Sevilla hace que me cueste respirar. Hoy he bajado del coche, he caminado por entre los raíles del tranvía y lo he sentido: no puedo respirar aquí. Creo que es síndrome de Estocolmo lo que siento cuando añoro a esta ciudad, que nunca deja de parecerme una prisión. Uno de los más bellos lugares que he conocido, también uno de los más asfixiantes. Y no me refiero a su meteorología. Sevilla tiene algo especial, y para mí, también algo oscuro, incomprensible y maligno.

Sevilla parecía hoy más irreal que nunca, con su cielo gris y sus veinte grados de diciembre. La avenida que he recorrido dos millones de veces en busca del autobús, la de la Constitución, totalmente transformada. Y los sevillanos que no cambian, con sus ropas que no me hacen sentir tan pobre ni tan cateta como en Londres. Creo que me he mareado, y he llamado a María cuando todavía quedaba una hora para que nos encontrásemos, pero no me he atrevido a pedirle que viniera a rescatarme inmediatamente. Qué tiene Sevilla, no lo sé. Me imagino que malos recuerdos, de dolores de cabeza más intensos que nunca, de lentillas pegándose al globo ocular y rimmel corrido, de cansancio en el autobús de vuelta a casa, ya de noche, de humedad por todas partes. Cuando no estoy aquí recuerdo paseos solitarios y momentos de tranquilidad cenando tapas en terrazas las noches de verano. Recuerdo haberme enamorado y el parque de María Luisa, lo mal que conduce aquí la gente y cómo eso me tranquiliza. Cuando llego, sin embargo, todo cambia.