El verano se disuelve en la lluvia tras haber pasado tan sigiloso, tan discreto. Un verano sin apenas sudores, sin sol abrasador, sin dias de aburrimiento interminables.  Sentada en la oficina en sandalias, con los pies frios y contemplando las gotas grises que se dejan caer perezosamente al otro lado de la ventana me invaden la nostalgia y las ganas de escribir. Me pasan los dias por encima y van poco a poco destrozando el sueno de la escritura. Con los anos el cauce de la vida se estrecha y cada vez le caben menos cosas: de modo que es asi como todos y cada uno de los adultos que he ido conociendo a lo largo de mi vida han ido a parar a donde estan, con sus trabajos y sus familias o sin ellos, me digo. De modo que el que quieres ser de mayor carece de valor, de modo que la vida son solo las opciones que nos van quedando en vez de las que vamos eligiendo. Me siento en esta oficina a escuchar musica y escribir solicitudes de empleo y a comer ensalada de un tupperware sin moverme de delante del ordenador y caigo en la cuenta de que la pagina en blanco sobre un escritorio grande en una habitacion solitaria se ha convertido en una mera utopia. En el cauce de mi vida no cabe ya la quietud de la escritura, la taza de te enfriandose mientras suena en alto la musica que yo he elegido solo para mi en una manana de diario. La musica esta condenada a llegarme en auriculares y las letras que produzca no seran las historias que siempre di por hecho que esperaban a que las escribiese. Se me ha ido estrechando la vida y cuando quiero darme cuenta estoy al final de un verano que se ha consumido sin haber tenido tiempo de prenderse en llamas. Se queda atras la ninez incandescente de arena, agua salada y luz cegadora, las horas de ansiedades y las asfixiantes ambiciones.