Que alguien aparte a youtube de mi mientras duren los exámenes
Coqui era sólo un poquito más grande que este cuando lo trajimos a casa. Claro que él tenía tres meses y todavía no había aprendido ni a ladrar.
Que alguien aparte a youtube de mi mientras duren los exámenes
Coqui era sólo un poquito más grande que este cuando lo trajimos a casa. Claro que él tenía tres meses y todavía no había aprendido ni a ladrar.
En la entrada anterior explicaba que había tenido que demostrar que el rey de Argentina es calvo si y sólo si el rey de Argentina no es calvo. Bien, eso es parte de la asignatura de lógica que nos imparte Fernando Broncano, ese ser sobrenatural que cuando te habla consigue hipnotizarte aunque hayas dormido cinco horas la noche anterior, lleves seis sin comer, el aula esté a -2ºC porque se ha estropeado la calefacción y lo que esté intentando explicarte sea el origen del universo. No sabemos si reside este poder en su infinita sabiduría, su agudo sentido del humor o su atractivo físico, pero tanto magentismo personal concentrado está claro que alguna vez rebasa los límites de lo comprensible para simples mortales como somos sus alumnos. Eso hemos pensado al leer la primera pregunta del examen de hoy, de la otra asignatura que imparte (”Historia de la ciencia y la tecnología en el mundo contemporáneo”, ahí es nada), para la que disponemos de cinco días para contestar en 2500 palabras:
“La ciencia como evento histórico ha transformado las estructuras básicas de la vida cotidiana en lo que respecta al espacio y al tiempo. Desde una estructura básicamente cerrada, determinista, heterotrópica, centrada en las actividades comunitarias se cambia a una estructura limitada, isotrópica, pública, basada en procedimientos objetivos. Las estructuras anteriores permanecen como vivencias, rituales, etc. Desarrollar esta idea, atendiendo especialmente a la función social de mapas y calendarios (en la modernidad)”.
Esto… ¿alguien me ayuda?
“Si el rey de argentina es calvo, entonces hay un rey de Argentina. Si el rey de Argentina no es calvo, entonces hay un rey de Argentina. No hay un rey de Argentina. Por lo tanto, el rey de Argentina es calvo si y sólo si el rey de Argentina no es calvo.”
Llevaba desde el día 21 de Diciembre intentando demostrar que esto es cierto. Sólo me he sentado tres tardes a intentarlo de forma explícita, pero mentalmente no hacía más que tratar de averiguar la solución. Esta mañana, cuando ya le había escrito al profesor de Lógica para pasarme por su despacho a por ayuda, he decidido darme una última oportunidad, más que nada por la pereza de tener que ir hasta Getafe… ¡y lo he conseguido! No sé si mi derivación es totalmente correcta o no, pero por lo menos se acerca mucho a estarlo. Y lo he conseguido yo solita, con los apuntes de seis clases de lógica proposicional y muchas dudas sin resolver.
Pero al final he derivado que (p˄q) -˃ p, (p ˄¬q) -˃ p, ¬p ˫ (p˄q) ˂-˃ (p ˄¬q), para que luego en el examen saque un cinco (y gracias….) si no me merezco un sobresaliente por esto, ¡que baje Dios y lo vea!
Yo todavía no he podido verlo, pero Cocky ya está en casa. En la semana que ha estado fuera se ha echado tres dueños, y los últimos, una familia de por aquí, decidieron quedárselo y lo llevaron al veterinario para que le hiciera una revisión completa. Esta familia no tenía ni idea de la existencia del microchip, por lo que en seguida el veterinario identificó al perro, lo llevó a casa, y final feliz. Ahora está cansadao y un poco raro, según mi padre, y parece que hasta se le han pasado las ganas de escaparse. En cualquier caso, yo no puedo esperar a volver a verlo, y os mando desde aquí mi agradecimiento eterno a todos los (muchos) que habéis puesto vuestro granito de arena para ayudar a encontrar al fugitivo de mi perro.
Mi perro, Cocky, un golden retriever de 10 años, se ha perdido.Se escapó la noche de reyes y no ha vuelto, y yo no lo he sabido hasta ayer (ya que me volví a Madrid justo aquel día…). Es muy raro, en toda su vida jamás se había perdido, y eso que es un maestro del escapismo: hacía agujeros en la verja del jardín, había aprendido a abrir todas las puertas de la casa, y cuando te dabas cuenta te estaba ladrando desde el otro lado de la cancela del jardín para que le abrieras y poder entrar en casa después de su paseito diario. Últimamente (con esto quiero decir en los últimos meses) se marchaba a diario y nos esperaba tumbados en la acera de casa cuando no había nadie dentro para abrirle la puerta. Es muy inocente y muy amigable, tanto que varias veces la vecina nueva de al lado se lo llevaba a su casa para que no nos esperase en plena calle, y él encantado con la invitación, por eso sospecho que ha podido llevárselo alguien.
Es mayor ya y no es muy juguetón, se dedica a dormir la parte del tiempo, porque además tiene artrosis y le duelen las patitas, y le cuesta algo de trabajo moverse. A no ser que haya comida de por medio, entonces te pone carita de pena y ojitos tiernos hasta que le des un poquito de lo que estés tomando. Es experto en dar las patas: primero una, luego la otra. Lo hace para caer bien, pero sobre todo porque le gusta que se las aprieten muy fuerte, y él-aunque esto me imagino que hasta que uno no lo comprueba en vivo y en directo no se lo cree- responde con otro apretón. Es muy obediente, nunca ha hecho una sola travesura, no se pelea con otros perros, y le da miedo de casi todo lo que haga ruido, menos de los coches: una vez de pequeño incluso lo atropelló uno, pero él sigue dándose sus paseos por mitad de la calzada, sin inmutarse cuando se acerca algún coche…
Estoy muy triste, muy apenada, y muy preocupada. Siempre me ha dado miedo que algún cínico se lo llevara para hacerle putadas, como vi una vez a mis vecinos hacer con un gato. También me da bastante miedo que lo atropelle un coche, aunque como es un perro bastante grande creo que esto es más difícil… me gustaría pensar que alguna familia buena se ha encaprichado de él, porque es muy bonito, muy peludo, muy suave y muy cariñoso, y lo están cuidando hasta que sepan de dónde se ha escapado… lo que pasa es que lleva microchip, y en ese caso ya deberían habérselo detectado…
No sé muy bien qué hacer, ni mi padre y mi hermano tampoco. ¿Dónde buscarlo? Puede haber ido a tantos sitios… Yo me acuerdo de la historia de Peludo, y me gustaría poder hacer algo parecido, pero no sé cómo alcanzar ese nivel de difusión. Voy a esperar unos días por si aparece. A todos los que leáis esto y viváis cerca de mi casa en Sevilla(y no tan cerca)os pido por favor que os fijéis un poco por si veis a un perrito muy peludo, de color dorado y tamaño mediano-grande (pesa 32 kgs.) con una cola muy bonita y vistosa, contoneándola en cada uno de sus alegres trotes. Pondría una foto, pero en este ordenador no tengo. Para que os hagáis una idea, es de la misma raza que este.

Hace un año recibía al 2008 aparentemente resignada, pero esencialmente entusiasmada, o eso se puede leer entre líneas en lo que escribí hace más de un año. No esperaba nada del año, decía, pero luego enumeraba todo lo que esperaba encontrarme en mis trescientos sesentaycinco (un día más, en realidad, pues era año bisiesto…) días nuevecitos, y aunque no lo hiciera a propósito, había instaladas en aquellas líneas un optimismo y una emoción que ahora me sorprenden. Tenía la sensación de estar estrenando un regalo, creo, aunque fuera un regalo que no había pedido y que no me hacía especial ilusión, pero al menos eran mis días, eran nuevos y eran míos, y podía hacer con ellos lo que quisiera, que no es poco.
Este primero de enero ha sido diferente a todos los demás, por lo que leo en la entrada de hace un año. Yo diría que llovía el primer día de este 2009, y en cualquier caso no recuerdo haber visto esa pálida luz fluorescente de la que ni me acordé. Salí casi por obligación dos horas de casa y volví para acostarme todo lo temprano que pude, y a la mañana siguiente no me levanté de la cama hasta que hacía horas que el concierto de año nuevo se había terminado. No he imaginado ningún propósito para este año-nunca los hago, aunque siempre trato de imaginar alguno que me convenza-, ni tampoco he sentido el cosquilleo involuntario en la boca del estómago cuando oigo sonar los cuartos del reloj de la Puerta del Sol desde la televisión. No he tenido conciencia de estar triste, ni alegre, tal vez un poco melancólica, no me he acordado de mi madre con amargura, no he hecho un esfuerzo por no rememorar otras nocheviejas, ni todo lo contrario. El año se ha ido y ha empezado otro y yo nunca podré haber dicho de manera más acertada que me ha sido totalmente indiferente.
Un ejército invade una región y la asola alegando fines defensivos. Resulta que en el mundo hay organismos internacionales que reciben mucho dinero y atención que no saben qué opinar al respecto. Tienen sus ejércitos que solamente utilizan en “misiones humanitarias”, y solamente intervienen militarmente cuando consideran que es necesario, porque hay guerras buenas, y guerras malas. En el fondo es su forma de decir que les es del todo indiferente quiénes bombardeen a quién, a no ser que los bombardeados sean ellos. O no vale ninguna guerra, o valen todas. Y si vale una, desde luego que valen todas, y lo que no tiene ningún tipo de validez son las organizaciones que tratan de promover la paz a nivel internacional distinguiendo guerras y guerras, quedándose paradas ante la mayoría de ellas.
Yo tengo exámenes dentro de poco y por primera vez en mi vida no he estudiado nada a quince días del comienzo, ni me veo con fuerzas de empezar a hacerlo próximamente. Todo me es indiferente y no sé si quiero hacer algo con estos trescientos sesentaycinco días nuevos que de pronto se me aparecen, pero que este año no son míos. Vivo en un presente continuo, llano y templado en el que los sobresaltos, buenos o malos, son anécdotas que se van quedando enterradas muy atrás, muy lejos. No sé si aprenderé nada de esto, y tampoco me interesa: me es indiferente. Sé que afuera hay una guerra y que los que están alrededor no escuchan, porque también les es indiferente, como la indiferencia de los otros que se me acercan y alejan a diario me hace también ajena a ellos. Pero más indiferente es para los que están en la guerra aquello que sucede a los que están fuera de ella, y si nadie rompe ese absurdo juego de espejos termina siempre por suceder lo mismo: que la indiferencia, callada y corrosiva, se extiende inexorablemente, devastando todo aquello que encuentra a su paso.
Llevo tiempo queriendo escribir con alguna excusa las siguientes conversaciones (o extractos de ellas) que me han resultado especialmente divertidas, pero como no encuentro la excusa he decidido contar tres, así, sin más, por orden totalmente aleatorio:
Pavlo y sus títulos inventados.
Pavlo: - Ah, sí, como la película esa, ¿cómo se llamaba? “Grita, grita” (alzando mucho el tono de voz)
Yo:-”¿Cuál?”
Pavlo: - No, mentira, se llamaba… “Pájaro, Pájaro” (gesticulando con las manos como si me tirara un pájaro a la cara), ¿¿no??
Yo:- ¿¿”Ladybird, Ladybird”??
Pavlo: -¡¡¡ESA!!!
Poco a poco mi destreza para descifrar lo que Pavlo quiere decir cuando se inventa un título se fue desarrollando hasta llegar a momentos como el siguiente, en el que si alguien hubiera oído la conversación probablemente habría pensado que pasamos demasiado tiempo juntos…
Pavlo: - Tenemos que ver una serie que me han recomendado… se llama “Mi primo Peter”… o “Mi hermano Thomas”. Algo así.
Yo: (sin dudarlo) - ¿Te refieres a “Cómo conocí a vuestra madre”?
Pavlo: -Sí, esa.
Yo: - Empiezo a preocuparme…
Mi padre y su “fina” ironía:
Con mi padre en el coche. El locutor de Radio 5 en una cuña hablando sobre un tenor recientemente fallecido y alabando su voz de forma alarmantemente rimbobante y totalmente irreproducible aquí. En los segundos que pasan desde que deja su pomposa elegía hasta que empieza a sonar la interpretación de dicho tenor, mi padre y yo callamos aturdidos ante el semejante alud de palabrería ridícula que acaba de venírsenos encima. Como sé que los dos estamos pensando lo mismo, me atrevo a hablar:
Yo: - Hay que ver las cosas que dice este hombre…
Mi padre: - Sí…
Yo: -¿Qué será eso que ha dicho de “la pasta baritonal”?
Mi padre: - Pues no sé. Será lo mismo que la pasta de boniato, que yo todavía no he logrado averiguar lo que es…
Mi padre comprándome un reloj nuevo en El Corte Inglés:
Mi padre:-Señorita, ¿y está usted segura de que esto es cristal de zafiro y no de cuarzo?
Señorita:- Segura, segura, segura… vamos, palabrita del niño Jesús…
Mi padre:-Ah, bueno, si me lo jura por el niño Jesús, entonces…
Señorita (obviando la mofa):- Que sí, que es muy bueno este reloj. Y mire, es sumergible a 50m y aguanta una presión de 10 atmósferas…
Mi padre me mira entusiasmado y exclama con ironía: - ¡¡Oh, qué maravilla, Paula!! ¡¡¡Si hasta lo puedes meter en la olla exprés!!!
Lo que no entiendo es cómo la dependienta en cuestión no llamó a seguridad para que se lo llevaran, y al final hasta logró vendernos el reloj en cuestión…
Antonio Gómez Ramos nos intenta explicar en otra de sus maravillosas clases qué es el yo. Yo (por nombrarme de alguna manera, aunque después de esa clase ya no sé muy bien qué es exactamente mi “yo”) no le atiendo mucho, me resuena en la cabeza el piar de los pájaros en el patio del rectorado. A las 12 hemos parado para guardar un minuto de silencio en recuerdo del empresario asesinado ayer por ETA. Yo tenía frío, hundía la nariz en mi bufanda, metía las manos en los bolsillos de mi abrigo, y miraba fijamente al suelo. El cielo estaba gris y lloviznaba de forma casi imperceptible, pero los pájaros piaban. Me he acordado del funeral de mi madre, de cómo a mi me pareció que el sol brillaba especialmente y de alguna manera me consoló pensar que la enterrábamos en un día bonito. Los pájaros piaban y era mediodía cuando ante una multitud silenciosa tres o cuatro enterradores metieron su ataud en un agujero en el suelo, y mi tía decidió rezar un padrenuestro en voz alta cuando terminaron. A mi me hubiera gustado aplaudir, pero no me atreví. Aplaudir a mi madre por ser la mujer valiente y llena de coraje y fuerzas que fue, pero no lo hice. Qué más da, pensé esta mañana en el patio.
La multitud silenciosa dejó que se oyera el piar de los pájaros, y no pude evitar pensar que eran los mismos que piaban cuando enterraron a mi madre. Al finalizar el minuto de silencio la gente ha aplaudido espontáneamente y he sentido que ese aplauso tenía más sentido para mí que para ningún otro. Hemos vuelto al aula y Antonio Gómez ha empezado a intentar explicarnos que era el yo, y yo, el yo Paula, se iba hundiendo cada vez más en su asiento del final de la clase. Antonio es un profesor que me provoca cierta ternura, es un tipo grandote y algo introvertido, no se sabe si por timidez o porque tiene un carácter algo seco. Pero es amable y considerado, y parece de los pocos profesores sensatos que además, sorprendentemente, recuerda los nombres de todos y cada uno de sus alumnos y lo que le han comentado en clase hace dos o tres semanas. Normalmente sus clases me entusiasman, intento participar en ellas, pero hoy sólo quería que acabara cuanto antes. Antonio nos ha puesto como ejemplo qué halla él cuando intenta encontrar su yo, lo que hay dentro de su mente, y dentro de su yo, por este orden (si mal no recuerdo) hay lo siguiente: la conciencia de que tiene que ir al supermercado tras las clases, una cierta tristeza, el recuerdo de su amigo, la pregunta de cuánto dinero le quedará en el banco.
La cierta tristeza de mi profesor me viene rondando desde entonces. Probablemente (y seguramente) sea una cierta tristeza ficticia, un simple ejemplo que esperaba que todos olvidáramos, pero a mi esas tres palabras me han despertado en mitad de la clase y me recuerdan todo el tiempo que Antonio, el profesor filósofo al que casi he idolatrado, como a dos o tres más, también es persona. Que en su gesto tan sereno y naturalmente decaído pueda haber algo de tristeza real como la que yo sentía desde el fondo de la clase se me ha hecho demasiado extraño, demasiado sorprendente. Sobre todo porque parecía igual de relevante que la compra por hacer o el dinero que hay en el banco. Tan cotidiana y habitual como esas cosas. No quiero que este blog se convierta en el espacio en el que reflexione sobre lo triste que es la vida y lo difícil que es superar la pérdida a la que no sé muy bien cómo enfrentarme, y este post no va de eso. Va de cómo de manera totalmente involuntaria-creo- mi profesor se ha olvidado de esterilizar sus ejemplos para convertirlos en lo que deben ser, neutrales e intercambiables, y ha dejado que una parte significativa de su “yo”, el yo que no hallábamos, trascienda a sus alumnos. Seguramente toda esta reflexión no es más que fruto de la sensiblería y el romanticismo con los que me aproximo a los buenos profesores habitualmente, y la tristeza mencionada no existe, ni su desconocido amigo tampoco, y el super y el banco eran dos de esos ejemplos neutrales e intercambiables académicamente correcto. Y debería terminar este escrito con algún “pero” final, para decir que tal vez sí, tal vez esté triste y yo sea la única en el mundo en ese aula que lo haya notado, y por eso a estas alturas de la tarde todavía no lo he olvidado, pero de sobra sé que no es así. Lo que sí puedo decir, y de eso estoy segura, es que en cuestión de meses se me habrá olvidado qué decía Heidegger sobre el yo, pero me acordaré de que Antonio dejó caer en clase que sentía cierta tristeza, y eso hizo que se callaran los pájaros en mi cabeza.
100 Movie Spoilers in 5 Minutes
A pesar de que la broma sobre Heath Ledger es totalmente inaceptable, el momento “Jesus Dies!!! Daaa??” no tiene precio. Qué cinco minutos de descanso en la biblioteca tan gloriosos.
Tiendo la ropa lenta y cuidadosamente en las cuerdas del patio de mi edificio a pesar del frío polar que se ha instalado en Madrid estos días. Coloco pulcramente tres pinzas en el borde de cada braguita: me aterra que una repentina tormenta las azote y las haga caer al fondo del patio. Cuando tiendo unas de color amarillo con rayas verdes, me doy cuenta de que se les ha deshilachado un poco la costura de la cinturilla, y con la pinza en la mano pienso que sería mejor tirarlas y comprarme unas nuevas en vez de tomarme la molestia de tenderlas, recogerlas y usarlas otra vez más, con el borde así, deshilachado.
Este pensamiento dura una fracción de segundo y es rápidamente interrumpido por otro que hace que decida colocar en ellas también tres pinzas. Esas bragas me las compró mi madre.
No sólo me las compró mi madre, sino que me las envió, junto con otras dos, en un paquete desde Sevilla hasta Madrid tras haberle dicho dos semanas por teléfono que estaba en el centro comprándome ropa interior. No me hacían falta, pero ella se fue al Corte Inglés y me compró las tres braguitas que más le gustaron. Cuando las recibí me preguntó ilusionada que si me gustaban e insistió muchas veces en lo monísimas que eran. Me pidió que me las probara cuanto antes para comprobar que la talla era la correcta, y si no lo era, que se las enviara de vuelta para que me las descambiara por unas de mi talla. Unas (no las que estaba tendiendo) me estaban grandes, pero no le dije nada. ¡Eran sólo unas bragas!
No es que quiera conservar eternamente todo lo relacionado con mi madre, no hay más que ver las decenas de bolsas de basura llenas de recuerdos en potencia que tiré casi sin analizar desde cuatro días después de su muerte, pero es que estas bragas me recordaron algo. Eran sólo bragas, y mi madre me las dio como si fueran un tesoro. Los que me conocéis sabéis que mi madre era poco dada a regalar y que todo, absolutamente todo lo que me compraba, aunque fueran bragas, me lo entregaba en calidad de regalo que me concedía como un capricho que debía cuidar y valorar enormemente. A mi me molestaba sobremanera esta actitud, y recuerdo que las pasadas navidades, tras comprarme dos pares de vaqueros para sustituir a otros ya rotos, me dijo: “¡menudo regalo te he hecho!” y yo no pude reprimirme y le contesté irónicamente: “¡sí! ¡y también me ha gustado mucho la comida que me has regalado esta mediodía, gracias!”. Eran productos de primera necesidad, no caprichos.
Sin embargo, y en el tiempo que pasó desde entonces, comencé a comprender su actitud. Mi madre no sólo quería que valorara los objetos por su valor en sí (son sólo bragas, pero eso no quita que tengas que cuidarlas, hay gente que no tiene ni eso…), sino que quería transmitirme, con cada uno de ellos, desde el pan que compraba para que desayunara los fines de semana hasta los pendientes de perlas que me regaló cuando terminé el colegio, lo mucho que me quería. Hace dos o tres semanas le compré a Pablo un “regalo” que lo mantuvo intrigado durante el tiempo que tardé en dárselo, siempre que nos veíamos se me olvidaba. Era un portaminas que me había costado poco más de un euro, pero él llevaba pidiéndome uno un mes. Y cuando se lo di se rio y puso cara de ilusionado, comprendiendo la broma, siguiéndome el juego. Yo había empezado a seguirle el juego a mi madre con aquellas bragas de rayas amarillas y verdes. La ilusión que le provocaba a ella “regalármelas” era infinitamente mayor que la que me hacía a mí recibirlas, pero nada comparable al disfrute de saberme cómplice de aquel teatro.
Bien se merecen otra puesta, pero tarde o temprano tendré que tirarlas. Y así uno a uno los objetos que irán desapareciendo y empujándola un poquito más hacia el olvido. Llevo puesto siempre un brillante que mi padre le regaló, que, ya se sabe, es para toda la vida. Pero es frío y no tiene la calidez de las cosas cotidianas que son las que más me conectan a ella, curiosamente casi todo es ropa. Y aun así me aterra perder este anillo. Anoche soñé que me lo robaban en el metro de París y que me recorría todos los suburbios más peligrosos tratando de encontrar al ladrón que me lo había arrebatado para recomprárselo. No quería venganza, no quería denunciarlo, sólo recuperarlo de la forma más pacífica posible, aunque no fuera la más justa. Echo de menos a mi madre, pero no me siento frustrada por su pérdida, no siento rabia, no busco culpables invisibles en los que focalizar mi angustia. Me gustaría que regresara y cada vez me cuesta más hacerme a la idea de que no va a ser así. Tendré que acostumbrarme a su ausencia y continuar con mi vida, tarde o temprano tiraré las bragas, pero me aterra que un día se me caiga el anillo al mar y no poder recuperarlo. No quiero olvidarme de ella.
Sé que no debería abusar tanto de las lentillas. Debería, en un día como hoy, quitármelas ahora que son las 21:22 y que las llevo puestas desde las 8 de la mañana. Tarde o temprano este abuso me pasará factura, ya me lo han dicho muchas (muchísimas) veces. Sé que no debería encender el ordenador compulsivamente cada vez que llego a casa y perder media hora, como mínimo, haciendo nada antes de hacer “algo”. Lo que sea. Sé que no debería hablar tanto en una conversación, tal vez aprender a escuchar más, ser menos impulsiva, menos vehemente, menos pesada, en definitiva. Sé que no es buena idea no mirar el extracto de la cuenta hasta que el cajero se niegue a darme billetitos cuando más falta me hacen. Sé que debería acostarme más temprano, doblar la ropa con más cuidado, no meter papelitos inútiles en el bolso y dejarlos ahí hasta que prácticamente se descompongan. Y lo sigo haciendo. Ya, el “sólo se vive una vez” suena demasiado tópico, pero es que es así. Transgredir mis propios deberes es mi personal terreno donde explayar mi libertad todo lo ancha y larga que es, una de mis pocas oportunidades de decirme a mí misma: “y no lo hago porque no me da la gana.” Y sonreírme por poder decirlo con todo mi derecho.
El año pasado en Londres invertí mi ritmo de vida totalmente. Comía mal y a deshoras, trasnochaba por sistema,no renunciaba a ninguna juerga, leía poco o casi nada, pensaba poco o casi nada, y me preocupaba poco, o casi nada. Y era muy feliz. Durante toda mi vida, en los momentos de esfuerzo máximo y desmesurado dedicado a mis estudios, he tenido crisis en las que me he planteado si aquello merecía la pena. Los sobresalientes, no por meras calificaciones, sino por recompensa directa a indiscutible y socialmente reconocible a mi esfuerzo respondían a la pregunta afirmativamente: sí, sí merecía la pena. Merecía, en pasado. No digo que ahora no la merezca, pero con doce, trece o catorce años el horizonte de una chica como yo no puede ir más lejos de ese sobresaliente. Ahora sí. Y ahora no quiero un sobresaliente. Quiero aprender y enriquecerme, que no siempre es sinónimo de sobresaliente. Me siento a estudiar y se me va la cabeza a Berlín, o a Croacia, y me pregunto qué hago que no he dejado todo esto y me he ido por ahí a viajar y a conocer mundo por mi cuenta. Oh, qué tópica y típica. Mi padre me contaba el sábado pasado que la explicación más puramente lógica y científica que se da a la cuestión de la conciencia es que todos somos la misma conciencia, la conciencia de la primera célula que decidió multiplicarse y reproducirse hace miles y miles de millones de años para que nosotros apareciéramos hace tan poquito. La misma conciencia compartida que cuando muere vuelve a la tierra y se convierte en materia fértil o inerte, en cualquier caso inmortal, que de alguna manera volverá a ser parte de otra persona. Así que todos somos tópicos y típicos, que nadie me lo recrimine: somos la misma persona. Dejadme ser idealista.
El caso es que yo me pregunto qué hago aquí estudiando-que no siempre es sinónimo de aprendiendo- y no hablando con algún desconocido que acabe de conocer en la otra punta del mundo. Y si estuviera en la otra punta del mundo miraría con cierta frustración a aquellos que conozca y no se hayan abandonado a sus primer impulsos como yo y ahora disfruten de la merecida recompensa que le ha dado una vida de sacrificio personal para desarrollar una carrera profesional brillante. Pero claro, para eso hay que querer un futuro laboral brillante, quererlo y valorarlo. Y yo no sé qué valoro. Me imagino que habrá que encontrar el equilibrio, el dichoso equilibrio. Pero es que a mi no se me da bien ser una persona equilibrada. Cuando lo consigo soy muy feliz, y muy estable, pero poco a poco decido que lo mejor es vivir la vida con intensidad y doy una espantada hacia alguno de los dos extremos que son en mi vida el enclaustramiento y la vida canalla. Sé que debería centrarme, y volverme una persona equilibrada. Y de paso dejar de exigirme estupideces como esta. Y también sé que nadie estará leyendo este texto a estas alturas, porque es soberanamente aburrido, y debería escribir cosas más interesantes y divertidas, como la alegría incomesurable que me desborda por el resultado de las elecciones americanas. Lo sé de sobra, pero no lo hago. Porque no me da la gana.
Hoy la echo de menos por primera vez. Claro que ya me había dado cuenta de que no estaba, pero hoy además me he dado cuenta de que no volverá. No quiero hablar de ella en pasado, pero no me queda más remedio. Y se me clava una punzada en el costado cada vez que tengo que hacerlo. Y además, por si eso fuera poco,tengo que ir a clase, y atender a profesores hablando de cosas irrelevantes, y contestar a los que me preguntan qué tal está mi madre al verme de nuevo por la universidad, y recuperar trabajo atrasado, y hacer la compra, y limpiar la cocina, y mi cuarto, y la ropa, y comprar calcetines porque no tengo, y andar por la calle mojándome de lluvia porque me han robado el paraguas, y cocinar, y muchas otras cosas, y todo, todo absolutamente se me hace infinitamente difícil hoy.