Supernanny
“Estás hecha una supernanny”- me ha dicho hoy Pablo cuando lo he llamado por teléfono desde el centro de Londres, tras dejar a Fred, el niño al que cuido, con su mami en el trabajo.
Sí, ahora soy nanny. No quería decirlo muy alto por si me despedían a la semana, como pasó con mi anterior empleo en el wine cellar, pero creo que este va a durar más. Y si no lo hace, me retiro, porque eso significaría que soy incapaz de distinguir el bien del mal.
Me encanta cuidar a estos dos niños, en especial al pequeño, que es, afortunadamente, con el que más tiempo paso. Cumplió dos años el lunes, y todavía usa pañales, no habla (excepto para decir “no”, “please”, “more” y “mamamama”), y tiene bastantes problemas para comer/beber algo que no sea zumo de naranja, galletas, chocolate o pasteles, lo que hace que tenga que aguantarle una o varias rabietas al día. Sí, está muy mimado, pero es que es una monada. Tras dos días de intensa adaptación (no me reconocía cuando lo despertaba de la siesta, y se podía pasar cuarenta minutos en un rincón llorando del susto, huyendo de mí), ahora recibo todos sus mimos y carantoñas, con lo cual voy teniendo cuidado de no resbalarme con mis babas cuando él anda cerca. Hoy ha dicho “vaca” cuando le he intentado enseñar a decir cow en español, y me han entrado ganas de llamar a todos los medios de comunicación y publicar la noticia: ¡¡he conseguido que repita una palabra!! Es tan, tan mono, que hoy cuando íbamos en el autobús al encuentro de su madre un chico con una cámara gigante le ha hecho toda una sesión fotográfica, para la que él no ha tenido ningún reparo en sonreír a la cámara y adoptar diferentes poses. No sabrá hablar, pero de tonto no tiene un pelo.
Su hermana, Tilly, tiene cinco años y es hiperactiva, parlanchina, cursi y mentirosa compulsiva. Adora a su hermano, lo cual es un punto muy a su favor, pero su tendencia a negarse a hacer cualquier cosa que le proponga (excepto si la proposición implica ver la tele o comer), a robar y pelearse con sus amigas, no es nada agradable. No obstante, también me proporciona cierta diversión cuando volvemos del cole a casa, cruzando el parque de Clapham Common con su hermano adormilado bajo el sol en su carrito, y me explica detalladamente cómo nuestro cuerpo funciona correctamente gracias a los aliens que habitan en su interior, o cuando al llegar a casa se quita el uniforme y elige conmigo su atuendo del día, de lo más variopinto como ayer los shorts con estampado hawaiano en tonos rosas, la camiseta celeste con rayas verdes, los calentadores de su madre negros y dorados, las bailarinas de purpurina rosa y el pañuelo de su madre de estampado de serpiente cubriéndole el pelo al más puro estilo pastorcilla.
Me encanta este trabajo, de verdad, tanto que me planteo si es apropiado llamarlo “trabajo”: no sé quién lo disfruta más, si los niños o yo. Hacer manualidades, cocinar galletas de colores, ir a dar de comer a los patos o a jugar al parque cuando hace sol son mis tareas. Cocinarles la cena y encargarme de que se la coman, cambiar pañales o mantenerlo todo ordenadito también, pero es increíblemente fácil, y el hecho de que sean tan pequeños implica cero presión, no van a quejarse como si fueran clientes del restaurante. Y encima me pagan más. Ya me lo dijo alguien, cuando se cierra una puerta, del portazo se abren otras dos.
Comparte este artículo
Licencia de los contenidos
Esta obra está protegida por una Licencia Atribución-NoComercial-SinDerivadas de Creative Commons.