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La indiferencia que todo lo devasta.

Hace un año recibía al 2008 aparentemente resignada, pero esencialmente entusiasmada, o eso se puede leer entre líneas en lo que escribí hace más de un año. No esperaba nada del año, decía, pero luego enumeraba todo lo que esperaba encontrarme en mis trescientos sesentaycinco (un día más, en realidad, pues era año bisiesto…) días nuevecitos, y aunque no lo hiciera a propósito, había instaladas en aquellas líneas un optimismo y una emoción que ahora me sorprenden. Tenía la sensación de estar estrenando un regalo, creo, aunque fuera un regalo que no había pedido y que no me hacía especial ilusión, pero al menos eran mis días, eran nuevos y eran míos, y podía hacer con ellos lo que quisiera, que no es poco.

Este primero de enero ha sido diferente a todos los demás, por lo que leo en la entrada de hace un año. Yo diría que llovía el primer día de este 2009, y en cualquier caso no recuerdo haber visto esa pálida luz fluorescente de la que ni me acordé. Salí casi por obligación dos horas de casa y volví para acostarme todo lo temprano que pude, y a la mañana siguiente no me levanté de la cama hasta que hacía horas que el concierto de año nuevo se había terminado. No he imaginado ningún propósito para este año-nunca los hago, aunque siempre trato de imaginar alguno que me convenza-, ni tampoco he sentido el cosquilleo involuntario en la boca del estómago cuando oigo sonar los cuartos del reloj de la Puerta del Sol desde la televisión. No he tenido conciencia de estar triste, ni alegre, tal vez un poco melancólica, no me he acordado de mi madre con amargura, no he hecho un esfuerzo por no rememorar otras nocheviejas, ni todo lo contrario. El año se ha ido y ha empezado otro y yo nunca podré haber dicho de manera más acertada que me ha sido totalmente indiferente.

Un ejército invade una región y la asola alegando fines defensivos. Resulta que en el mundo hay organismos internacionales que reciben mucho dinero y atención que no saben qué opinar al respecto. Tienen sus ejércitos que solamente utilizan en “misiones humanitarias”, y solamente intervienen militarmente cuando consideran que es necesario, porque hay guerras buenas, y guerras malas. En el fondo es su forma de decir que les es del todo indiferente quiénes bombardeen a quién, a no ser que los bombardeados sean ellos. O no vale ninguna guerra, o valen todas. Y si vale una, desde luego que valen todas, y lo que no tiene ningún tipo de validez son las organizaciones que tratan de promover la paz a nivel internacional distinguiendo guerras y guerras, quedándose paradas ante la mayoría de ellas.

Yo tengo exámenes dentro de poco y por primera vez en mi vida no he estudiado nada a quince días del comienzo, ni me veo con fuerzas de empezar a hacerlo próximamente. Todo me es indiferente y no sé si quiero hacer algo con estos trescientos sesentaycinco días nuevos que de pronto se me aparecen, pero que este año no son míos.  Vivo en un presente continuo, llano y templado en el que los sobresaltos, buenos o malos, son anécdotas que se van quedando enterradas muy atrás, muy lejos.  No sé si aprenderé nada de esto, y tampoco me interesa: me es indiferente. Sé que afuera hay una guerra y que los que están alrededor no escuchan, porque también les es indiferente, como la indiferencia  de los otros que se me acercan y alejan a diario me hace también ajena a ellos. Pero más indiferente es para los que están en la guerra aquello que sucede a los que están fuera de ella, y si nadie rompe ese absurdo juego de espejos termina siempre por suceder lo mismo: que la indiferencia, callada y corrosiva, se extiende inexorablemente, devastando todo aquello que encuentra a su paso.

Gato

¿¿Alguna vez os he dicho lo mucho que deseo tener un gato??

Quotation marks

Llevo tiempo queriendo escribir con alguna excusa las siguientes conversaciones (o extractos de ellas) que me han resultado especialmente divertidas, pero como no encuentro la excusa he decidido contar tres, así, sin más, por orden totalmente aleatorio:

Pavlo y sus títulos inventados.

Pavlo: - Ah, sí, como la película esa, ¿cómo se llamaba? “Grita, grita” (alzando mucho el tono de voz)
Yo:-”¿Cuál?”
Pavlo: - No, mentira, se llamaba… “Pájaro, Pájaro” (gesticulando con las manos como si me tirara un pájaro a la cara), ¿¿no??
Yo:- ¿¿”Ladybird, Ladybird”??
Pavlo: -¡¡¡ESA!!!

Poco a poco mi destreza para descifrar lo que Pavlo quiere decir cuando se inventa un título se fue desarrollando hasta llegar a momentos como el siguiente, en el que si alguien hubiera oído la conversación probablemente habría pensado que pasamos demasiado tiempo juntos…

Pavlo: - Tenemos que ver una serie que me han recomendado… se llama “Mi primo Peter”… o “Mi hermano Thomas”. Algo así.
Yo: (sin dudarlo) - ¿Te refieres a “Cómo conocí a vuestra madre”?
Pavlo: -Sí, esa.
Yo: - Empiezo a preocuparme…

Mi padre y su “fina” ironía:

Con mi padre en el coche. El locutor de Radio 5 en una cuña hablando sobre un tenor recientemente fallecido y alabando su voz de forma alarmantemente rimbobante y totalmente irreproducible aquí. En los segundos que pasan desde que deja su pomposa elegía hasta que empieza a sonar la interpretación de dicho tenor, mi padre y yo callamos aturdidos ante el semejante alud de palabrería ridícula que acaba de venírsenos encima. Como sé que los dos estamos pensando lo mismo, me atrevo a hablar:

Yo: - Hay que ver las cosas que dice este hombre…
Mi padre: - Sí…
Yo: -¿Qué será eso que ha dicho de “la pasta baritonal”?
Mi padre: - Pues no sé. Será lo mismo que la pasta de boniato, que yo todavía no he logrado averiguar lo que es…

Mi padre comprándome un reloj nuevo en El Corte Inglés:

Mi padre:-Señorita, ¿y está usted segura de que esto es cristal de zafiro y no de cuarzo?
Señorita:- Segura, segura, segura… vamos, palabrita del niño Jesús…
Mi padre:-Ah, bueno, si me lo jura por el niño Jesús, entonces…
Señorita (obviando la mofa):- Que sí, que es muy bueno este reloj. Y mire, es sumergible a 50m y aguanta una presión de 10 atmósferas…
Mi padre me mira entusiasmado y exclama con ironía: - ¡¡Oh, qué maravilla, Paula!! ¡¡¡Si hasta lo puedes meter en la olla exprés!!!

Lo que no entiendo es cómo la dependienta en cuestión no llamó a seguridad para que se lo llevaran, y al final hasta logró vendernos el reloj en cuestión…

Los pájaros piando.

Antonio Gómez Ramos nos intenta explicar en otra de sus maravillosas clases qué es el yo. Yo (por nombrarme de alguna manera, aunque después de esa clase ya no sé muy bien qué es exactamente mi “yo”) no le atiendo mucho, me resuena en la cabeza el piar de los pájaros en el patio del rectorado. A las 12 hemos parado para guardar un minuto de silencio en recuerdo del empresario asesinado ayer por ETA. Yo tenía frío, hundía la nariz en mi bufanda, metía las manos en los bolsillos de mi abrigo, y miraba fijamente al suelo. El cielo estaba gris y lloviznaba de forma casi imperceptible, pero los pájaros piaban. Me he acordado del funeral de mi madre, de cómo a mi me pareció que el sol brillaba especialmente y de alguna manera me consoló pensar que la enterrábamos en un día bonito. Los pájaros piaban y era mediodía cuando ante una multitud silenciosa tres o cuatro enterradores metieron su ataud en un agujero en el suelo, y mi tía decidió rezar un padrenuestro en voz alta cuando terminaron. A mi me hubiera gustado aplaudir, pero no me atreví. Aplaudir a mi madre por ser la mujer valiente y llena de coraje y fuerzas que fue, pero no lo hice. Qué más da, pensé esta mañana en el patio.

La multitud silenciosa dejó que se oyera el piar de los pájaros, y no pude evitar pensar que eran los mismos que piaban cuando enterraron a mi madre. Al finalizar el minuto de silencio la gente ha aplaudido espontáneamente y he sentido que ese aplauso tenía más sentido para mí que para ningún otro. Hemos vuelto al aula y Antonio Gómez ha empezado a intentar explicarnos que era el yo, y yo, el yo Paula, se iba hundiendo cada vez más en su asiento del final de la clase. Antonio es un profesor que me provoca cierta ternura, es un tipo grandote y algo introvertido, no se sabe si por timidez o porque tiene un carácter algo seco. Pero es amable y considerado, y parece de los pocos profesores sensatos que además, sorprendentemente, recuerda los nombres de todos y cada uno de sus alumnos y lo que le han comentado en clase hace dos o tres semanas. Normalmente sus clases me entusiasman, intento participar en ellas, pero hoy sólo quería que acabara cuanto antes. Antonio nos ha puesto como ejemplo qué halla él cuando intenta encontrar su yo, lo que hay dentro de su mente, y dentro de su yo, por este orden (si mal no recuerdo) hay lo siguiente: la conciencia de que tiene que ir al supermercado tras las clases, una cierta tristeza, el recuerdo de su amigo, la pregunta de cuánto dinero le quedará en el banco.

La cierta tristeza de mi profesor me viene rondando desde entonces. Probablemente (y seguramente) sea una cierta tristeza ficticia, un simple ejemplo que esperaba que todos olvidáramos, pero a mi esas tres palabras me han despertado en mitad de la clase y me recuerdan todo el tiempo que Antonio, el profesor filósofo al que casi he idolatrado, como a dos o tres más, también es persona. Que en su gesto tan sereno y naturalmente decaído pueda haber algo de tristeza real como la que yo sentía desde el fondo de la clase se me ha hecho demasiado extraño, demasiado sorprendente. Sobre todo porque parecía igual de relevante que la compra por hacer o el dinero que hay en el banco. Tan cotidiana y habitual como esas cosas. No quiero que este blog se convierta en el espacio en el que reflexione sobre lo triste que es la vida y lo difícil que es superar la pérdida a la que no sé muy bien cómo enfrentarme, y este post no va de eso. Va de cómo de manera totalmente involuntaria-creo- mi profesor se ha olvidado de esterilizar sus ejemplos para convertirlos en lo que deben ser, neutrales e intercambiables, y ha dejado que una parte significativa de su “yo”, el yo que no hallábamos, trascienda a sus alumnos. Seguramente toda esta reflexión no es más que fruto de la sensiblería y el romanticismo con los que me aproximo a los buenos profesores habitualmente, y la tristeza mencionada no existe, ni su desconocido amigo tampoco, y el super y el banco eran dos de esos ejemplos neutrales e intercambiables académicamente correcto. Y debería terminar este escrito con algún “pero” final, para decir que tal vez sí, tal vez esté triste y yo sea la única en el mundo en ese aula que lo haya notado, y por eso a estas alturas de la tarde todavía no lo he olvidado, pero de sobra sé que no es así. Lo que sí puedo decir, y de eso estoy segura, es que en cuestión de meses se me habrá olvidado qué decía Heidegger sobre el yo, pero me acordaré de que Antonio dejó caer en clase que sentía cierta tristeza, y eso hizo que se callaran los pájaros en mi cabeza.

100 Movie Spoilers in 5 Minutes

A pesar de que la broma sobre Heath Ledger es totalmente inaceptable, el momento “Jesus Dies!!! Daaa??” no tiene precio. Qué cinco minutos de descanso en la biblioteca tan gloriosos.

Mis bragas, el olvido y ella.


Tiendo la ropa lenta y cuidadosamente en las cuerdas del patio de mi edificio a pesar del frío polar que se ha instalado en Madrid estos días. Coloco pulcramente tres pinzas en el borde de cada braguita: me aterra que una repentina tormenta las azote y las haga caer al fondo del patio. Cuando tiendo unas de color amarillo con rayas verdes, me doy cuenta de que se les ha deshilachado un poco la costura de la cinturilla, y con la pinza en la mano pienso que sería mejor tirarlas y comprarme unas nuevas en vez de tomarme la molestia de tenderlas, recogerlas y usarlas otra vez más, con el borde así, deshilachado.

Este pensamiento dura una fracción de segundo y es rápidamente interrumpido por otro que hace que decida colocar en ellas también tres pinzas. Esas bragas me las compró mi madre.

No sólo me las compró mi madre, sino que me las envió, junto con otras dos, en un paquete desde Sevilla hasta Madrid tras haberle dicho dos semanas por teléfono que estaba en el centro comprándome ropa interior. No me hacían falta, pero ella se fue al Corte Inglés y me compró las tres braguitas que más le gustaron. Cuando las recibí me preguntó ilusionada que si me gustaban e insistió muchas veces en lo monísimas que eran. Me pidió que me las probara cuanto antes para comprobar que la talla era la correcta, y si no lo era, que se las enviara de vuelta para que me las descambiara por unas de mi talla. Unas (no las que estaba tendiendo) me estaban grandes, pero no le dije nada. ¡Eran sólo unas bragas!

No es que quiera conservar eternamente todo lo relacionado con mi madre, no hay más que ver las decenas de bolsas de basura llenas de recuerdos en potencia que tiré casi sin analizar desde cuatro días después de su muerte, pero es que estas bragas me recordaron algo. Eran sólo bragas, y mi madre me las dio como si fueran un tesoro. Los que me conocéis sabéis que mi madre era poco dada a regalar y que todo, absolutamente todo lo que me compraba, aunque fueran bragas, me lo entregaba en calidad de regalo que me concedía como un capricho que debía cuidar y valorar enormemente. A mi me molestaba sobremanera esta actitud, y recuerdo que las pasadas navidades, tras comprarme dos pares de vaqueros para sustituir a otros ya rotos, me dijo: “¡menudo regalo te he hecho!” y yo no pude reprimirme y le contesté irónicamente: “¡sí! ¡y también me ha gustado mucho la comida que me has regalado esta mediodía, gracias!”. Eran productos de primera necesidad, no caprichos.

Sin embargo, y en el tiempo que pasó desde entonces, comencé a comprender su actitud. Mi madre no sólo quería que valorara los objetos por su valor en sí (son sólo bragas, pero eso no quita que tengas que cuidarlas, hay gente que no tiene ni eso…), sino que quería transmitirme, con cada uno de ellos, desde el pan que compraba para que desayunara los fines de semana hasta los pendientes de perlas que me regaló cuando terminé el colegio, lo mucho que me quería. Hace dos o tres semanas le compré a Pablo un “regalo” que lo mantuvo intrigado durante el tiempo que tardé en dárselo, siempre que nos veíamos se me olvidaba. Era un portaminas que me había costado poco más de un euro, pero él llevaba pidiéndome uno un mes. Y cuando se lo di se rio y puso cara de ilusionado, comprendiendo la broma, siguiéndome el juego. Yo había empezado a seguirle el juego a mi madre con aquellas bragas de rayas amarillas y verdes. La ilusión que le provocaba a ella “regalármelas” era infinitamente mayor que la que me hacía a mí recibirlas, pero nada comparable al disfrute de saberme cómplice de aquel teatro.

Bien se merecen otra puesta, pero tarde o temprano tendré que tirarlas. Y así uno a uno los objetos que irán desapareciendo y empujándola un poquito más hacia el olvido. Llevo puesto siempre un brillante que mi padre le regaló, que, ya se sabe, es para toda la vida. Pero es frío y no tiene la calidez de las cosas cotidianas que son las que más me conectan a ella, curiosamente casi todo es ropa. Y aun así me aterra perder este anillo. Anoche soñé que me lo robaban en el metro de París y que me recorría todos los suburbios más peligrosos tratando de encontrar al ladrón que me lo había arrebatado para recomprárselo. No quería venganza, no quería denunciarlo, sólo recuperarlo de la forma más pacífica posible, aunque no fuera la más justa. Echo de menos a mi madre, pero no me siento frustrada por su pérdida, no siento rabia, no busco culpables invisibles en los que focalizar mi angustia. Me gustaría que regresara y cada vez me cuesta más hacerme a la idea de que no va a ser así. Tendré que acostumbrarme a su ausencia y continuar con mi vida, tarde o temprano tiraré las bragas, pero me aterra que un día se me caiga el anillo al mar y no poder recuperarlo. No quiero olvidarme de ella.

Porque no me da la gana.

Sé que no debería abusar tanto de las lentillas. Debería, en un día como hoy, quitármelas ahora que son las 21:22 y que las llevo puestas desde las 8 de la mañana. Tarde o temprano este abuso me pasará factura, ya me lo han dicho muchas (muchísimas) veces. Sé que no debería encender el ordenador compulsivamente cada vez que llego a casa y perder media hora, como mínimo, haciendo nada antes de hacer “algo”. Lo que sea. Sé que no debería hablar tanto en una conversación, tal vez aprender a escuchar más, ser menos impulsiva, menos vehemente, menos pesada, en definitiva. Sé que no es buena idea no mirar el extracto de la cuenta hasta que el cajero se niegue a darme billetitos cuando más falta me hacen. Sé que debería acostarme más temprano, doblar la ropa con más cuidado, no meter papelitos inútiles en el bolso y dejarlos ahí hasta que prácticamente se descompongan.  Y lo sigo haciendo. Ya, el “sólo se vive una vez” suena demasiado tópico, pero es que es así. Transgredir mis propios deberes es mi personal terreno donde explayar mi libertad todo lo ancha y larga que es, una de mis pocas oportunidades de decirme a mí misma: “y no lo hago porque no me da la gana.” Y sonreírme por poder decirlo con todo mi derecho.

El año pasado en Londres invertí mi ritmo de vida totalmente. Comía mal y a deshoras, trasnochaba por sistema,no renunciaba a ninguna juerga,  leía poco o casi nada, pensaba poco o casi nada, y me preocupaba poco, o casi nada. Y era muy feliz. Durante toda mi vida, en los momentos de esfuerzo máximo y desmesurado dedicado a mis estudios, he tenido crisis en las que me he planteado si aquello merecía la pena. Los sobresalientes, no por meras calificaciones, sino por recompensa directa a indiscutible y socialmente reconocible a mi esfuerzo respondían a la pregunta afirmativamente: sí, sí merecía la pena. Merecía, en pasado. No digo que ahora no la merezca, pero con doce, trece o catorce años el horizonte de una chica como yo no puede ir más lejos de ese sobresaliente. Ahora sí. Y ahora no quiero un sobresaliente. Quiero aprender y enriquecerme, que no siempre es sinónimo de sobresaliente. Me siento a estudiar y se me va la cabeza a Berlín, o a Croacia, y me pregunto qué hago que no he dejado todo esto y me he ido por ahí a viajar y a conocer mundo por mi cuenta. Oh, qué tópica y típica. Mi padre me contaba el sábado pasado que la explicación más puramente lógica y científica que se da a la cuestión de la conciencia es que todos somos la misma conciencia, la conciencia de la primera célula que decidió multiplicarse y reproducirse hace miles y miles de millones de años para que nosotros apareciéramos hace tan poquito. La misma conciencia compartida que cuando muere vuelve a la tierra y se convierte en materia fértil o inerte, en cualquier caso inmortal, que de alguna manera volverá a ser parte de otra persona. Así que todos somos tópicos y típicos, que nadie me lo recrimine: somos la misma persona. Dejadme ser idealista.

El caso es que yo me pregunto qué hago aquí estudiando-que no siempre es sinónimo de aprendiendo- y no hablando con algún desconocido que acabe de conocer en la otra punta del mundo. Y si estuviera en la otra punta del mundo miraría con cierta frustración a aquellos que conozca y no se hayan abandonado a sus primer impulsos como yo y ahora disfruten de la merecida recompensa que le ha dado una vida de sacrificio personal para desarrollar una carrera profesional brillante. Pero claro, para eso hay que querer un futuro laboral brillante, quererlo y valorarlo. Y yo no sé qué valoro. Me imagino que habrá que encontrar el equilibrio, el dichoso equilibrio. Pero es que a mi no se me da bien ser una persona equilibrada. Cuando lo consigo soy muy feliz, y muy estable, pero poco a poco decido que lo mejor es vivir la vida con intensidad y doy una espantada hacia alguno de los dos extremos que son en mi vida el enclaustramiento y la vida canalla. Sé que debería centrarme, y volverme una persona equilibrada. Y de paso dejar de exigirme estupideces como esta. Y también sé que nadie estará leyendo este texto a estas alturas, porque es soberanamente aburrido, y debería escribir cosas más interesantes y divertidas, como la alegría incomesurable que me desborda por el resultado de las elecciones americanas. Lo sé de sobra, pero no lo hago. Porque no me da la gana.

Hoy

Hoy la echo de menos por primera vez. Claro que ya me había dado cuenta de que no estaba, pero hoy además me he dado cuenta de que no volverá. No quiero hablar de ella en pasado, pero no me queda más remedio. Y se me clava una punzada en el costado cada vez que tengo que hacerlo. Y además, por si eso fuera poco,tengo que ir a clase, y atender a profesores hablando de cosas irrelevantes, y contestar a los que me preguntan qué tal está mi madre al verme de nuevo por la universidad, y recuperar trabajo atrasado, y hacer la compra, y limpiar la cocina, y mi cuarto, y la ropa, y comprar calcetines porque no tengo, y andar por la calle mojándome de lluvia porque me han robado el paraguas, y cocinar, y muchas otras cosas, y todo, todo absolutamente se me hace infinitamente difícil hoy.

Trash the dress.

¿Alguien me regala un vestido de novia y un billete a Nueva York?


Frances + James TTD - Times Square + Coney Island from StillMotion on Vimeo.

La muerte no es nada

David, belga que conocí en Londres, con el que en poco tiempo entablé una relación de amistad bastante sólida, que se vino a Berlín conmigo y cuyo padre murió de cáncer el año pasado, me ha estado apoyando y guiando en mi experiencia con la muerte de mi madre. La semana pasada me envió este hermoso poema que a él le ayudó en su momento, esperando que me sirviera a mi también, y acertó:

L’amour ne disparaît jamais
La mort n’est rien.
Je suis seulement passé dans la pièce à côté.
Je suis Moi et tu es Toi.
Ce que nous étions l’un pour l’autre, nous le sommes toujours
Donnes-moi le nom que tu m’as toujours donné,
Parles-moi comme tu l’as toujours fait
N’emploie pas un ton différent,
Ne prends pas un air solennel ou triste.
Continue à rire de ce qui nous faisait rire ensemble.
Prie, souris, pense à moi, prie pour moi.
Que mon nom soit prononcé à la maison comme il l’a toujours été,
Sans emphase d’aucune sorte,
Sans une trace d’ombre.
La Vie signifie ce qu’e lle a toujours signifié.
Elle est ce qu’elle a toujours été.
Le fil n’est pas coupé.
Pourquoi serais-je hors de ta pensée
Parce que je suis hors de ta Vie?
Je t’attends.
Je ne suis pas loin,
Juste de l’autre côté du chemin.
Tu vois, tout est bien

- Charles Péguy -

PD: Muchas gracias a todos los que os habéis puesto en contacto conmigo para apoyarme y ofrecerme vuestra ayuda. Os lo agradezco de veras, de corazón.

Hoy

Hoy había puesto el despertador a las 8.30 con la idea de ir a comprar manuales para ir leyendo en el hospital. Como me daba pereza, decidí cuando sonó posponerlo a las 9.30, pero no le dio tiempo a sonar. A las 9.27 mi padre me llamaba y me decía que habían tenido que sedar del todo a mi madre, pero que todavía estaba despierta, que llamara a mi hermano y fuera al hospital cuanto antes para poder verla antes de que se durmiera definitivamente. Llamé a Pavlo y lloré un poco,me vestí con lo primero que pillé, sin ducharme, y me puse a rebuscar en mis cajones como loca en busca de una cajita de sumial que me ayudara a comunicarle a mi hermano lo que él no sabía: que una vez que se durmiera ya no iba a despertarse nunca, y que esa sería su última oportunidad de verla despierta, y que por eso tenía que darse prisa. No la encontré, pero en el armarito de las medicinas estaba la caja de yurelax caducada que hace cinco años compré para tratar una tendinitis y que terminé usando como somnífero de aficcionado. No lo dudo: me tomo dos cápsulas sin leer el prospecto, en ayunas, y salgo disparada hacia el hospital. Mi perro se escapa y tras 10 minutos dando vueltas por la urbanización decido irme y dejarlo en la calle: que lo meta mi hermano.

Por el camino siento que si mi hermano no llega a ver a mi madre consciente por mi culpa no me lo perdonaría nunca, y debato interiormente  sobre si debería volver o no, aunque luego decido que es mejor que mi madre vea al menos a uno de sus hijos antes de dormirse que no ver a ninguno de los dos. Llego al hospital, todo silencioso tan pronto, y nada más abrir la puerta de su habitación se me tira a la cara el ruido del aerosol que le han conectado para que respire, y mucho peor, los gemidos que emite cada vez que exhala, que se elevan por encima de todo ese barullo. “No te ve, pero te oye”, me informa Teresa, y me siento a su lado, le cojo la mano, y le digo que estoy allí. Mece ligeramente la cabeza con los ojos entreabiertos en lo que yo considero una respuesta, y sigue gimiendo un buen rato. El yurelax me empieza a hacer efecto y empiezo a notar cómo se me baja la tensión, y aun sentada me flaquean las piernas. Mi padre está detrás de mi y a mi me tiembla la barbilla, pero no quiero llorar. Se levanta un momento, justo cuando Teresa se sitúa fuera de mi vista, y empiezan a caerme las lágrimas. No puedo más, bajo a por un zumo porque creo que me voy a desmayar. Me tomo el zumo en el sofá, mirando a mi madre desde allí, y creo que me quedo dormida unos minutos. Mi padre se sienta a mi lado y ojeo el periódico durante ese ratito. Voy al baño y en ese momento entra mi hermano, que cuando me ve salir con ojos llorosos me mira muy alarmado y sorprendido con la boca abierta: se acaba de dar cuenta de que aquí pasa algo grave, y está desconcertado. Le digo que se siente a su lado y le diga que está aquí, y lo hace, tímido. Creo que me voy a desmayar, así que bajo a comer algo.

No me entra media palmera de chocolate pero me la como entera. Mi hermano está abajo con un familiar que ha venido hoy de casualidad (el primero que viene en dos semanas). Subo a la habitación y me siento con Teresa en el sofá. Mi madre respira cada vez más suavemente y mi padre está fuera hablando por teléfono. Teresa se levanta,y le quita la sortija de esmeraldas y diamantes que se compró en su luna de miel en Singapur y el solitario de brillante que mi padre le regaló por su cincuentaydos cumpleaños, sin que yo la vea. Cuando me los da me enfado con ella por ser tan funesta: me ha molestado que adelante acontecimientos de esa manera, a mi madre le quedan tres o cuatro días más mínimo, ha dicho el médico, pero ella me dice: “No madre, no, no ves que yo he estado con muchos muertos….” y empieza a contarme historietas cuchicheando. Yo no muevo la vista de mi madre, cuyas exhalaciones son cada vez más espaciadas. De pronto, con Teresa sin parar de cuchichear de fondo, veo cómo mi madre gira la cabeza 180 grados hacia mi(hace diez minutos no podía ni mover un dedo por voluntad propia) y abre los ojos de par en par, fijándose en mi. Yo no acierto a decir nada, sólo golpeo a Teresa en el brazo para que se calle pero no me hace caso, a mi me da igual, yo no la oigo. Mi madre me mira con unos ojos negros, saltones, de mirada opaca y estática durante unos pocos segundos que yo ya sé que serán de los más largos de mi vida. Me levanto del sofá sin oir nada a mi alrededor, abro la puerta de habitación para encontrarme con mi padre pegado al teléfono frente a mí y sólo le digo: “Mamá”, y mecánicamente llego hasta el mostrador de las enfermeras para decirle a una que mi madre ha dejado de respirar. Vuelvo a la habitación donde la misa enfermera le toma el pulso y nos dice que todavía respira y tiene pulso, pero yo le cojo el pie con la sábana por medio y lo noto helado. Teresa le tiene los ojos cerrados con la mano extendida sobre los párpados, y entonces llegan tres enfermeras cargadas de maquinitas y nos piden que nos vayamos. Me siento en un sofá del lobby y llamo a mi tía Inma tal y como me pide Teresa, para decirle que mi madre ha dejado de respirar, pero que luego respiraba, que ahora había unas enfermeras, y que no sé, que no sé si ya o si no, que no sé, y se me quiebra la voz y lloro sin que ella me oiga ella me dice que ya viene, y yo cuelgo sin tener fuerzas para levantarme y entrar en la habitación una vez he visto a las tres enfermeras salir con la cabeza baja. Me seco las lágrimas, respiro hondo y entro en la habitación. Ya no hay ruido de ventiladores ni aerosoles ni mi madre tiene cables metidos por todo el cuerpo ni gime ni se ahoga al entrar respirar.Yo diría que estaba dormida, y descansando por fin, y aunque sabía que no lo estaba, que ella ya no lo sentiría, me he inclinado sobre ella y le he dado un beso en el brazo y otro en la mejilla, suaves y calientes como si aun estuviera viva.

A esto lo llamo yo tacto

Pepa. dice:
hoy no tienes clase??
Paula dice:
estoy en sevilla
Paula dice:
está mi madre en el hospital
Pepa. dice:
joder
Pepa. dice:
está muy jodida??

Y ella que lo hace con su mejor intención. A lo mejor estoy hipersensible yo.

Pearl Harbor

El comandante a sus fornidos aviadores:

-”Gentlemen, we are now goin’ to Tokio. And we’re gonna bomb it!!”

- “Yaayyyyy!!”(Fervoroso júbilo y regocijo de los pilotos)

Sin comentarios.

Relajarse

Prometí ser fiel a mi blog y aquí estoy, intentando cumplirlo. En su momento me hubiera gustado escribir sobre la carrera nocturna pero ya se me ha pasado la emoción, aunque podéis leer algo aquí.Ahora vengo a hablaros de algo totalmente distinto: mi regalo de cumpleaños.

Este año, como regalo de cumpleaños, allá por junio, Pavlo me regaló Persépolis, de Marjane Satrapj, en francés. Al abrirlo para ojearlo con un crêpe por delante en la Crêperie des Artes, en París, me encontré un sobre negro muy elegante que contenía un vale por un “Recorrido Relajante” en un Spa que está en la calle Barquillo, en Chueca. Aunque me hizo muchísima ilusión en su momento, no tuve oportunidad de usarlo hasta ayer, y cuento mi experiencia en el spa, según las fases del recorrido:

-Oxigenoterapia: Esto es una pijada que por lo visto está de moda entre todo lo mejor de cada casa. Consiste básicamente, en darle al cuerpo una dosis extra de oxígeno que acelera la regeneración celular generando bienestar físico y por lo visto haciendo que estés más guapa. Tras cambiarme y ponerme el albornoz y las zapatillas que me habían dejado en el vestuario, me dirijo por un pasillo en penumbra y adornado con velas a una sala en la que hay cuatro tumbonas en las que los pies quedaban en una posición más elevada que la cabeza, y me tumbo en una de ellas como me indica la chica que me atiende. Me proporciona un tubito con dos agujeros (ni idea de cómo se llama eso) que está conectado a una bombona de oxígeno en la pared,me lo ajusta, y me deja allí tumbada un buen rato. Durante ese tiempo me dedico a mirar la pared de la sala en la que se refleja el agua de una fuente, a escuchar la música chill-out que suena en la penumbra y a oler el incienso. No noto nada especial y cuando ya empiezo a pensar que esto del oxígeno es un timo noto un ligero cosquilleo en los pies y empiezo a atontarme más de la cuenta. Justo en ese momento vuelve la chica y me dice que me levante despacio y la acompañe.

-Baño turco y ducha de contraste: Salgo de la sala de oxigenoterapia y bajo unas escaleras hasta llegar al baño turco. Todo en penumbra, con velas, incienso y música chill out. El baño turco me encanta (siempre me han gustado), porque además tiene un montón de diminutas bombillitas en el techo que cambian de color suavemente, haciéndolo aún más relajante, y una pared acristalada en la que se ven desde detrás del vaho las velas que hay en la terma colindante. Del baño turco salgo un par de veces para usar la ducha de contraste, que está justo entre la terma y el baño y consiste en tres chorros a presión  que cambian de temperatura helada a hirviente en tiempo récord dirigidos al cuello y los hombros. La segunda vez que me ducho y vuelvo al baño turco me quedo atontada (yo juraría que hasta tenía la boca abierta) mirando las lucecitas del techo, hasta que alguien da dos golpecitos en mi puerta.

-Terma de hidromasaje: salgo y no hay nadie, pero veo que en la terma se han puesto en marcha dos cascadas y dos asientos de hidromasaje. Me meto en el agua, que está tibia, y me relajo usando las cascadas para masajearme los hombros y los sillones de hidromasaje para activar la circulación en todo el cuerpo. La terma es igual que el resto del spa, pero tiene además las paredes de piedra. De vez en cuando nado un poco, ya que es bastante grande y estoy sola. Cuando ya empiezo a aburrirme y a arrugarme más de la cuenta baja otra chica que desactiva el hidromasaje y me pide que la acompañe.

-Masaje completo: Mi parte preferida.  Vuelvo a la planta de arriba y mi masajista me pide que me tumbe boca abajo y me quite el albornoz. Regresa y se disculpa porque la música parece que no funciona en esa sala, pero yo oigo la del resto del spa y no me importa. Me hace gracia porque está todo cuidado al máximo detalle: cuando meto la cabeza en el agujero de la mesa de masaje veo que justo debajo han colocado un jardín zen para que tenga algo bonito que mirar. El masaje es alucinante. Aunque me toca un poco las contracturas de la espalda, no se entretiene demasiado, lo justo para relajarme pero sin que me duela, no como cuando voy al fisio. Después me masajea los dos brazos, y las dos piernas. Lo de las piernas me encantó porque nunca me habían dado un masaje en las piernas y me relajó bastante los gemelos (que los tengo bastante cargados de tanta carrerita). En este momento lo empecé a pasar mal porque estaba tan relajada que era como si me hubieran dado un calmante. Una vez me dijeron que un chute de heroína proporciona una sensación parecida a la que se alcanza con un masaje a cuatro manos durante seis horas, y yo ayer no habría dudado en ese punto si alguien me asegurara que en el baño turco estuve inhalando opio sin saberlo. Intentaba mantenerme despierta pero no podía, y cuando me di cuenta oía a la chica desde muy lejos diciéndome que me diera la vuelta. Obedecí, y mientras empezaba a masajearme el pecho y el cuello me planteé convertirme al budismo o al hinduísmo o a alguna religión cuyos ritos incluyan los masajes relajantes, el incienso y recitar mantras. Siguió masajeándome los brazos, las manos, los dedos (uno a uno, y no es coña), y de nuevo las piernas, y finalmente los pies. Yo estaba muy emocionada pensando en el masaje de cráneo que venía luego cuando me dijo que ya habíamos terminado, y me quedé un poco extrañada. Le pregunté por mi masaje de cráneo y ahora la extrañada era ella. Se fue a preguntar, y volvió y se disculpó diciendo que no se había enterado de que me tocaba un masaje craneal y me había dado un masaje completo largo en vez de un corto (1 hora y media en vez de 1 hora), pero que si quería que otro día que volviera a hacerme otra cosa que me daba un masaje de cráneo también, que en realidad son 10 minutos. A mi me molestó un poco, porque dudo que vuelva a ir a un sitio así (a no ser que alguien me quiera hacer feliz y me regale otro vale), y ahora creo que lo apropiado hubiera sido que me diera el masaje en aquel momento. Pero entonces estaba tan relajada y feliz que me dio exactamente igual, así que me duché en la ducha de diferentes presiones, me vestí, y salí en un estado semicomatoso a la calle, donde me esperaba Pavlo para cenar en el japonés de enfrente.

“Lazy amateur” (¿?)

Alguien que corre 47 kilómetros en menos de cuatro carreras no puede considerarse un “lazy amateur”, ¿verdad?

No sé si expulsarlo del reto o dejarlo ahí para desahogarnos insultándolo cuando no consigamos batir nuestras marcas.