamos desde lejos arrasar con todo, grabándolo incluso como quien aterrado y a la vez fascinado quiere atrapar la memoria de un fenómeno natural catastrófico, imparable, sintiéndose uno vulnerable e impotente ante su fuerza el tiempo que dura esta. Y cuando ya se ha ido, jugamos a hacernos los héroes denunciando la injusticia de la que se nos ha hecho víctimas, nos indignamos, y pedimos que se nos restituya el daño no sólo físico, sino sobre todo moral, que ha supuesto su actuación.

El hombre que gritaba “¡Cago en la hostia, que ellos me han destrozao la casa!” y con toda su furia reventaba a mazazos la guarida de los asesinos  ha tenido que abandonar el pueblo, amenazado de muerte. A mi siempre me ha parecido ridícula la determinación de los kamikazes que gritaban ¡Banzai! y se estrellaban contra otros pobres como ellos, arrojando más escombros sobre la ya encarnada situación destructiva en la que surgieron. Me lo sigue pareciendo, pues, como decía, no veo justificación a la violencia, nunca, por mucho que sienta uno la flama del honor en el pecho y en su abstrusa mente no aparezca una idea mejor que destruir e inflingir daño para apagarla. No obstante, ver al vasco con su maza rompiendo cristales de forma metódica, casi cansada, diríase rutinaria, tras la inicial descarga de rabia, me he acordado de los kamikazes, y he pensado que si en vez del sonoro “¡Cago en la hostia!” hubiera estado gritando “¡Banzai!”, por una vez no me habría sonado risible la histórica expresión nipona.

Revolutionary Road

Hacía mucho que no iba al cine y veía una película buena. Tanto que no me acuerdo.

Me ha encantado: no tenía ni idea sobre el argumento, y sólo esperaba ver a una Kate Winslet espectacular en su actuación, pero me quedé corta. Creo que es la primera película que veo que, como un buen libro, sólo se sostiene por los significados que transmite, y no por la historia que narra. ¿Que alguien no entiende qué es una depresión? Que vaya a verla. Es impecable: la música, los actores, la fotografía, y sobre todo el timing. Como una obra de teatro perfectamente milimetrada, está pulida al límite, y jamás hubiera dicho que dos horas de drama se me harían tan cortas.

No obstante, voy a confesarlo: mi entusiasmo viene marcado por mi inmersión en una historia que parece estar escrita para mi. No es argumento válido para recomendarla, pero anoche desde el minuto quince de película supe predecir todo aquello que sucedería en la historia. Todo lo que salía de las bocas de los personajes no son otra cosa que el diálogo de las crisis existenciales, y cuando faltaba media hora para el final esperé utópicamente que igual que aquella cinta me había llevado paso a paso por mi existencia de los últimos años me explicara, llegado al momento de mi actual situación, cuál era la feliz solución posible. Digo utópicamente porque desde el principio sabía ya que aquella película no habla de otra cosa que de la desesperanza, y allí no había final feliz que cupiese. Y sobrecogida asistí al desenlace que sabía que era inevitable, y al ácido guiño final del director que sólo nos transmite un mensaje: no hay esperanza posible, sólo conformismo bien llevado, o tragedias irresolutas.

De exámenes.

Estoy bebiendo fanta verdia y comiendo lays vinagreta. A la vez. En serio.

Que alguien aparte a youtube de mi mientras duren los exámenes

Coqui era sólo un poquito más grande que este cuando lo trajimos a casa. Claro que él tenía tres meses y todavía no había aprendido ni a ladrar.

Broncano contraataca.

En la entrada anterior explicaba que había tenido que demostrar que el rey de Argentina es calvo si y sólo si el rey de Argentina no es calvo. Bien, eso es parte de la asignatura de lógica que nos imparte Fernando Broncano, ese ser sobrenatural que cuando te habla consigue hipnotizarte aunque hayas dormido cinco horas la noche anterior, lleves seis sin comer, el aula esté a -2ºC porque se ha estropeado la calefacción y lo que esté intentando explicarte sea el origen del universo. No sabemos si reside este poder en su infinita sabiduría, su agudo sentido del humor o su atractivo físico, pero tanto magentismo personal concentrado está claro que alguna vez rebasa los límites de lo comprensible para simples mortales como somos sus alumnos. Eso hemos pensado al leer la primera pregunta del examen de hoy, de la otra asignatura que imparte (”Historia de la ciencia y la tecnología en el mundo contemporáneo”, ahí es nada), para la que disponemos de cinco días para contestar en 2500 palabras:

“La ciencia como evento histórico ha transformado las estructuras básicas de la vida cotidiana en lo que respecta al espacio y al tiempo. Desde una estructura básicamente cerrada, determinista, heterotrópica, centrada en las actividades comunitarias se cambia a una estructura limitada, isotrópica, pública, basada en procedimientos objetivos. Las estructuras anteriores permanecen como vivencias, rituales, etc. Desarrollar esta idea, atendiendo especialmente a la función social de mapas y calendarios (en la modernidad)”.

Esto… ¿alguien me ayuda?

Si el rey de Argentina es calvo…

“Si el rey de argentina es calvo, entonces hay un rey de Argentina. Si el rey de Argentina no es calvo, entonces hay un rey de Argentina. No hay un rey de Argentina. Por lo tanto, el rey de Argentina es calvo si y sólo si el rey de Argentina no es calvo.”

Llevaba desde el día 21 de Diciembre intentando demostrar que esto es cierto. Sólo me he sentado tres tardes a intentarlo de forma explícita, pero mentalmente no hacía más que tratar de averiguar la solución. Esta mañana, cuando ya le había escrito al profesor de Lógica para pasarme por su despacho a por ayuda, he decidido darme una última oportunidad, más que nada por la pereza de tener que ir hasta  Getafe… ¡y lo he conseguido! No sé si mi derivación es totalmente correcta o no, pero por lo menos se acerca mucho a estarlo. Y lo he conseguido yo solita, con los apuntes de seis clases de lógica proposicional y muchas dudas sin resolver.

Pero al final he derivado que  (p˄q) -˃ p, (p ˄¬q)  -˃ p, ¬p ˫ (p˄q) ˂-˃ (p ˄¬q), para que luego en el examen saque un cinco (y gracias….) si no me merezco un sobresaliente por esto, ¡que baje Dios y lo vea!