Hace veinte días que no doy señales de vida, y aunque he escrito más de un post mental, no he tenido el tiempo para trasladarlo a este soporte, con la consecuente pérdida definitiva de los mismos. No he tenido tiempo. Trabajos, clases, ensayos, exámenes, visitas, viajes y despedidas.

Sí, han pasado muchas cosas, pero la más impactante para mí ha sido la marcha de Christin. Se ha ido mi mejor amiga del alma de Londres, igual que se fueron ya unos cuantos antes de Navidad, de la misma manera que se terminarán marchando casi todos los que aquí he conocido, como me marcharé yo el 20 de junio. Y no quiero.  Me quedan tres meses, pero uno prácticamente entero lo voy a pasar en España. Se me acaba el tiempo aquí. Estoy enamorada de esta ciudad como no lo he estado de ninguna otra. Mi excedente de tiempo libre, el grupo tan especial de gente que he encontrado aquí, contribuyen a que me dé más pena marcharme. Londres ha sido la culminación de toda mi lucha del año pasado por encontrar un cierto estado de salud mental y física que me mantuviera, cuanto menos, estable. Aquí he estado establemente feliz. Vale, en Noviembre, cuando hacía dos semanas que anochecía a las 3 y yo llevaba tres meses sin que una de mis comidas principales fuera un sandwich, alguna que otra pataleta melodramática tuve, pero afortunadamente se quedaron en eso.

Aquí, entre otras muchas cosas, he aprendido a ser un poco más feliz. He hecho amigos y me he reído como nunca, resumiéndolo. Viajando, paseando, bailando, cocinando, bebiendo, cantando, charlando, visitando exposiciones, comprando ropa, cotilleando, estudiando… y Londres siempre de telón de fondo. Un telón de fondo inmejorable. Nieva en Londres en este lunes de Pascua, y cuando vuelvo de dejar a Pavlo en el aeropuerto sale el sol al otro lado de la ventanilla del tren. Vuelvo pero sé que en poco tiempo haré el viaje en sentido contrario, y se me encoge el corazón. No obstante comprendo que el momento de marcharse será ese, cuando todos los que aquí he conocido se marchen también para siempre. El haber coincidido con ellos aquí y ahora es de esas mágicas conjunciones espacio tiempo que sólo se dan unas pocas veces en la vida. Como la nieve en Londres, el día de Pascua, con un huevo de chocolate Neuhaus por delante.