No actualizo porque hace calor y me da pereza. Es como si mi cerebro se hubiera desactivado hace unos meses, y si reflexiono poco, actúo aún menos. Gasto las horas de mis días en un estado de semiletargo, y sólo me atrevo a salir de casa cuando se ha puesto el Sol. Duermo siestas eternas y corro de vez en cuando. Por las mañanas hago la compra, cocino la comida, recojo los platos, lo limpio todo. A estas alturas, en un verano típico, en casa nos estaríamos preparando para marcharnos esta misma tarde a la playa y pasar allí todo el mes, excepto unos pocos días que quería ir con Pablo a Galicia, a unos cuantos hotelitos con encanto. Pero mi madre empeora y he dedicado mi última semana a pasar muchas horas en un cuarto de hospital, venerando a un tal “Mambrino” que es el que firma los crucigramas de El País. Mambrino es el ingenio personificado y yo retrasaba intencionadamente el momento de rellenar su crucigrama resolviendo primero los sudokus, sabiendo que en ese montón de definiciones que hay al final de la página en las que nadie repara se escondían no sólo un par de horas de entretenimiento y evasión, algo extremadamente valioso cuando una se dedica a hacer compañía a un enfermo ingresado, sino también unas cuantas sonrisas que Mambrino iba a arrancarme con su ingenio. Suena a que estoy muy aburrida, pero de veras que Mambrino es todo un genio. Y que cuando llegan las adversidades, una ha aprendido que lo mejor es aferrarse a los pequeños detalles y disfrutarlos como nunca, que no va siempre la vida a salirse con la suya cuando le de por complicarme las cosas.