De verdad, que yo abro esta ventana y no sé qué contaros. Terminé en Septiembre el máster y el plan establecido era que me fuera a vivir con Pablo a Madrid y a cursar un máster estupendísimo en el Reina Sofía durante este curso. Pero veía que se acercaba el momento y que no me apetecía, y que cada vez me daban más envidia aquellos compañeros que no tenían ningún plan más allá del 26 de agosto -que era el día que entregábamos la tesina- y estaba harta de estar insatisfecha con mi vida. Así que un domingo por la noche en The Haggerston intentaba aclarar qué hacer con mi futuro a gritos con tres o cuatro de mi clase, entre jazz y cervezas, me volvía a casa en un autobús que a duras penas flotaba en el mar de dudas en el que me hallaba sumida; en menos de veinticuatro horas dejé a Pablo y renuncié al máster, y en menos de setenta y dos había aceptado una beca para irme a la India a partir de enero. A partir de ahí mis días fueron una sucesión frenética de juergas, maratones en el gym y horas en la biblioteca a partes iguales, un viaje espontáneo a Ámsterdam y unos cuantos planes bienintecionados y optimistas para un Septiembre que se iba acercando mientras yo me encontraba cada vez peor sin tener muy claro si lo que había hecho me acercaba o me alejaba de un futuro mejor. De modo que ahora estoy aquí, en Sevilla, a dónde había decidido venirme a reencontrarme con mi padre y reconciliarme con la ciudad y conmigo misma, un poco perdida pero más bien orgullosa de cómo he sabido darle el “no, gracias” a la maravillosa oportunidad para hundirme en la miseria que ha sido el verme de nuevo en el punto de partida del que me fui huyendo, sin metas a corto plazo, sin ocupación, sin amigos, sin novio y con una familia que por mucho que cambien las cosas sigue siendo en el fondo igual de complicada de asimilar. Cuando pensaba que ya no podía más y había resuelto dejarme arrastrar por las circunstancias y darle el portazo a todas mis buenas intenciones y quedarme noche y día en cama como mínimo, alguien me recriminó que no fuera capaz de sostenerme por mí misma y por puro orgullo fui poniéndome en pie yo solita hasta llegar al aquí y al ahora desde el que os escribo. Estoy deseando largarme de Sevilla y no todos mis días son fáciles pero al menos estoy aquí, escribiéndoos. Esta vez he salido haciendo un esfuerzo consciente, por pura cabezonería, sin técnica ni planificación alguna. Y los días se suceden con una rutina más bien laxa que hace que de mediodía en adelante me preocupe más que nada rellenar una soledad que termina cuando me voy a la cama pensando que mañana será otro día. Es la misma idea que a mediados de este curso me hizo plantearme cómo hacen las personas para vivir tantos y tantos años, y a la que sigo sin encontrar respuesta porque, ¿cómo lo hacen, de verdad?.  La mayoría de los días están llenos de situaciones que no nos agradan, empezando por el madrugón de por la mañana, pasando por los problemas del trabajo o las preocupaciones de los estudios, y terminando por algo tan simple como tener que fregar los platos después de la cena. Lo más probable es que entre obligación y obligación no haya más que un relleno gris y anodino que desde luego no hace que vivir merezca la pena. No todos los días son un regalo, y de hecho, rara vez sucede algo que le haga a una vibrar de emoción. Y llegado a un cierto punto las metas a largo plazo desaparecen y las ambiciones se atenúan. La vida no es por lo general emocionante, se nos diga lo que se nos diga. Y habla una que defenderá siempre que lo importante no son los hechos en sí, sino el saber valorarlos en su justa medida, tanto los buenos como los malos.  Ahora mis días están repletos de esa materia gris y anodina y he aprendido a convivir con ella, y el futuro no me aterra y el presente no me angustia. Y a pesar de todo, me lo sigo preguntando, ahora más por curiosidad que por necesidad: ¿cómo hace la gente para vivir tantos madrugones sin decirse que ya basta y tirarlo todo por la borda antes o después?. Decidme, ¿cómo lo hacéis vosotros?