Hoy en el gimnasio escribía mentalmente un post para publicar más adelante aquí sobre cómo mis gustos musicales en lo que a ponerse a sudar la gota gorda se refiere han ido variando desde lo hardcore hasta lo más rematadamente hortera en los últimos años. En ese momento me he dado cuenta de que hay música que he descubierto aquí, y que ya para siempre relacionaré con mi estancia estos meses en Londres, con la gente que aquí he conocido, y con las actividades que aquí he desempeñado. Me quedan seis meses para marcharme, y ya tengo la sensación de estar despidiéndome de las cosas. Con lo poco que me gustan a mí las despedidas. Pero no puedo evitarlo: voy a echar esto de menos más de lo que me imaginaba antes de venir.

Que hayamos ido a parar a esta ciudad tan maravillosa en el mismo marco temporal las personas que hemos terminado juntándonos, es toda una suerte. Si algo similar habría ocurrido en cualquier circunstancia, porque las personas terminan adaptándose a casi cualquier situación/compañía, y no sólo eso, sino también disfrutándola, (y si son erasmus, más todavía), es algo que ignoro. Sea como fuere, cuando echo la vista atrás y pienso en lo que he vivido hasta ahora, una vez pasado el ecuador de la experiencia, se me acumula en el pecho una sensación de satisfacción y plenitud. Podría llamarlo felicidad, me imagino.

El pensar en situaciones donde el espacio-tiempo confluyen con una precisión extraordinaria para hacer que unas personas terminen compartiendo una parte especialmente memorable de sus vidas con otras, me he acordado de mi viaje a Bolivia este verano, y tirando del hilo he empezado a retroceder: mi estancia en el piso de Getafe el curso pasado, la “convivencia” con Pablo estos cuatro años, el camino de Santiago, el viaje exprés a París la Navidad pasada… En realidad mi vida es maravillosa y me quejo de vicio. Ala, ya lo he soltado. Que hace poco más de un mes fuera lloriqueando por ahí hablando del desasosiego en el que me estaba ahogando, que en mi diario de Bolivia haya páginas y páginas escritas sobre lo increíblemente miserable que me sentía, o que a veces en Getafe quisiera esconderme debajo de la cama y no salir de allí en una semana, no me parecen ahora en absoluto relevante. Y como tengo un día bueno (ahora que lo pienso, el paseito por el parque con el solecito tiene que haber influido en esto), y es mi blog y puedo permitirme escribir lo que me de la gana y en tiempo récord contradecirme, declaro públicamente que no voy a volver a deprimirme. Nunca más. He dicho.