Vuelve a casa por Navidad…
Llevaba bastante tiempo sin escribir, y no porque no tenga nada que contar, sino más bien todo lo contrario. Me han pasado muchas cosas interesantes y divertidas en las últimas semanas, he conocido a gente nueva, he estado en una fiesta en un autobús, una galesa loca consiguió emborracharme contra mi voluntad, he terminado mis essays, he aprendido a bailar tango, y un largo etcétera. Sin embargo, precisamente porque ha pasado tiempo y las vivencias se han acumulado, no voy a escribirlas, sería demasiado largo y aburrido.
Llegué a España el sábado. Por primera vez, tenía ganas de volver a Sevilla. Me apetecía comer fruta con sabor, sopita de puchero casera, pescado rico; me apetecía conducir y darme paseos por el centro de Sevilla, investigar por la biblioteca para uno de mis essays, dormir hasta tarde, vivir en una casa, y no en un cuartito enano; jugar con mi perro, ver a algunos de los que están por aquí. La verdad es que cuando llegué me di cuenta de lo mucho que lo había idealizado todo, y ahora de lo mucho que dramaticé las cosas cuando llegué. Mi madre estaba bastante mala el sábado, mi hermano desapareció, mi padre parecía cansado… lo cierto es que tras unos días, me he ido acostumbrando a vivir aquí, mi madre ha mejorado, paso tiempo con ella, me compra cosas (sí, me compra cosas, me está mimando por fin), e intento no aburrirme demasiado (aunque no lo consigo).
El caso es que el sábado, cuando me metí en mi cama, me dí cuenta de una cosa que nunca me había planteado: aquella cama dejaría de serlo en algún momento que se acerca a la velocidad del rayo, y yo no podría hacer nada por evitarlo. Yo, la que he renegado siempre de una familia que he considerado problemática, la que se moría por salir de aquí -la que se ha convertido en una persona más o menos cuerda, adulta y relativamente estable en gran parte por haberlo hecho-, la que tenía pesadillas al volver, tuve un ataque de pánico el sábado, en mi cama tan vieja, al oir los pasos de mi padre por el pasillo cuando se iba a la cama. Sí, la cama seguirá existiendo, pero ya no será mi cama, la cama de mi infancia en la casa de mis padres nunca más. En muy poco tiempo el entorno que ha permanecido prácticamente inalterado durante dieciocho años dejará de existir. Y ya no dormirá mi hermano en el cuarto contiguo, ni mis padres en el de más allá. Ya no me agobiará el interrogatorio cada vez que salga por la puerta, ni maldeciré los descuidos de mi madre cuando hable en voz más alta de la cuenta y me despierte.
Sí, me estoy poniendo melodramática. Y ya no vivo aquí, desde hace mucho, y no sólo eso, sino que nunca querría volver. Estoy deseando irme, de hecho, no siento nostalgia por lo que vivo ahora, sino por lo que he vivido desde siempre, por la idea de un hogar que desaparece. Porque es un hecho que todos perdemos el hogar de nuestra infancia, perdemos nuestra cama en nuestro cuarto, en nuestra casa. Y esa formación desaparece, esa familia siempre imperfecta, pero siempre presente, deja de existir, se difumina, se disgrega, muta, ya no es lo mismo. Y aunque tengo veinte años, todavía puedo seguir durmiendo en la misma habitación en la que me peleaba con mi hermano hace quince, y mi padre hace el mismo sonido cuando ronca por la noche, y su radio me puede seguir despertando cada vez vuelva aquí, en mitad de la noche, cuando se le olvide apagarla y de un manotazo la tire al suelo. Es el hecho de no poder hacerlo lo que me produce pánico: el momento en el que sepa que el tiempo pasa y envejezco de manera inevitable al poder llegar a esa cama y esos detalles solamente a través de los recuerdos, cuando mi hogar y lo que llamaré infancia hayan dejado de existir.
Comparte este artículo
Licencia de los contenidos
Esta obra está protegida por una Licencia Atribución-NoComercial-SinDerivadas de Creative Commons.