Vampiros
Me despierto en un cuarto que no es mi cuarto real, pero sé que es allí donde llevo viviendo desde que me mudé. Me han violado y hay sangre por todas partes. Al lado de la cama hay partes del cuerpo descuartizado del hombre que lo ha hecho, incluyendo la cabeza. Como las losas del suelo de mi habitación están levantadas debido a una obra y bajo ellas está la tierra fresca, entierro al hombre allí, y me dedico a limpiar, angustiada por si alguien entra y lo descubre, toda la sangre. ¡Qué hubieran dicho mis padres si entran y lo ven todo de ese modo! ¿Cómo les explico que aquel hombre me había violado, pegado, y que ahora estaba muerto, despedazado, a mi lado, sin que yo supiera cómo había sucedido aquello?
Desde el momento en que salgo de mi habitación, empiezan a pasar cosas raras. Me acusan a mi de haber matado a aquel hombre, y de algún modo que no recuerdo, descubro que no fui yo, sino una mujer que por algún oscuro motivo se deslizó en mi habitación y lo asesinó mientras dormía. Qué hacía ese hombre en mi cuarto, eso ya no lo sé. No hay manera de demostrar nada, y el hecho de que en vez de salir corriendo de mi habitación despavorida aquella mañana intentara limpiarlo todo y callar, hace que todo el mundo considere lógico sospechar de mí.
La mujer es un vampiro. Unos amigos de mis padres a los que no había visto nunca, son vampiros. Investigamos, no me acuerdo de cómo, sólo sé que me siento muy frustrada porque no puedo demostrarle a nadie lo que de verdad sucedió. Ha terminado la obra y el hombre yace ahora sepultado bajo las losas. Nos montamos en una moto yo, mi padre, que de repente es muy joven, y uno de los vampiros. Me doy cuenta de que soy un hombre joven y atractivo como mi padre, y de que sé conducir una moto de gran cilindrada. Es un momento muy tenso, estoy ahí con el asesino y con otro hombre al que apenas no conozco, buscando sobre las motos el supuesto escondrijo de los vampiros en un tunel oscuro, tan oscuro que sólo la zona iluminada por el haz de luz del foco de mi moto es lo que puedo ver. Pero vamos a gran velocidad, y no puedo observar nada con detalle. De pronto, aparece una imagen de un plano cenital de la escena, iluminada, como un esquema a escala que explica por dónde vamos con nuestras motos, a lo largo de aquel túnel interminable, y me doy cuenta de que sin saberlo el hombre de la moto está rodeado de peligros.
¡Qué genial es este director!, pienso. No, yo no soy el de la moto. Ahora estoy viendo una película con aquellos tres hombres jóvenes en moto, y ninguno es mi padre. Salen del túnel indemnes, sin haber descubierto nada, aunque han estado a punto. Qué tensión, qué manera de sostener la intriga, que secuencia tan brillante. El vampiro se despide y vuelve a su escondrijo, una casita al final del túnel, sin que los otros lo vean. Ellos sospechan de él, y vuelven, y entran en la casita, una cabaña japonesa toda azul por dentro, iluminada con una cálida luz dorada. Y todo se descubre, creo.
La mujer viene hacia mí y me acaricia el cuello. Me va a morder. “No, tú ya estás muerta, como el hombre descuartizado. ¿Te acuerdas de su brazo? Ahora es sólo huesos”. Me acuerdo de la sangre, de las toallas empapadas de sangre por toda la habitación. Y todo tiene sentido ahora.
¿¿Alguien me puede explicar cómo sueño estas cosas?? Me doy miedo. Anoche no vi ninguna película gore ni nada por el estilo. De hecho estuve en clases de baile de salón, me tomé un helado con mis compañeros y volví a casa calentita bajo mis orejeras de peluche nuevas.
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