Hago la maleta (la minúscula maleta de mano, de repente tan llena de vestidos que traje y que no he usado, de vestidos que me llevo y no usaré, de zapatillas de esparto y tortas de Inés Rosales, de pendientes que había olvidado aquí: en fin, de todo lo que añoro sin que me haga falta cuando estoy allí, y que una vez recuperado termina convirtiéndose en un estorbo en mi pequeña habitación desordenada), y cuando la estrujo para cerrarla y miro el reloj para ver qué hora es pienso que me quedan dos horas, pero no sé si son dos horas para ir, o para volver. Ya no sé si voy o vuelvo, y tampoco sé si es algo que importe. Tengo un agujero negro en el estómago, una galaxia, un pequeño remolino de vacíos y expansiones, de fuerzas gravitatorias que late y late cada vez más fuerte a medida que repaso mentalmente las cosas que no he de olvidar: las llaves, el bocata de jamón, el DNI, la tarjeta de embarque, las gafas. El suelo frío de mármol de esta casa amplia y adormilada se convierte en la madera del barco de mi padre cuando hay marejada: tengo vértigo, siento el mundo girando a mis pies. Hace tiempo le preguntaba borracha y nostálgica a Tim que si él no sentía el mundo girar a veces, y me contestaba escéptico que aquello era imposible. No me molesté en intentar convencerle de nada, porque yo sé que no lo es. Lo llevo sintiendo desde que era una niña, en noches de verano en las que me asomaba al jardín y veía las estrellas titilando y la Luna tan pálida y tan lisa, y me tumbaba con la espalda sobre el suelo de barro caliente como un animal gigantesco y dejaba que el imán descmunal que es el centro de la tierra me atrajese haciendo vibrar mi columna vertebral, mi oído interno, mis pulmones, meciéndome al mismo ritmo al que titilan las estrellas.
Hago la cama de mi habitación, y me doy cuenta de que es la primera vez que hago esa cama en serio, porque no voy a acostarme esa noche en ella y sé que por primera vez no hay nadie que vaya a rehacérmela en condiciones, y por alguna extraña razón esta vez me importa que esté bien hecha. Me estoy haciendo mayor, pienso, ya he llegado a esa edad en la que las cosas ordenadas y bien hechas me son necesarias, y la galaxia en mi estómago gira y gira cuando intento comprender si estoy yendo o viniendo, cuando me doy cuenta de que es imposible poner orden en esta existencia intermedia de futuro incierto. Extiendo las arrugas de la colcha -una colcha pesada, poco práctica, rematada en volantes, estampada de flores, que mi madre mandó a hacer a medida y que odié toda mi infancia y gran parte de mi adolescencia, y que sin embargo ahora sé que preservaré como oro en paño-, y me topo con un enchufe al lado de la cama cuya existencia ya había olvidado, en el que recuerdo haber enchufado radiocassettes, luces de lectura, ordenadores portátiles y depiladoras eléctricas cuando todavía vivía aquí, cuando era niña o adolescente, cuando la vida todavía era un cubo sin fondo rebosante de posibilidades. Las posibilidades que se han ido agotando, el cubo medio vacío que se coloca en el centro de la galaxia que es mi vida.

Termino de hacer la cama y coloco sobre ella los peluches. Contemplo el cuarto ordenado, vacío. Pienso en mi ausencia en esta casa, ese oxímoron sobre el que nunca se me había ocurrido reparar hasta hace poco: enfrentarte a tu propio vacío, a tu propio silencio. Hace ya ocho años que me fui de esta casa, y me pregunto ahora qué sucede cuando se cierra la puerta de mi habitación, cuando le doy el beso de despedida a mi hermano y cuando finalmente mi padre conduce de vuelta al aeropuerto desde casa en silencio, seguramente escuchando la radio. Me pregunto si se les queda a ellos el vacío que se me queda a mi cuando me marcho: yo me llevo sus ausencias a un sitio en el que nunca han estado, y me pesa cada vez más la que les dejo aquí. Supongo (aunque sospecho que supongo mal, pero prefiero suponer así) que a ellos no les pesa mi ausencia, que ya se han acostumbrado, que para ellos la vida aquí es más simple y menos tormentosa, que no tienen los problemas logísticos que tengo yo, de un alma y una identidad hecha de zapatos, de libros, de discos de vinilo y cuadernitos a medio terminar que se acumulan a este lado y a aquel, que se han ido perdiendo en las mudanzas, que se volverán a perder en la próxima que es ya inevitable aunque lejana, y que por lo tanto no piensan ni escriben sobre ausencias ni galaxias, ni sienten vértigo como yo.