Porque no me da la gana.
Sé que no debería abusar tanto de las lentillas. Debería, en un día como hoy, quitármelas ahora que son las 21:22 y que las llevo puestas desde las 8 de la mañana. Tarde o temprano este abuso me pasará factura, ya me lo han dicho muchas (muchísimas) veces. Sé que no debería encender el ordenador compulsivamente cada vez que llego a casa y perder media hora, como mínimo, haciendo nada antes de hacer “algo”. Lo que sea. Sé que no debería hablar tanto en una conversación, tal vez aprender a escuchar más, ser menos impulsiva, menos vehemente, menos pesada, en definitiva. Sé que no es buena idea no mirar el extracto de la cuenta hasta que el cajero se niegue a darme billetitos cuando más falta me hacen. Sé que debería acostarme más temprano, doblar la ropa con más cuidado, no meter papelitos inútiles en el bolso y dejarlos ahí hasta que prácticamente se descompongan. Y lo sigo haciendo. Ya, el “sólo se vive una vez” suena demasiado tópico, pero es que es así. Transgredir mis propios deberes es mi personal terreno donde explayar mi libertad todo lo ancha y larga que es, una de mis pocas oportunidades de decirme a mí misma: “y no lo hago porque no me da la gana.” Y sonreírme por poder decirlo con todo mi derecho.
El año pasado en Londres invertí mi ritmo de vida totalmente. Comía mal y a deshoras, trasnochaba por sistema,no renunciaba a ninguna juerga, leía poco o casi nada, pensaba poco o casi nada, y me preocupaba poco, o casi nada. Y era muy feliz. Durante toda mi vida, en los momentos de esfuerzo máximo y desmesurado dedicado a mis estudios, he tenido crisis en las que me he planteado si aquello merecía la pena. Los sobresalientes, no por meras calificaciones, sino por recompensa directa a indiscutible y socialmente reconocible a mi esfuerzo respondían a la pregunta afirmativamente: sí, sí merecía la pena. Merecía, en pasado. No digo que ahora no la merezca, pero con doce, trece o catorce años el horizonte de una chica como yo no puede ir más lejos de ese sobresaliente. Ahora sí. Y ahora no quiero un sobresaliente. Quiero aprender y enriquecerme, que no siempre es sinónimo de sobresaliente. Me siento a estudiar y se me va la cabeza a Berlín, o a Croacia, y me pregunto qué hago que no he dejado todo esto y me he ido por ahí a viajar y a conocer mundo por mi cuenta. Oh, qué tópica y típica. Mi padre me contaba el sábado pasado que la explicación más puramente lógica y científica que se da a la cuestión de la conciencia es que todos somos la misma conciencia, la conciencia de la primera célula que decidió multiplicarse y reproducirse hace miles y miles de millones de años para que nosotros apareciéramos hace tan poquito. La misma conciencia compartida que cuando muere vuelve a la tierra y se convierte en materia fértil o inerte, en cualquier caso inmortal, que de alguna manera volverá a ser parte de otra persona. Así que todos somos tópicos y típicos, que nadie me lo recrimine: somos la misma persona. Dejadme ser idealista.
El caso es que yo me pregunto qué hago aquí estudiando-que no siempre es sinónimo de aprendiendo- y no hablando con algún desconocido que acabe de conocer en la otra punta del mundo. Y si estuviera en la otra punta del mundo miraría con cierta frustración a aquellos que conozca y no se hayan abandonado a sus primer impulsos como yo y ahora disfruten de la merecida recompensa que le ha dado una vida de sacrificio personal para desarrollar una carrera profesional brillante. Pero claro, para eso hay que querer un futuro laboral brillante, quererlo y valorarlo. Y yo no sé qué valoro. Me imagino que habrá que encontrar el equilibrio, el dichoso equilibrio. Pero es que a mi no se me da bien ser una persona equilibrada. Cuando lo consigo soy muy feliz, y muy estable, pero poco a poco decido que lo mejor es vivir la vida con intensidad y doy una espantada hacia alguno de los dos extremos que son en mi vida el enclaustramiento y la vida canalla. Sé que debería centrarme, y volverme una persona equilibrada. Y de paso dejar de exigirme estupideces como esta. Y también sé que nadie estará leyendo este texto a estas alturas, porque es soberanamente aburrido, y debería escribir cosas más interesantes y divertidas, como la alegría incomesurable que me desborda por el resultado de las elecciones americanas. Lo sé de sobra, pero no lo hago. Porque no me da la gana.
Este texto no tiene nada de aburrido, que lo sepas. Así que tendrás que fastidiarte porque yo lo he leído y me he sentido identificado con muchas de las ideas que has expuesto
No cambio ni una coma. Tú y yo sí que parecemos haber sido sacados de la misma célula. ¡¡Hermana!!.
Es curioso, yo me siento más o menos así ahora. Tengo las ideas nubladas con los años de carrera que me quedan por delante y los que llevo a la espalda. Estoy un poco bloqueada…
¡O-ba-ma!
Un beso guapa =)
Ya somos unos cuantos los que hemos llegado al final del texto. Y sin ningún esfuerzo. No te acostumbres
Lo mejor es que, salvo en circunstancias muy particulares, siempre hay tiempo para cambiar de rumbo, de aires y de vida, si te pones.
Un besito!
Paula, querida,
Este año no estoy estudiando. No estoy haciendo absolutamente nada y, por qué te iba a engañar, no me hace feliz. Este Lunes probé a escribir unos textos en portugués (escribirlo me cuesta muchísimo) y estuve 3 horas sin pensar en otra cosa. Para mí el tiempo libre es la depresión absoluta. A ti no se te da bien ser una persona equilibrada. Y a mi tampoco. Pero como me den tiempo libre se me dará aún peor.
Lo cierto es que no sé si todos somos tan iguales, cada uno tiene su engranaje y yo necesito mantenerme ocupada para ser feliz.
Sigue haciendo lo que te dé la gana si es el camino que te lleva a la felicidad.
Un besito
P.D: Yo siempre llego al final de tus textos y no me parecen aburridos…